DONALD TRUMP está obsesionado con los medios. Los medios están obsesionados con Donald Trump. En ambos bandos esta obsesión no es sana. La última vez que hubo tal grado de fijación neurótica y una desconfianza avasalladora entre un presidente y la prensa fue durante la administración de Nixon. La Casa Blanca actual debería recordar que la prensa ganó esa guerra, y que los riesgos ahora podrían ser mortales.
De hecho, cada bando cree que, dada su preferencia, el otro lo matará. Entonces, ¿cómo se desarrolla este juego amargo?
La postura de los medios es que la gente de Trump no solo son mendaces, sino tontos: “¡Hechos alternativos, ja, ja!”. Los medios dan por hecho que Trump está casi fuera de control y que la gente a su alrededor batalla todo el tiempo para salvarlo de sí mismo, y fracasando en gran medida. Esta postura persiste (de nuevo, en una serie de artículos sin fuentes) a pesar de que la victoria de Trump arrasó con casi toda conjetura mediática sobre su supuesta ineptitud y falta de estrategia.
La postura de Trump es que los medios han estado muy equivocados en sus predicciones, y se hicieron ver a los ojos del público tan lamentables y ridículos, que ahora deben redoblar sus esfuerzos para demostrar su tesis sobre el presidente y restaurar su honor (la Casa Blanca de Trump ahora machaca un tema persistente: ¿por qué nadie fue despedido en los medios principales por una cobertura electoral tan lerda?)
La estrategia de los medios es mostrar a Trump como un inepto y sociópata cobarde. La estrategia de Trump es mostrar que la gente de los medios es mojigata e inútil y que no está en contacto con la nación (por ejemplo, el corresponsal mediático de CNN, Brian Stelter, quien está frente a las cámaras todas las mañanas de domingo y da un sermón piadoso sobre la perfidia de Trump) y albergan rencores personales.
Somos testigos de la batalla por los “hechos alternativos”. Es curioso entablar una pelea que no cambiará nada —como el tamaño de la multitud en la investidura—, pero ambos bandos saltaron a ella con ansias. ¿Quién se piensa que está exagerando más? ¿Quién siente más rabia? En la opinión de los medios —literal al extremo, en este caso—, una mentira es una mentira. Por lo tanto, Trump es un mentiroso, haciendo del asunto del tamaño de la multitud en la investidura uno moral.
En la opinión del equipo de Trump, el intento de los medios de convertir este asunto de “¿Y qué?” en una crisis de confianza —y que alcance este grado alto de ira con tanta regularidad— desacredita a los medios y se suma a su crisis de credibilidad.
Nótese que los medios expresaron repetidamente una indignación al grado de ser el fin del mundo durante la campaña de Trump, sin ningún efecto discernible. Podría decirse que su constante sensación de perjuicio incluso ayudó a Trump con su base.
Los medios creen lo opuesto (aun cuando, en casi todo caso, es erróneo hablar de los medios como un solo ente, aquí es razonable la opinión de Trump de igualdad y consenso). Los medios creen que hablan por la mayoría nacional que votó por Hillary Clinton, por los millones que ahora han marchado en contra de Trump, por la izquierda demográficamente en expansión (aun cuando no lo hace en estados derechistas) y por el sentido común. Después de todo, los medios creen que todos creen lo que ellos creen. ¿Por qué no habrían de hacerlo? ¡Es Donald Trump!
LO ANORMAL ES EL NUEVO NORMAL
Si llevaste el marcador de esta pelea, probablemente dirás que es un empate, aun cuando los partidarios de Trump en el Ala Oeste no estén de acuerdo. Ellos le recuerdan a los medios diariamente que ellos están ganando, aunque les moleste hasta que les hierva la sangre.
El santo grial de los medios es, como lo fue en gran parte de la campaña, hallar algún cargo en contra de Trump que pegue. De la miriada de posibilidades, ¿cuál sería tan dañino a primera vista (no le prestes atención a los muchos ejemplos que mucha gente ya pensó que lo eran, o lo serían) o tan escandaloso e insultante para el órgano político que sería el final, o por lo menos el comienzo del final, de Trump?
La gente de Trump reconoce esto y, al parecer, incluso lo motiva. Una diferencia clave entre la administración de Trump y la de Nixon es la relativa falta de paranoia en esta Casa Blanca. Hay desprecio, pero no paranoia (la cual, por supuesto, podría darse). La estrategia de Trump, consciente o no, es invitar a una reacción excesiva, y programarla. Kellyanne Conway, con esa sonrisa sin esfuerzo, es más una atormentadora oficial de los medios que una portavoz. Las amenazas manifiestas del equipo de Trump contra los medios —los cuales son muy fáciles de aplacar si, de hecho, se les quiere aplacar— sirven confiablemente para avivar varios ciclos de noticias de los medios que se dan golpes de pecho, lo cual nunca es placentero de ver.
La incapacidad de los medios para derribar a Trump los lleva a intentarlo todavía más. La lista de intentos es larga: el dossier, las declaraciones fiscales, los emolumentos, los conflictos de interés, etcétera. Los medios claramente creen que el peso de todo esto al final lo hará caer. El equipo de Trump cree que cuantas más cosas como estas apilen los medios, más se ve disminuida cada parte de ello.
Esta batalla podría llevar a una crisis constitucional: los medios están unidos en su oposición al presidente y determinados a hallar esa grieta culpable que lo haga caer (¿Cómo no puede haber una? Se dicen, para tranquilizarse a sí mismos). Y la Casa Blanca cree que la meta de los medios, toda su razón de ser, es destruir a Trump, y por lo tanto la supervivencia de la administración, su legitimidad, depende de romper los medios de la misma manera dramática con que pretende romper la marea de inmigrantes que ve tan aborrecible. “Vamos a tener que replantear nuestra relación aquí”, dijo Conway, con indiferencia impecable y tranquilidad cáustica, a Chuck Todd, de NBC, cuando discutieron sobre su uso de la frase “hechos alternativos”.
Por otra parte, es posible que cada bando, sin importar cuán determinados estén en matar al otro, se convierta en algo normal, nuevo y benéfico, con los índices y ganancias de los medios noticiosos disparándose y los muchos dramas de Trump llamando la atención total de la nación… hasta que un bando cometa un error letal y el otro gane.
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Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek