Obama hizo trizas a Trump, pero cuánto ayudará eso a Hillary

Al ingresar en la Arena Wells Fargo con el fondo musical “City of Blinding Lights” de U2, el presidente Barack Obama hizo una de sus últimas presentaciones públicas el miércoles pasado. El evento enmarcó lo que, posiblemente, haya sido el último de los inspirados discursos que han definido su inesperado ascenso a la Casa Blanca, su desafiante reelección, y su lugar en la historia como el primer afroestadounidense en dirigir Estados Unidos.

El discurso tenía varios objetivos: consolidar su legado, impulsar la personalidad y la autoridad de Hillary Clinton, unificar a los simpatizantes de Bernie Sanders tras la nominada demócrata y quizás más importante, hacer pedazos a Donald Trump, el Mago de la Insensatez, quien osó cuestionar su religión y su identidad estadounidense.

En ese sentido, su discurso fue un éxito rotundo, y también un recordatorio de que en una era de 140 caracteres –un ambiente mediático resumido donde cada vez menos estadounidenses resisten discursos completos en tiempo real- la oratoria de formato largo todavía tiene relevancia.

Hemos tenido grandes oradores en la presidencia: Franklin Roosevelt, Ronald Reagan y Bill Clinton. Y te guste o no, Obama es uno de los grandes. Es verdad que puede resultar distante y magisterial, pero ponlo frente a una gran multitud y se vuelve un John F. Kennedy: juvenil, optimista, con visión de futuro, pero también ocurrente y sofisticado.

La noche del miércoles, Obama se mostró más Kennedy que nunca, sobre todo cuando habló de su familia, su esposa elegante y distinguida, y sus serenas y encantadoras hijas. Todo empezó como una lenta lectura de una lista de logros; había terminado la recesión, bin Laden estaba muerto, se había implementado el programa de atención de la salud. Enfatizó que algunos éxitos no fueron suyos. Por ejemplo, llegó bastante tarde a la lucha por el matrimonio de personas del mismo sexo; más tarde que Joe Biden; y al final, el juez Anthony Kennedy tuvo más que ver con la victoria de esa lucha que el propio presidente. A veces, el discurso se volvía ensimismado, casi nostálgico; como si un mariscal de campo de preparatoria hablara de sus años de juego la noche de graduación.

Pero el discurso se desarrolló de una manera obamesca, cuidadosamente trazada y deliberada. Su biografía siempre fue la esencia de la oratoria, así como sus exitosos libros, como Dreams From My Father y The Audacity of Hope. La versión Obama de la historia presidencial humilde tiene un giro interesante: sus abuelos escoceses-irlandeses de Kansas, su padre keniano, su crianza en la multirracial Hawái. Con ello, Obama implica que su surgimiento es prueba de la tolerancia estadounidense, de la trayectoria de nuestra rectitud moral. Y su historia improbable se convierte en una validación de la promesa estadounidense.

El miércoles, utilizó esa promesa, de manera muy hábil, para minimizar la personalidad desmedida del nominado republicano. “Les prometo que nuestra fuerza, nuestra grandeza, no depende de Donald Trump”, dijo. “Estados Unidos jamás ha dependido de lo que una persona dice que hará por nosotros”.

Tomó la visión retro de Trump de una nación mejor –“Make America Great Again”- y con un movimiento de jiu-jitsu como nada que se haya visto en esta campaña, extraña e imprevisible, la derribó por su propio peso. Obama dijo que sus padres pertenecían a la gran generación glorificada en las campañas de Trump, y que a ellos no le simpatizaban los “fanfarrones” y los “jactanciosos”, dos palabras anticuada que no se escuchan a menudo en esos tiempos. Al citar a Reagan y Teddy Roosevelt, Obama señaló que sus valores –y los de Estados Unidos- seguían muy vigentes. Y que la nación no era “una escena de crimen dividida”, como dijo Trump, sino que era tan grande como siempre había sido. Obama no solo atacó a Trump, también arremetió contra el trumpismo, algo que el presidente describió como un brebaje tóxico de nativismo y autoritarismo, con una ración de ignorancia.

No fue un discurso perfecto. Obama pudo haber abundado en este verano de caos: policías muertos, hombres negros muertos, turistas muertos en Francia, jóvenes muertos en un club nocturno de Florida, viajeros de un tren en Alemania asesinados con un hacha, muertes masivas en Bagdad, Kabul, Dhaka y Estambul. Es una época particularmente angustiosa, y tal vez Obama trató de reducir la inquietud que impulsa la marcha de Trump. Así que citó la experiencia de Hillary Clinton en política exterior, sin reconocer la verdad de Trump; mucho de esto ha ocurrido durante la gestión de Clinton.

Por razones que tal vez debatieron cuidadosamente entre bastidores, Obama optó por no abordar el enamoramiento de Trump con Vladimir Putin y la siniestra, casi traidora invitación del multimillonario para que las agencias de espionaje rusas desenterraran el atroz manejo de Clinton en su cuenta de correos privada. Esa fue una oportunidad desaprovechada, pues posiblemente haya sido el momento más vil de la aberrante candidatura de Trump. No obstante, Obama celebró la diversidad del país, cosa que tiene mucho sentido. Dijo que los valores estadounidenses son portables, y que pueden verse en el rostro esforzado de quienes usamos “un sombrero de vaquero o una kipá, una gorra de béisbol o una hijab”. Pero, ¿acaso la inmigración ha hecho caer los salarios, como argumenta Trump? Tal vez no, si bien es un argumento que vale la pena analizar en vez de ignorarlo y dejar que otros canturreen “¡Construye ese muro!”.

Sin embargo, las fortalezas de la oratoria de Obama superan sus fallos. El presidente envolvió al Equipo Bernie en el abrazo demócrata mucho mejor que, por ejemplo, Elizabeth Warren, quien ofreció una felicitación indiferente al anciano idolatrado por tantos jóvenes progresistas. Con gran astucia, Obama insistió en que los simpatizantes de Sanders siguieran marchando, siguieran exigiendo cuentas a los políticos, y que jamás abandonaran sus manifestaciones y su pasión. Si Bill Clinton citó su biografía y la de Hillary en un intento de identificarse con los seguidores de Sanders, Obama lo superó al instarlos a continuar su lucha sin necesidad de anunciar: “Oigan, chicos, fui un organizador comunitario”. El presidente les dijo que “no pueden quedarse en casa porque ella no estuvo alineada en cada tema”. Cuando el público abucheó al oír el nombre de Trump, Obama dijo: “No abucheen. Voten”.

Pero su mejor línea pudo ser la que hizo que Trump pareciera un forastero, un advenedizo, un reyezuelo insignificante. Retomó la ridiculez de la presidencia por derecho de nacimiento y convirtió al arrogante multimillonario en un individuo profundamente antiestadounidense: “Cualquiera que amenace nuestros valores, sea fascista, comunista, yihadista o demagogo nacional, siempre fracasará”.

Los elogios que Obama dedicó a Clinton fueron menos elocuentes. Es trabajadora y está lista, lo cual sin duda es halagüeño, pero no muy atractivo para un electorado cínico o receloso de la izquierda, y que no aún está dispuesto a comprometerse para noviembre. Hubo momentos en que, cuando Obama intentó generar apoyo para la candidata, eligió clichés más que retórica inspirada. “Pasar la batuta” es una muletilla muy trillada.

El apoyo más sólido del presidente para Hillary Clinton no fueron sus palabras. Fue cuando aparecieron juntos en el escenario al final de su discurso, abrazados. Clinton tuvo la prudencia de no tomar el podio, dejando que la imagen de ese abrazo fuera la última palabra. Aquella escena dijo a la multitud delirante que él había ido a abrazar a su rival, figurada y literalmente. En alguna oportunidad, Obama la denunció como parte de la política del pasado, pero ahora reconocía que no era así. Y los votantes debían reconocerlo también.

Tal vez eso no baste para ganar las elecciones, pero fue suficiente para ganar la Arena Wells Fargo. El problema para Obama y Clinton es que esta elección podría decidirse en París y Bagdad o en la mezcla volátil de las relaciones de raza y policía, ya que dependerá del micro-universo de votantes de Dayton o Dubuque. El mundo se mueve rápidamente, tan rápido que incluso el ágil y elocuente Obama quizás no pueda llevarle el paso.

Puede que haga falta algo más para impedir el avance de Donald Trump.

Publicado en colaboración con Newsweek / Published in colaboration with Newsweek