LOS APARTAMENTOS Elizabeth Fry se parecen a cualquier complejo de viviendas públicas de la zona suburbana de Londres. Los edificios grises dominan una tranquila calle arbolada donde los residentes cargan alimentos o caminan con los niños que regresan del colegio.
No obstante, esos apartamentos de Barking —un barrio de clase trabajadora en el East End londinense— fueron hogar de un peligroso miembro de un culto de muerte islamista: Khuram Shazad Butt. El británico de 27 años, de ascendencia paquistaní, dirigió una célula yihadista de tres hombres que, el 3 de junio, mató a ocho personas en ataques con cuchillos y un vehículo en el Puente de Londres y Borough Market. La policía abatió a tiros a Butt y a sus dos cómplices frente a un bar, y un día después, el grupo militante Estado Islámico (EI) reivindicó el atentado.
Aún no se sabe cómo aquellos hombres planificaron el ataque, pero sabemos que compartían el deseo de matar y lesionar personas en nombre de su versión torcida del islam. También sabemos que dos de ellos –Butt y Rachid Redouane, marroquí-libio de treinta años— vivían en Barking, un suburbio de 76,000 habitantes que se ha convertido en blanco de intensa vigilancia a resultas de los ataques (el tercer agresor, Youssef Zaghba, marroquí-italiano de 22 años, trabajaba en el área).
Si bien los atentados de Francia o Bélgica volvieron las miradas hacia los guetos musulmanes –como Molenbeek, Bruselas; o L’Ariane, en las afueras de Niza, Francia-, Barking es un barrio con gran diversidad. Camina por su calle principal y te asaltarán olores a pollo frito o kebabs medio orientales; dobla la esquina y pasarás por una carnicería halal o un supermercado lituano. Musulmanas cubiertas con nicabs (velos completos) caminan junto a mujeres que visten chaquetas deportivas occidentales.
Barking es “una mezcla de culturas”, informa el guarda de seguridad privada Raza Sheikh, de 32 años, un vecino de Butt que se puso “furioso” al saber que el ataque del Puente de Londres fue urdido en su calle. “Aquí puedes encontrar cualquier comunidad. Inglesa, asiática, europea oriental, africana”.
Mas el barrio no siempre ha sido así. Barking ha sufrido una de las transformaciones étnicas más aceleradas en la historia londinense reciente; o en palabras de la prensa británica, “una fuga blanca”. Datos censales de 2001 demuestran que 80 por ciento de los habitantes de Barking y el vecino barrio de Dagenham se identificaban como “británicos blancos”; al cabo de una década, la cifra había caído a 49 por ciento.
Este rompimiento con la clase obrera blanca, tradicional del East End, ha convertido el barrio en un polvorín para dos tipos de extremismo violento: el nacionalismo blanco de extrema derecha y el islamismo radical. El Partido Nacional Británico de extrema derecha, y diversas variantes de la hoy proscrita red salafista Al-Muhajiroun —del predicador islamista radical, Anjem Choudary (a la que pertenecía Butt)— han competido por influencia en la zona. Los dos grupos han organizado marchas en la ciudad, y los simpatizantes principales de Choudary (quienes purgaron cinco años en prisión por apoyar al Estado Islámico) son residentes del área.
Los servicios de seguridad informan que la red salafista es responsable de la radicalización de cientos de musulmanes británicos, crear una grey de combatientes extranjeros e inspirar muchos complots en suelo británico. Los hombres que, en 2013, mataron a machetazos al soldado británico Lee Rigby, tenían nexos con la pandilla de yihadistas de Choudary. Dos años después, un juzgado británico encarceló a Kazi Islam, de 18 años, un simpatizante de Al-Muhajiroun, por entrenar a un adolescente con síndrome de Asperger, a quien conoció en Barking, e inducirlo a matar a puñaladas a un soldado británico.
Parte de lo que hace de la zona un terreno de reclutamiento fértil para los radicales es la pobreza. En Londres, la clase media ha aburguesado zonas antaño relegadas, como Hackney y Dalston. Pero en Barking hay pocos hipsters. El barrio está a solo 8 kilómetros de los relucientes rascacielos de Canary Wharf, uno de los centros financieros de Londres y, no obstante, Barking tiene uno de los niveles de desempleo más altos de la capital inglesa. En la calle principal del barrio, las tiendas cerradas cubiertas con grafiti se intercalan con salones de apuestas. Los hombres beben cerveza de barriles abiertos o cobran cheques de seguridad social en la oficina de empleos, mientras que los desamparados piden limosna en barberías y expendios de licores. No es la falta de trabajo lo que orilla a los jóvenes al extremismo; según los expertos, es la desesperanza lo que los vuelve más vulnerables a la radicalización.
Solo pregunta a Ash Siddique, el secretario de la mezquita Al-Madina, la más grande de Barking, con mil fieles que asisten todos los días, y el triple en las oraciones del viernes. La mezquita ofrece asesoramiento a los musulmanes marginados, y Siddique asegura que el personal vigila a cualquiera que parezca propenso a la violencia o al odio. Siddique y su equipo imparten clases de karate, acogen desamparados cada mes, y proponen mentores que tratan de ayudar a individuos que empiezan a descarriarse.
Mas no todos aprecian su mensaje de tolerancia y paz: varios musulmanes radicales –a quienes él llama “tipos malos”- han abandonado su mezquita para nunca regresar. Pero Siddique, quien dice que mil musulmanes se congregaron en la mezquita inmediatamente después del ataque del Puente de Londres, para orar por las víctimas, reconoce que existe un problema que los musulmanes moderados de Londres no están resolviendo: los hombres y las mujeres jóvenes que sienten ajenos.
“Considero que algunas comunidades musulmanas han fracasado”, sentencia. Señala que los musulmanes británicos deben reconocer que algunos de sus miembros padecen de los mismos “males” que otros segmentos de la sociedad: drogas, sexo extramarital y crimen. “Juzgamos a esos jóvenes y los empujamos a las márgenes. ¿Qué pueden hacer? Tienes a un individuo vulnerable cuya vida lleva a ninguna parte, quien es preparado por alguien que sabe lo que necesita, un brazo sobre sus hombros. Y así, caminará al otro lado del mundo por ese reclutador”.
¿Acaso Butt fue uno de esos jóvenes perdidos? Sus vecinos lo describieron como un hombre normal y sociable. Tenía esposa y dos hijos. Asistía a las reuniones locales, miraba los partidos de su club de futbol favorito, y entrenaba en un gimnasio muy cerca de la mezquita de Siddique. Amén de trabajos ocasionales en KFC y la red del metro de Londres, jugaba futbol con adolescentes y tomaba clases de natación, exclusivas para hombres, con otros musulmanes. Sin embargo, en 2015, posó en Regent’s Park (el famoso parque londinense) frente a la Shahada, la bandera blanquinegra islamista, acompañado de otros extremistas afiliados con Al-Muhajiroun. Y un año después, figuró en un documental sobre islamistas radicales en Londres, The Jihadis Next Door, donde apareció con un hombre que viajó a Siria para unirse al Estado Islámico.
Siddique señala que la incapacidad para capturar a este yihadista de East End recae en la inteligencia británica, considerada una de las mejores del mundo. No se sabe si la policía se percató de su presencia en el documental antes del ataque del Puente de Londres, pero al menos dos personas aseguran haber notificado a las autoridades sobre las posturas cada vez más extremistas de Butt mucho antes del ataque: una vez en 2015, cuando intentó adoctrinar niños; y en otra ocasión, cuando accedió a propaganda en línea. “El público hizo su trabajo. Informó a las autoridades”, dice Siddique. “Años después, [Butt] mata a inocentes y la gente se pregunta: ‘¿Qué está haciendo al respecto la comunidad musulmana?’”.
En el caso de Butt, al aumentar su extremismo, los musulmanes que lo conocían intentaron detenerlo. Dos mezquitas de East End lo expulsaron por sus opiniones: la mezquita East End y el Centro Islámico Jabir bin Zayd de Barking, debido a que interrumpía al imán continuamente, gritando: “Solo Dios está a cargo”, según Salaudeen Jailabdeen, quien vivía cerca del yihadista.

EXTREMISMO EN EAST END: La policía rodea el edificio donde vivía Khuran Shazad Butt, quien dirigió los mortíferos ataques en el Puente de Londres y Borough Market. FOTO: HANNAH MCKAY/REUTERS
Incluso el hecho de que adoptara el nombre de Abu Zaitun fue una clara señal de sus creencias radicales. “Abu” es un vocablo árabe que significa “padre de” y muchos yihadistas lo adoptan como “nom de guerre”, incluido el más notorio del mundo, Abu Bakr al Baghdadi, el líder del Estado Islámico. “Si alguien usa el nombre “Abu” en un lugar como Barking, sabes que hay un problema”, asegura Siddique.
Los problemas de Barking no se limitan a los musulmanes radicales. Como casi la mitad del país, muchos residentes del área votaron por separarse de la Unión Europea durante el referéndum brexit de junio pasado. Pese a contar con dos legisladores de oposición del Partido Laborista, de centroizquierda, muchos en Barking consideran que el área es un bastión del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés), movimiento euroescéptico y antiinmigratorio. El UKIP convirtió el suburbio en su blanco principal durante la elección general británica de junio 8 aprovechándose –entre otras cosas- de los crecientes temores del desempleo y la inmigración.
Siddique dice que parte de este apoyo de extrema derecha se ha convertido en ataques contra musulmanes. Informa que han escupido a algunas mujeres de su mezquita cuando van caminando por la calle. En 2013, dos mujeres blancas golpearon a una somalí cubierta con una hiyab, a quien describieron como una “musulmana terrorista”. Según cifras de la policía londinense, entre 2014 y 2105 los crímenes de odio contra musulmanes casi se triplicaron en Barking, de 8 a 21 casos. Y desde los ataques de noviembre de 2015 en París, muchos musulmanes se resisten a notificar crímenes a la policía, en la creencia de que van a ignorarlos, comenta Siddique.
A pesar de estos incidentes, Siddique se muestra optimista ante lo que está ocurriendo en el área. “Deberíamos vivir en una fosa séptica”, dice, refiriéndose a los nacionalistas blancos y a los extremistas islámicos de la zona. “Pero la realidad es… que vivimos en un distrito donde, de hecho, [la mayoría] es muy tolerante de los demás”.
Otros residentes concuerdan. Mary Phillips, ama de casa y madre, dice que el problema de los islamistas radicales en Barking se limita a unos “idiotas” y que, si el barrio ha cambiado de alguna manera, es para mejorar. Agrega que sus seis hijos “adoran” la zona y, para ella, “eso es lo único que importa”. Alan Harris, jubilado de setenta años, apunta que “ha cambiado mucho, pero no he sentido tensión alguna aquí”.
Y hay muchas personas que trabajan para ayudar a que los radicales en potencia eviten el extremismo. En el gimnasio de boxeo TKO, Johnny Eames ofrece lecciones de boxeo gratuitas a la comunidad en un complejo deportivo que también alberga un banco de alimentos. La puerta de vidrio verde está fracturada y el equipo es muy viejo, pero el gimnasio brinda “un camino distinto” a una gran diversidad de jóvenes, explica Eames, quien trabaja gratuitamente con un equipo de otros cuatro voluntarios. “Descubrirás que canalizan la agresión en la dirección correcta”, agrega. “Tenemos albanos, afganos, chinos, jamaicanos, africanos, viajeros irlandeses, romanís. Tal vez yo sea el único inglés auténtico en este lugar”.
Aunque Eames exige que sus boxeadores “dejen la religión en la puerta”, hay señales de que el prejuicio antimusulmán sigue siendo una fuerza poderosa en Barking. John, un obrero que se negó a proporcionar su apellido, señala el edificio donde se encuentra su apartamento. “Soy el único que habla inglés allá arriba. Todos están desempleados, y los hijos son unos rufianes”, se queja, refiriéndose a las familias que reciben pagos de seguridad social.
Tommy, un jubilado que también se negó a dar su apellido, lamenta la clausura de los bares del suburbio, que han declinado de 15 a solo cuatro en los últimos años. “Tuvieron que cerrar debido a la comunidad [inmigrante]”, dice mientras toma un trago a la hora del almuerzo en el pub local. “Antes era un suburbio encantador, pero ahora hay demasiados extranjeros”.
Se disculpa por su respuesta racista y agrega que muchos miembros de las minorías de Barking son “personas encantadoras”. Pero mientras da unas fumadas al cigarrillo, con la mirada fija en la calle principal, lo embarga la emoción. Dice que teme por el futuro de sus hijos y nietos. Que le preocupa la amenaza extremista, el cambio del barrio. Y termina murmurando que ya nada queda del lugar donde ha vivido durante más de treinta años.
Ese pesimismo quizá sea generalizado, y tras el ataque del Puente de Londres, lo mismo puede decirse de las divisiones entre blancos y musulmanes. No solo en Barking. En todo Londres. Para la ciudad que se jacta de ser la primera capital occidental con un alcalde musulmán, que siempre ha celebrado su diversidad, este podría ser el peor resultado posible. Y es justamente lo que el Estado Islámico pretende.
—
Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek