LA DESIGUALDAD ha enraizado en México en gran parte por la sordidez de una clase política que ha gobernado en un ambiente de corrupción donde solo unos cuantos han podido acceder al bienestar. Entender cómo se ha llegado a este punto sin duda se imagina como una tarea difícil. Sin embargo, el reconocido historiador mexicano Lorenzo Meyer en su más reciente obra ofrece un trayecto para entender los distintos elementos que han tapizado el camino de los mexicanos hacia la encrucijada en la que ahora se encuentran.
En Distopía mexicana, que ya circula bajo el sello Debate, el doctor en relaciones exteriores, articulista y uno de los más reconocidos líderes de opinión en el país plantea una propuesta de cómo trascender los grandes problemas nacionales y encauzar a México hacia un futuro más inclusivo. Para ello, se refiere a la necesidad de contar con un verdadero proyecto de nación que sirva a los intereses del país.
“México ha tenido a lo largo de sus años como país independiente varios proyectos de nación. Todo proyecto de nación tiene que ofrecerle al grueso de los mexicanos un futuro aceptable, tanto en lo material como en lo moral. Obviamente una parte de la sociedad mexicana nunca ha entrado en estos proyectos. Son parciales, son elaboraciones de las élites que pueden más o menos ser aceptados y tener mayor o menor suerte”, comenta en charla con Newsweek en Español.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.
—¿Qué tipo de proyecto de nación es el que tiene México en estos momentos?
—Hoy no hay un proyecto nacional. La clase que está en el poder y que dirige las instituciones mexicanas administra el día a día, sin saber adónde vamos. No sabe adónde vamos y, en su debilidad, y en su corrupción, sobre todo, la lleva a exagerar la salvación de ellos como grupo, como personas, a acumular riquezas, propiedades, al estilo [Javier] Duarte. Es un proyecto individual, dando la apariencia de que hay uno nacional, pero en la realidad no existe ese proyecto.
—¿Cómo debería ser el proyecto que México necesita?
—Inclusivo desde luego. Esa sería la premisa, la parte más importante, que en una sociedad dividida en clases, en estratos, en donde la concentración del ingreso es particularmente brutal y notoria, se vuelva un poco a la idea, tan simple y sencilla, pero tan importante que se expresa en un primer proyecto nacional mexicano: disminuir la diferencia entre la abundancia y la miseria y la pobreza.
—¿Este proyecto puede gestarse en la clase política actual?
—Dentro de la clase gobernante, no. Dentro de la clase política tiene que ser, por fuerza, de la oposición. No hay de otra. La [clase] que tiene el poder hoy y que viene del PRI, viene de una historia larga… Con esa historia de partido de Estado, esa herencia no democrática, autoritaria, hace imposible que la clase en el poder se transforme. Ahora, sí hay posibilidades por parte de la oposición real, porque hay oposiciones que son formales, pero no reales.
—¿Cómo se imagina el periodo de transición hacia 2018?
—Se supone que ya pasó la transición. Formalmente ya estamos en el año 17 de la transición. En el libro hablo de cómo se frustró la primera. La primera teoría sobre las transiciones democráticas tiene un punto que me parece bueno de considerar: cuando se desata el proceso de transición y se va acumulando fuerza para pasar del autoritarismo a la democracia, si no se llega a arraigar realmente la democracia, en ese momento la fuerza del cambio se detiene y no se queda ahí, sino que hay una regresión. Estamos en eso. Entonces, sería recuperar la energía y el proyecto del tránsito. Es difícil porque en el primer intento frustrado también se perdió mucho de la ilusión y el entusiasmo de una sociedad que se ha vuelto más cínica y con justa razón; no cree en los liderazgos políticos existentes y tampoco cree mucho en sí misma, en la capacidad que tiene como sociedad para seguir adelante en un gran proyecto.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.
Meyer rememora en su texto una conversación entre el exembajador estadounidense James Jones y el expresidente Ernesto Zedillo a quien el diplomático recomendó hacer frente a la corrupción colocando “una bomba atómica por encima de todas las agencias de procuración de justicia”. La anécdota es usada por el historiador para ejemplificar la siempre complicada relación con Estados Unidos.
—¿Es factible pensar en esa analogía y en poner una bomba atómica sobre la clase corrupta de México?
—No, no es posible. Eso es una revolución. Las revoluciones son un compromiso con el pasado, nunca hay un acabar cien por ciento con el pasado, pero vaya que sí se dan cosas nuevas. Pero en México, hoy, en el momento en que estamos haciendo esta entrevista, en 2017, la revolución no parece ser una posibilidad. Claro, tampoco parecía en 1910. Don Porfirio celebra el centenario con unas grandes fiestas y seguridad enorme en sí mismo, pero ya había una pequeña élite, una parte de la clase política, que estaba pensando en la revolución. Eso no existe en el México de ahora. Incluso el EZLN ya piensa más bien en ir por las elecciones y en proponer una candidatura femenina para la elección.
—¿Qué esperar de los dos años de la actual administración mexicana frente a la de Trump?
—Es usted muy optimista. Dice dos años de vida, yo diría dos años de agonía. Sí es vida, pero en estado agónico. No tiene apoyo social. Tiene el apoyo que da la inercia y el poder que dan las instituciones porque ahí están. Por otra parte, nunca ha sido posible hablar de la coyuntura mexicana sin hablar de Estados Unidos, esté o no esté Trump, porque nuestro grado de dependencia ha aumentado a partir de la decisión de entrar en el TLCAN.
“Lo que se nos dice ahora es ‘no, ustedes no son de América del Norte, puede que Canadá sí’. ¡Más claro ni el agua! Detrás de esas declaraciones están las fuerzas racistas que siempre han existido en Estados Unidos. Eso tiene ahora sus efectos económicos, sociales. No se sienten a gusto, hubo una parte de los norteamericanos que nunca se sintió a gusto con esta presencia de mexicanos y de hispanos. Trump simplemente está reaccionando a este tipo de planteamiento de visión. Trump ha venido a quitarnos el velo de amistad y el proyecto de unirnos a Estados Unidos. Es curioso porque a lo mejor alguien podría decir que Trump es el padre de la segunda independencia mexicana, así como Hidalgo fue en la primera, este es el de la segunda por razones distintas”.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.
—¿Cómo enfrentaría México esta segunda independencia?
—Así como enfrentó la primera. México no buscó la primera, los franceses invadieron España y de repente se volteó patas para arriba toda la estructura de la dominación en el amplio Imperio español en América. Nos agarró de sorpresa la primera, no estábamos preparados para ser nación independiente. En esta no estamos preparados para ser económicamente independientes otra vez. Lo estuvimos un tiempo, cuando el proyecto era la industrialización por la vía de la sustitución de importaciones y estaba asentada en el nacionalismo revolucionario. Bueno, ahora vamos a tener que volver a redirigir nuestra industria y va a costarle el empleo a muchos, a cientos de miles. Y el reajuste va a ser tan doloroso como en la primera independencia. Fue un desastre, la economía se vino abajo y volvió hasta el Porfiriato, fue medio siglo de crisis. Espero que esta vez no sea así”.

Foto: Especial.