El pasado 4 de junio, durante su cierre de campaña para gobernador del Estado de México, el priista Alfredo del Mazo sentenció: “Como nunca antes, los priistas mexiquenses estamos a prueba y vamos a responder el desafío… Todo lo que somos, todo lo que hemos trabajado, todo lo que hemos construido durante tantos años está en juego en esta elección”.
Con las encuestas mostrando un empate técnico con la candidata de Morena y con el riesgo de perder un bastión del partido, —un estado que siempre ha sido gobernado por el PRI y donde el actual gobernador Eruviel Ávila, ganó con 62% del voto—del Mazo tal vez no exageraba cuando aseguró que: “de nuestro triunfo depende el futuro del priismo”.
El triunfo se dio, pero la victoria de unos cuantos puntos porcentuales, en un contexto de irregularidades durante la campaña y día de la elección documentadas repetidamente, parece más reveladora de la relativa debilidad actual del PRI.
El partido vive un momento histórico de vulnerabilidad. Enrique Peña Nieto arrastra los números más bajos de aprobación a su desempeño en su cargo de los últimos 25 años (76% de desaprobación y 19% de aprobación, aproximadamente).
Murillo Karam y Ayotzinapa, el recrudecimiento de la violencia del narco, gasolinazos, la invitación a Trump durante su campaña presidencial, y la Casa Blanca, son parte de una larga lista de escándalos, crímenes, y desaciertos que se han venido sumando durante el sexenio.
El ex-gobernador de Veracruz, Javier Duarte, —a quien en el pasado, Peña Nieto citara como ejemplo del “nuevo PRI”— extraditado de Guatemala y llevando su juicio en el Reclusorio Norte, además de Luis Videgaray, quien como mano derecha del presidente se perfilaba como el próximo candidato del PRI a la presidencia, ahora se encuentra relegado en la opinión pública, después de su propio escándalo inmobiliario con el Grupo Higa y su fallido manejo de la visita de Trump.
Cuando comenzó el sexenio de Peña Nieto, el PRI controlaba 20 gubernaturas y 62% de los municipios a nivel nacional. De cara a las elecciones del próximo año, gobernará 15 estados y solo 34% de los ayuntamientos. Sin un claro candidato priista en el horizonte, las encuestas ponen arriba a Andrés Manuel López Obrador.
Sin embargo, sería un grave error pensar que el PRI es incapaz de ganar las elecciones en el 2018. Por una parte, la trayectoria del partido después del 2000 cuando perdió la presidencia por vez primera, no ha sido lineal.
En el periodo del 2006, el partido vivió unos de sus puntos de mayor debilidad. Fuera del gobierno federal, con solo 17 gubernaturas, sufrió además un desastroso ciclo electoral a nivel municipal en donde ganó solo 40% de los municipios de los 566 que estaban en contienda (el mismo porcentaje obtenido por el PAN en esa elección). Sin embargo, en la última década, el PRI logró revertir la tendencia que lo desdibujaba como la principal fuerza a vencer.
Así que, no debería sorprendernos si una vez más logra revertir su descenso. Porque, por otra parte, los cambios institucionales de las últimas décadas no han sido suficientes para frenar el conjunto de prácticas como la “compra del voto,” amenazas e intimidación a partidarios de la oposición, y el acarreo de votantes el día de la elección.
Además no se debe subestimar la red clientelar construida por el partido. El PRI cuenta hasta la fecha con un voto duro de aproximadamente 20%. En elecciones competitivas con tres o cuatro candidatos, no se necesita más que el 30% del voto para ganar. Engrasar la maquinaria para además del voto duro, obtener el 10% restante, es un panorama claramente viable.
* Edwin Ackerman es es doctor en Sociologia por UC Berkeley y profesor en Syracuse University.