Palabras y palabrotas

CUANDO BENJAMIN BERGEN trabajaba en su libro sobre las palabrotas, la reacción que provocaba con mayor frecuencia era el desconcierto. ¿Por qué deseaba escribir sobre la vulgaridad y las malas palabras? Su respuesta, como científico cognitivo, es que los improperios son más que simples expresiones ofensivas que dejamos salir cuando nos golpeamos un dedo del pie, o cuando un ?#@%*! conductor se mete en nuestro carril. Esas palabras proporcionan una ventana invaluable hacia el interior de nuestro cerebro, en gran medida gracias a un intrigante descubrimiento: las palabrotas provienen de una parte del cerebro distinta al resto de nuestro lenguaje.

Actualmente, los investigadores exploran con gran detalle el impacto de las palabrotas en los escuchas. En particular, les interesa estudiar cómo las malas palabras y otros términos abusivos afectan a las personas a las que están dirigidas. Por ejemplo, los investigadores desean saber si los alumnos de educación secundaria experimentan mayores índices de ansiedad social cuando otros niños les dirigen malas palabras.

Bergen explora estas preguntas en su nuevo libro, What the F: What Swearing Reveals About Our Language, Our Brains, and Ourselves (Qué c: Lo que las palabrotas revelan sobre nuestro lenguaje, nuestro cerebro y nosotros mismos). El estudio de cómo y por qué decimos palabrotas ha enseñado mucho a los investigadores sobre cuál es la parte del cerebro donde se origina el lenguaje y sobre el impacto de las palabrotas en nuestra psique.

Hasta hace poco, el tema estaba tan prohibido como las palabras mismas. En la década de 1950, las investigaciones académicas relacionadas con las palabrotas eran como los estudios sobre la sexualidad: controvertidos y con pocos alicientes. Sin embargo, las actitudes cambiaron con el tiempo, y los estudios sobre el tema fueron cada vez menos estigmatizados. Uno de los hallazgos más interesantes e importantes que surgieron con el paso de los años es que las palabras en general provienen de más de una parte del cerebro. “Tenemos dos líneas de montaje que producen las palabras”, señala Bergen.

Los investigadores hicieron ese descubrimiento en parte al observar a pacientes con daño cerebral grave y con enfermedades neurodegenerativas en estado avanzado. Se menciona con frecuencia un caso ocurrido en el siglo XIX, en el que un paciente con daño cerebral perdió la capacidad de formar y comprender el habla, un trastorno conocido como afasia. Pero sí podía maldecir diciendo: “¡Me cago!”. Se trataba de algo particularmente desafortunado, pues el paciente era sacerdote.

Los pacientes con síndrome de Tourette también han dado pruebas de que el lenguaje tiene varias fuentes en el cerebro. El síndrome de Tourette es un trastorno neurológico hereditario que se caracteriza por tics conductuales involuntarios. En uno de cada diez pacientes, esos tics se manifiestan como explosiones de palabrotas o comentarios ofensivos como “Eres fea”. Se piensa que este fenómeno, conocido como coprolalia, se debe a una disfunción de los ganglios basales, que son responsables de inhibir las conductas no deseadas o inapropiadas.

El habla común se origina en el hemisferio izquierdo, en un área del cerebro cercana a la superficie. La corteza cerebral, o “materia gris” se relaciona con procesos más elevados, como el pensamiento y la acción. “Es sofisticado —afirma Bergen—, y corresponde a la idea de lo que significa ser humano”.

Por otra parte, las palabrotas se generan en una zona mucho más profunda del cerebro, en regiones más antiguas y primitivas en relación con la evolución, dice Bergen. Estas regiones suelen hallarse en el hemisferio derecho, en el centro emocional del cerebro, que conforma el sistema límbico.

Casi todos los idiomas del mundo contienen palabras y expresiones profanas. “Existe un punto en el que las palabras ordinarias no expresan nuestras necesidades, pero una palabrota puede hacerlo”, afirma Michael Adams, lingüista de la Universidad de Indiana y autor del nuevo libro In Praise of Profanity (En defensa de las palabrotas). Las malas palabras conforman hasta 0.5 por ciento del vocabulario diario de una persona promedio, de acuerdo con el psicólogo y lingüista Timothy Jay, quien inició su estudio de las malas palabras hace más de 40 años.

“Se trata de palabras que expresan emociones intensas: sorpresa, frustración, ira, felicidad, miedo”, afirma Jay. “[Decir palabrotas] satisface mi necesidad de desahogarme y transmite mis emociones a otras personas en una forma muy efectiva y simbólica… Cuando otros animales se muerden y se rasguñan unos a otros, yo puedo decir ‘jódete’ y tú puedes captar mi desprecio; no tengo que hacerlo físicamente”. Desde luego, no existe ninguna protección contra una respuesta física primitiva, especialmente cuando ese desprecio se expresa en un bar. El uso de palabrotas también sirve a otros propósitos. Los amantes lo utilizan como una excitante charla sexual; los atletas y los soldados lo usan para forjar la camaradería. Las palabrotas se usan incluso como expresiones de celebración, dice Adams, mencionando la frase “¡Sí, carajo!” como ejemplo.

El significado de una palabrota cambia según la época, la cultura y el contexto. Las malas palabras se han utilizado desde las épocas griega y romana, y quizá desde antes, pero las cosas que las personas consideran ofensivas han cambiado. “La gente de la Edad Media no tenía ningún problema en hablar acerca del sexo y del excremento. Esos temas no eran ofensivos”, explica Adams. “Lo que resulta ofensivo era hablar de Dios en forma irrespetuosa… Así que eso constituía una palabrota”.

Asimismo, tomemos en cuenta que, en la actualidad, pocas personas se sienten ofendidas cuando escuchan la palabra “demonio”, como lo hacían en 1939, cuando se estrenó la película Lo que el viento se llevó. El personaje de Rhett Butler, interpretado por Clark Gable, sacudió al público y a Scarlett O’Hara (Vivien Leigh) cuando dijo, “francamente, querida, me importa un demonio”.

Desde entonces, nos hemos alejado de la blasfemia como el tipo más ofensivo de malas palabras, señala Bergen. “Ahora las injurias son las peores”. La mayoría de las palabrotas encajan en una de cuatro categorías: religión, sexo, excreción o términos derogatorios. Y de acuerdo con la parte del mundo en la que te encuentres, puede haber diferentes interpretaciones de lo que se considera ofensivo. En Chile podrían ser los animales marinos: “Que te folle un pez”. En Italia puedes escuchar “porca miseria”, que equivale a la expresión “me lleva el diablo”. Los holandeses podrían tratar de ofenderte diciéndote “krijg de kanker” (“ojalá que te dé cáncer”).

Pero, ¿por qué utilizamos esas expresiones? ¿Qué hacen y qué no podemos lograr si decimos tan solo “caramba” o “mecachis”? La respuesta es que las palabrotas se producen en áreas del cerebro que controlan las emociones. “Existen algunas pruebas de que la amígdala, que es la parte del cerebro que participa en la detección de amenazas, se activa cuando escuchamos palabras tabú”, señala el prominente lingüista Steven Pinker, produciendo una agitación emocional que no se genera si escuchamos simplemente un “caramba”.

El uso de palabrotas aún hace que muchas personas se sientan incómodas, entre ellas, la mamá de Bergen, que aún no termina de leer el libro de su hijo. Pero muchos de nosotros las usamos. Es una parte profundamente arraigada de nuestra cultura. “Es muy rara la persona —dice Bergen— que nunca ha dejado escapar una palabrota”. Condenadamente cierto.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek