EL HISTORIADOR chileno Omar Núñez Rodríguez, adscrito a la Academia de Historia de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, señala que “el espionaje estatal constituye una práctica que disponen los Estados modernos para la obtención encubierta de información”.
Cómo práctica de Estado en América Latina, el espionaje fue parte del autoritarismo estatal que caracterizó a la región entre los años 60 y 80 del siglo pasado, con “técnicas contrainsurgentes, aparatos represivos y prácticas sociales como la delación, persecución patronal, entre otras, que los actores políticos tuvieron a su disposición para enfrentar los procesos de cambio social, movilización política y tensiones económicas”.
Desde el norte hasta la Tierra del Fuego se generalizó la expansión de los aparatos de inteligencia y, junto con ello, “del espionaje como una modalidad para la obtención de datos e información relevante para el control y las tomas de decisión gubernamental en su lucha anticomunista en los años 60”, explica el historiador.
Rasgo central de este proceso, detalla, “fue la tecnificación y profesionalización de los aparatos de seguridad, es decir, la presencia de técnicas de vigilancia y métodos científicos de clasificación, así como el uso de una red de informantes y otros instrumentos con la finalidad de conocer e infiltrar a los enemigos de los Estados”.
La estrategia de espionaje aplicada en el continente a partir de los años de las dictaduras militares se basó en técnicas de la escuela francesa de la Contrainsurgencia. Con ellas se recabaron datos e información y, en países como Brasil, la Agencia Internacional del Desarrollo (USAID, por sus siglas en inglés) contribuyó a tecnificar las policías encargadas de estas prácticas.
El resultado, explica el historiador Núñez Rodríguez, fue el fortalecimiento y automatización de dichos aparatos los cuales, “en la mayoría de los casos, se transformaron en el verdadero poder de los Estados. Sin embargo, al estar dotados de amplias prerrogativas legales, recursos humanos y materiales, autonomía política e impunidad, terminaron por desbordar sus funciones tradicionales. Un ejemplo notable fue el rol jugado por los servicios de inteligencia en Chile”.
Entre las áreas gubernamentales utilizadas para espionaje, el investigador identifica el Servicio Nacional de Información (SIN) de Perú y el Estado Mayor Presidencial (EMP) de Guatemala, porque “ambos no solo son conocidos por su rol antisubversivo, (sino) también por el carácter corrupto y criminal de su accionar. En el caso de Guatemala, el EMP constituye tanto el principal actor político como criminal organizado del país. Esto fue posible por un proceso de financiamiento propio desarrollado desde los años 60, que incluye desde actividades financieras hasta tráfico de drogas, que lo conectó con todos los sectores estratégicos, dotándolo de autosuficiencia económica”.
En el caso del SIN, en Perú, explica, ese mismo organismo que se usaba para espiar “fue clave en apuntalar el autogolpe de Estado de Alberto Fujimori de 1992, diseñar escenarios políticos, redactar los principales decretos gubernamentales de la época y montar una extensa red de delación, control y cooptación para perpetuar al régimen. A lo que vamos es que el espionaje como práctica estatal adquirió funciones y prerrogativas que traspasaron sus roles políticos tradicionales”.
El investigador, docente de seminarios sobre militarismo, golpes de Estado y movimientos sociales hace los paralelismos entre el espionaje gubernamental en las dictaduras y el caso mexicano cuando se hace uso de sistemas tecnológicos.
En las dictaduras el espionaje se dirigía a lo que el Estado consideraba actividades subversivas, sin embargo, dice, “el escenario político actual es diametralmente distinto. No solo porque no existe una atmósfera signada por la Guerra Fría y la amenaza subversiva que justificaba este tipo de prácticas, sino por estar dirigidas a vigilar a un conjunto de organizaciones sociales, activistas, periodistas y personalidades públicas, la mayoría de orientación liberal, curiosamente, que han criticado lo que consideran es el carácter corrupto y criminal del actual Ejecutivo. En este sentido, en parte tiene razón Juan Pardinas al señalar, a The New York Times: ‘Somos los nuevos enemigos del Estado’”.
Como aconteciera con el caso Watergate, opina el historiador, “lo que observamos en México es el uso de los aparatos de inteligencia para fines políticos particulares y al servicio de actores y poderes criminales”.

En las dictaduras el espionaje se dirigía a lo que el Estado consideraba actividades subversivas; sin embargo, el escenario político actual es diametralmente distinto. FOTO: ADOBE/STOCK
El hecho de que el gobierno mexicano esté usando vigilancia de alta tecnología en contra de defensores de derechos humanos y periodistas que exponen la corrupción —explica Núñez, coautor del libro Globalización, imperialismo y clase social— es semejante al implementado por Alberto Fujimori, quien gobernó Perú toda la década de 1990.
“Estamos ante una modalidad de conducción que se sirve de la tecnología e información para anticipar los movimientos de sus adversarios y enemigos. Su novedad no radica en la naturaleza de los objetivos (adquirir conocimiento), sino por el uso intensivo de alta tecnología, la cual es capaz de infiltrar celulares, emails y computadoras por medio de un virus informático o malware”.
Además, el hecho de que se usen recursos públicos para la compra de un software a una empresa israelí, “y que este sea usado discrecionalmente para fines políticos gubernamentales, denota problemas de control, transparencia y rendición de cuentas hacia este tipo de poderes y organismos por parte de la ciudadanía. Pero también refiere al advenimiento de una tecnificada era de control que hace palidecer la imagen de una sociedad vigilada y controlada que refería Orwell en su libro 1984”.
El investigador académico hace otra referencia: “Cabe recordar la denuncia formulada en la campaña electoral que llevó a la presidencia a Enrique Peña Nieto, donde se señala el uso de hackers para manipular la opinión pública con información falsa, crear aparentes sentimientos de entusiasmos y crear tendencias en la red como forma de apuntalar la candidatura del priista”.
Concluye recordando la denuncia y revelaciones del consultor tecnológico estadounidense Edward Snowden sobre las alianzas entre corporaciones y el Estado en su país, a través de la CIA, para espiar cibernéticamente, y cuando el analista, en 2013 declaró a The Guardian: “I don’t want to live in a society that does these sort of things… I do not want to live in a world where everything I do and say is recorded. That is not something I am willing to support or live under” (No quiero vivir en una sociedad que hace ese tipo de cosas… No quiero vivir en un mundo donde todo lo que hago y digo es grabado… Esto es algo con lo que yo no estoy dispuesto a vivir).
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Sistemas de espionaje, comercio sin control
Ante un mercado creciente de sistemas de espionaje, destaca la ausencia de límites legales y éticos cuando se emplean “tecnologías intrusivas” para acceder a comunicaciones privadas, dice el investigador Raúl Benítez Manaut.
EN LA ACTUALIDAD, todos los países buscan adquirir lo último en tecnología en materia de inteligencia, y para ello existe un amplio mercado de software de inteligencia en prácticamente todo el mundo, productores de alta tecnología como Estados Unidos, Francia, Alemania, China, Rusia, Israel. “No tiene que ver con la condición democrática o no de un Estado o gobierno”, dice sobre ello Raúl Benítez Manaut, experto en temas de seguridad y geopolítica. “La inteligencia es una actividad de Estado, sea teocrático, democrático, autoritario, totalitario u otro. El tema son los límites legales y éticos al empleo de tecnologías intrusivas de comunicaciones privadas”.
Con respecto a las técnicas del espionaje clásico y los nuevos sistemas como Pegasus, el investigador refiere que el Estado mexicano ha utilizado técnicas y formas de espionaje que van desde el seguimiento de personas hasta el uso de sistemas altamente tecnificados.
Ejemplifica con historia: “El espionaje telefónico clásico —interceptar llamadas— se hace desde que hay compañías telefónicas, el seguimiento vivo de las personas, o sea, seguirlo, fotografiarlo y encontrar puntos débiles de la vida privada para usarlo con fines políticos. Actualmente los avances tecnológicos emplean sistemas y programas de cómputo. Y los gobiernos no solo espían, también son espiados, eso es contrainteligencia, defenderse y bloquear el espionaje hacia los gobiernos”.
La venta de sistemas de espionaje es un negocio creciente. Actualmente hasta en ciudades pequeñas de primer mundo, como Vancouver, en Canadá; cosmopolitas como Berlín, en Alemania, o Londres, en Inglaterra; así como en ciudades de negocios como Texas, en Estados Unidos, proliferan tiendas de venta de equipo y todo tipo de gadgets avanzados para espionaje. Basta hacer una somera búsqueda en internet para encontrar empresas que ofertan sistemas para intervenciones telefónicas, softwarey equipo especializado. Es tan sencillo como entrar en una juguetería.
—¿Qué países están involucrados en la venta de servicios de inteligencia y espionaje a los Estados?, se le inquiere al también participante del proyecto colectivo de investigación sobre seguridad hemisférica Creating Community in the Americas, del Woodrow Wilson Center de Washington, D. C.
—Todos los que pueden. Generalmente no es una actividad gubernamental sino privada, venta de equipo. En Estados Unidos e Inglaterra son muy normales las tiendas que venden equipo casero de espionaje desde hace mucho tiempo. También es común la oferta de espionaje privado e individual. En los países no democráticos son actividades estatales.
—¿La práctica del espionaje es “común” en los Estados modernos democráticos?
—Totalmente común, pero teóricamente debe estar dicha actividad sujeta a las leyes. Se puede espiar por orden judicial, por ejemplo, a criminales, terroristas, etcétera.
“En los [países] no democráticos, es el Estado el principal protagonista. Si alguien afuera del Estado lo hace paga caras las consecuencias. Por ejemplo, el espionaje en favor de otros gobiernos es supercastigado. Desde la época de Edgar Hoover en Estados Unidos, hasta hoy, con el auxilio de las nuevas tecnologías, las estrategias y formas de espionaje son cotidianas”.