HACE TRES AÑOS, cuando la oscuridad caía sobre la ciudad norteña iraquí de Bajdida, Sabah Petrus Shema ayudó a su extensa familia a apilarse en una camioneta pickup y abandonar la ciudad. Cuando sus parientes se fueron, tomó dos AK-47 y esperó mientras el sonido del fuego de mortero se acercaba.
A unos cuantos kilómetros avanzaba el grupo miliciano Estado Islámico (EI). En las primeras horas de la mañana siguiente, casi todos los residentes de la ciudad se habían ido, y un grupo de soldados, atrapados en el pánico, comenzó a retirarse del frente. Entonces Shema supo que era hora de huir. “Fue una decisión dolorosa”, afirma. “Dejábamos atrás nuestros hogares, nuestras iglesias, todo. Lo único que tomamos fue nuestras ropas, nuestras identificaciones y algo de dinero”.
Bajdida fue una entre las docenas de ciudades del norte de Irak que el Estado Islámico invadió en 2014. En los últimos tres años, el ejército iraquí se ha reagrupado, con la ayuda de milicias chiitas, fuerzas kurdas y la potencia aérea estadounidense, y ha logrado expulsar a los milicianos de todas las regiones, menos unas cuantas pequeñas, como la central Mosul. Pero aun cuando ciudades predominantemente musulmanas han empezado a reconstruirse, en Bajdida y otros lugares, principalmente cristianos, pocos residentes han regresado. Con temor a más guerra y extremismo, a muchos les preocupa que nunca vuelvan. “El futuro en Irak está lleno de ambigüedad”, explica Shema, quien ahora vive en un campamento de refugiados en Erbil. “Después de que el Estado Islámico se vaya podría haber otro grupo todavía peor”.
Hoy, la mayor parte de Bajdida se ve como un pueblo fantasma. Las hierbas y flores silvestres han crecido a lo largo de los caminos principales, y hay un silencio espeluznante, salvo por el ocasional camión que pasa lleno de soldados de la Unidad de la Meseta de Nínive, una milicia cristiana.
La destrucción de Bajdida fue sistemática, y doquiera que se vea, los edificios están chamuscados. Los combatientes del EI fueron de casa en casa, empapándolas de químicos y prendiéndoles fuego. En las iglesias rompieron iconos religiosos y cortaron los rostros de pinturas de Jesús y María. Por toda la ciudad dejaron trampas y dispositivos explosivos improvisados, algunos de los cuales aún permanecen.
Yousif Yaqoub, presidente de la Unión Nacional Beth Nahrin, un partido político asirio cristiano, considera que los milicianos querían hacer la ciudad inhabitable para mandar un mensaje a los cristianos del país. “No es solo en Bajdida”, dice Yaqoub a Newsweek por teléfono desde Erbil. “También en las otras ciudades cristianas ellos trataron de destruir todas las casas”.
Dado el mal estado de Bajdida, es entendible que pocos residentes quieran regresar. Pero otras ciudades de mayoría musulmana sufrieron una destrucción peor y han vuelto a la vida en los meses desde que el EI huyó. Incluso en Mosul, donde continúa una lucha feroz, las tiendas, otrora cerradas, han reabierto, y los vecindarios vacíos ahora están abarrotados de gente. En una visita al vecindario Wadi Hajar, en el oeste de Mosul, en abril, apenas a un mes de que fuera recuperado, los tenderos repintaban sus fachadas ennegrecidas incluso cuando había disparos y explosiones a unas calles de distancia.
Aun cuando unos pocos residentes de Bajdida han empezado a regresar en meses recientes, la gran mayoría no lo ha hecho. Antes de la invasión del EI, 50,000 personas vivían allí. Ahora se calcula que solo hay 180 familias. A los cristianos les preocupa la rapidez con que algunos de sus vecinos musulmanes aceptaron el ascenso del EI. “Todavía hay mucha gente que apoya al Estado Islámico”, dice un miembro de la Unidad de la Meseta de Nínive, quien se identificó como mayor Latif. Los milicianos periódicamente llevan a cabo incursiones para romper células remanentes en el área.
En meses recientes, células del EI han lanzado ataques en y alrededor de partes de Mosul y Kirkuk, así como en la capital, Bagdad. “Tenemos miedo de toda la gente que apoyó al Estado Islámico”, dice Shema. “Les lavaron el cerebro. Incluso a los niños se les enseñó a matar. Si la seguridad estuviera presente, entonces podríamos ir a casa. Pero en Bajdida no hay justicia, ninguna ley nos protege”.
Muchos iraquíes cristianos temen que la ley nunca los proteja. Sienten que el EI solo es uno de muchos grupos extremistas que han amenazado a los no musulmanes desde que Estados Unidos derrocó a Saddam Hussein, en 2003. Antes de la invasión estadounidense, había aproximadamente 1.5 millones de cristianos en Irak. Desde entonces, la cifra ha disminuido a 500,000. La mayoría, como Shema, ahora vive en campamentos de desplazados en la semiautónoma región kurda de Irak. Las condiciones son estrechas, pero adecuadas, en parte porque el apuro de los cristianos de Irak se ha convertido en una causa para organizaciones de beneficencia basadas en la fe de todo el mundo.
Pero, para Shema, la vida en el campamento de refugiados es una especie de purgatorio; su hogar siempre será Bajdida, incluso si no sabe cuándo pueda volver. Ha visitado la ciudad una vez —brevemente— desde que el EI se retiró. Habían robado todos sus muebles y halló ceniza en el suelo. En el jardín delantero, sus macizos de flores ya no estaban, y había un gran agujero de donde soldados iraquíes retiraron un dispositivo explosivo improvisado.
“Fue un gran impacto”, concluye Shema. “El Estado Islámico destruyó todo”.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek