Una de ellas estaba convencida de que iban demasiado lento.
No era una impresión del todo equivocada. Otros grupos las rebasaban con facilidad y desaparecían entre los árboles, mientras ellas avanzaban a un ritmo que, por momentos, parecía insuficiente para llegar a donde querían. Había quienes caminaban con una ligereza que despertaba cierta admiración; otras personas hacían pausas frecuentes, recuperaban el aliento y volvían a ponerse en marcha. Cada cuerpo tenía sus propias exigencias, aunque desde fuera no siempre sea posible advertirlas.
Las tres habían comenzado el recorrido juntas, pero pronto descubrieron que caminar en grupo no significaba mantener una formación perfecta. A veces dos se adelantaban y la tercera quedaba unos metros atrás. En otros momentos, quien parecía tener más energía necesitaba detenerse, mientras otra encontraba fuerzas para continuar. Había pequeñas negociaciones: esperar un poco, beber agua, recuperar la respiración, decidir si convenía hacer una pausa o aprovechar el impulso para seguir.
Una de ellas sentía que perdían tiempo cada vez que se detenían. Otra parecía disfrutar incluso esos instantes en que el cuerpo les recordaba que no podían exigirle todo al mismo tiempo. La tercera observaba el paisaje y encontraba en el camino algo que no estaba dispuesta a sacrificar por llegar antes.
Ninguna estaba necesariamente equivocada. Simplemente, cada una vivía la experiencia desde un lugar distinto.
Conforme avanzaban, algunas de las personas que las habían rebasado comenzaron a disminuir el paso. La prisa inicial no siempre resultaba sostenible. Quienes parecían llevar ventaja necesitaban ahora recuperar fuerzas, mientras otras, que habían comenzado con más cautela, seguían adelante. Sin proponérselo, la montaña iba deshaciendo las primeras impresiones.
Quizá eso era lo primero que había que aprender: ver avanzar a alguien no significa saber cuánto le cuesta hacerlo, y observar que alguien va detrás no determina hasta dónde puede llegar.
Nos acostumbramos a medir casi todo con referencias externas. Comparamos nuestros tiempos, cuerpos, resultados y decisiones; incluso la manera en que atravesamos las dificultades. A veces basta con ver a alguien llegar antes para sentir que nos hemos quedado atrás, aunque ignoremos de dónde viene, qué ha tenido que superar o qué precio paga por mantener ese ritmo.
En la montaña, esas comparaciones pierden poco a poco su utilidad. No basta con querer ir más rápido: hay que encontrar una manera de avanzar que permita continuar. La respiración se vuelve consciente, cada paso exige atención y el terreno obliga a mirar dónde se coloca el pie. La mente, habituada a adelantarse a los pendientes, las conversaciones y las preocupaciones, tiene que regresar una y otra vez a lo que está ocurriendo.
Es curioso que a veces necesitemos llegar tan lejos para estar verdaderamente aquí.
La noche anterior, una luna llena extraordinaria había iluminado el cielo. Lejos de las luces de la ciudad y sin señal en los teléfonos, las tres habían podido mirar hacia arriba sin la necesidad de registrar el momento, responder mensajes o convertirlo en una imagen para después. No hacía falta hacer nada con aquella escena, ni siquiera encontrar las palabras para describirla. Bastaba con estar ahí.
Al día siguiente, el camino les exigiría otra clase de atención. Ya no se trataba de contemplar el cielo, sino de escuchar al cuerpo: reconocer cuándo el cansancio pedía una pausa y cuándo todavía era posible dar un paso más. Descubrir que la voluntad no siempre se parece a un impulso heroico; a veces consiste en regular el esfuerzo, aceptar los propios límites y continuar sin desperdiciar fuerzas en demostrar nada.
Hay cosas que no podemos saber de nosotras mismas hasta que las ponemos a prueba. Podemos imaginarnos resistentes, valientes o capaces de afrontar una dificultad, pero esas palabras adquieren otro sentido cuando dejan de ser ideas y se convierten en decisiones concretas. Cuando las piernas pesan, el camino continúa y tenemos que elegir entre detenernos, abandonar o encontrar otra forma de seguir.
En esas circunstancias no siempre descubrimos que somos más fuertes de lo que creíamos. A veces entendemos que necesitamos ayuda, que nuestra estrategia debe cambiar o que insistir no siempre es la mejor manera de avanzar. Reconocerlo no disminuye nuestras posibilidades; nos permite distinguir entre lo que queremos conseguir y la forma en que podemos hacerlo.
Las tres estaban aprendiendo a caminar juntas. No necesitaban coincidir en cada paso ni sentir el mismo cansancio. Podían tener ganas distintas, interpretar de manera diferente el esfuerzo e incluso discrepar sobre cuándo convenía descansar. Lo importante era que esas diferencias no se convirtieran en una competencia ni en una razón para dejar de mirarse.
Había en ello algo parecido a una familia elegida: un vínculo que no exige pensar igual ni responder de la misma manera, sino que permite ser distintas sin convertir cada desacuerdo en una disputa. Porque conocer a alguien también es descubrir cómo responde cuando está cansado, qué hace cuando las cosas se complican y si conserva la disposición de acompañar a los demás mientras enfrenta sus propias dificultades.
La montaña no tenía una respuesta extraordinaria escondida entre sus piedras. Era, sencillamente, un lugar que les exigía estar ahí. Y quizá eso bastaba para que algunas cosas se volvieran más claras. Cuando toda la atención está puesta en respirar, encontrar apoyo y sostener el paso, muchas de las preocupaciones que parecían urgentes quedan momentáneamente fuera de alcance. No desaparecen, pero dejan de ocuparlo todo.
Y entonces amaneció.
Después de horas de oscuridad, el paisaje se abrió ante ellas. Habían llegado a través de una sucesión de pasos que, considerados por separado, podían parecer insignificantes. Ninguno había sido extraordinario; ninguno explicaba por sí solo la distancia recorrida.
Sin embargo, ahí estaban. No porque hubieran mantenido siempre el mismo ritmo, sino porque encontraron la manera de continuar.
Tal vez una parte importante de conocernos consiste en dejar de imaginar nuestras capacidades como cualidades fijas y empezar a descubrirlas en lo que hacemos. No sabemos del todo de qué somos capaces hasta que la experiencia nos obliga a averiguarlo.
Tampoco sabemos siempre qué necesitamos para avanzar: a veces es determinación; otras, paciencia, una pausa o la compañía de alguien que no confunda nuestro cansancio con una derrota.
Al final, no se trataba de llegar primero ni de demostrar cuánto podía resistir cada una. Se trataba de disfrutar el recorrido, compartirlo y encontrar una manera de avanzar sin exigir que todas lo vivieran igual.
Tal vez elegir una tribu también consiste en eso: encontrar a quienes pueden caminar a nuestro lado sin imponernos su velocidad, con quienes una pausa no se confunde con una derrota y que saben que, aunque a veces nos separe la distancia, seguimos formando parte del mismo camino.
A veces pasamos tanto tiempo mirando cuánto avanzan los demás que olvidamos reconocer el nuestro.
Y quizá no íbamos tan lento.
Quizá habíamos encontrado nuestra manera de llegar.