JOSÉ MIGUEL Conejo Torres, mejor conocido como Leiva, ve las canciones como si tuvieran vida propia. Se sienta y comienza a escribirlas, llevándolas a donde ellas se lo pidan. Al final de su tarea, se levanta, contempla el resultado y decide qué hacer con aquellas creaturas que salieron de su mente, casi por voluntad propia. Así es como nació Monstruos, su tercera producción en solitario, tras la disolución del grupo Pereza, junto al cual grabó seis discos.
El cantante madrileño dice a Newsweek en Español: “Yo no me siento a hablar del amor o de la lealtad o del dolor. Yo me siento a hacer canciones y luego ellas mismas me explican de qué quiero hablar”.
Sin embargo, hay un tema que le quita el sueño: la soledad. ¿El remedio? La música, no para dialogar con otros, sino para hablarse a sí mismo en voz alta y exponer sus problemas.
—¿Cuál fue la primera impresión que te dio México cuando lo conociste?
—Energía brutal, inquietud, gente muy viva. Es alucinante, alucinante. Coyoacán me encanta. Tepoztlán me enamoró mucho, me dejó verdaderamente enamorado, de hecho, me apetece ir a grabar ahí las maquetas de mi próximo disco. Me da pena no haber venido antes, ahora que lo estoy conociendo me di cuenta de que he perdido muchos años. No solo por lo profesional, también por lo cultural, por lo que me he perdido, por lo bonito que es, por la cantidad de cosas que hay por conocer.
—¿Qué temas has descubierto que son los que más te inquietan o inspiran a hacer canciones?
—La soledad es un monstruo importante al que tengo mucho miedo. Y, sobre todo, a la sensación de vértigo vital, de no terminar de encontrar tu lugar en el mundo. Esto es algo que me preocupa y que me asusta siempre y que me da muchas canciones, por otro lado.
ESPECIAL
—¿Cómo ha sido tu proceso de llegar a trabajar en solitario, sin Pereza?
—Ha sido un proceso que se ha dado naturalmente, no ha sido una cosa que diga: ‘En solitario todo cambia’. Ha sido un proceso parecido, simplemente que con Pereza en el último concierto había 20,000 personas y en el primer concierto mío había 250. Volví abajo, volví a tocar, a perder dinero, a convencer, y fue un cable de tierra maravilloso en el cual he aprendido mucho.
—¿Cómo fue la experiencia de producir el último disco de Joaquín Sabina, Lo niego todo?
—Fue una experiencia de vida más que profesional. En verdad hemos hecho un disco del que estamos orgullosos los dos, pero es más juntarte con un genio, es como juntarte con Gabriel García Márquez. Estar seis, ocho meses los dos juntos trabajando, eso me lo llevo a la tumba. Es difícil de explicar. Una maravilla.
—Si tuvieras que hacer el último disco de tu carrera ¿cómo sería?
—Solo sé hacerlo de una manera. Ir vistiendo las canciones como ellas me lo piden. Para mí las canciones están por encima de los estilos y por encima de los cantantes y por encima de las radios y las compañías discográficas.
—¿Cómo es cuando otras personas se identifican con tus temas?
—Ese es el poder de la música. Con la música al final lo que pretendemos es hacer compañía, cuando tú cuentas una historia y alguien piensa que estás hablando de él, se cierra el círculo. Un día una persona me dijo: ‘Tus canciones son más mías que tuyas’, y eso es lo más bonito que me han dicho nunca. Yo hago canciones, yo no soy un buen cantante, yo no soy un virtuoso de nada, yo me tengo que escudar en las canciones.
—¿La música es una herramienta contra esa soledad que tanto te atormenta?
—Es la manera de explicarme a mí mismo los problemas que tengo. Es curioso esto, parece que cuando haces música le estás contando al mundo tus miedos, y en realidad te los estás diciendo en voz alta a ti mismo. Por lo tanto, para mí, la música es mi manera de comunicarme, conmigo y con el mundo.