MIENTRAS los pasajeros en el corazón de Nairobi pasan a toda prisa unos junto a otros al final de un reciente día laboral, los jóvenes compran machetes en una tienda de herramientas antes de abordar el autobús. Los machetes no son para quitar la maleza o cortar leña. Peter Mwangi, quien dirige una tienda de electrónica, está armándose en caso de que surja el caos tras las elecciones. “Sé que habrá violencia”, dice Mwangi, sosteniendo el gigantesco cuchillo. “En las elecciones de 2007 no estábamos preparados. Fuimos atacados y yo perdí a algunos de mis familiares. Pero esta vez eso no va a suceder”.
Mwangi dice que su tienda fue saqueada durante la violencia ocurrida en 2007 después de la elección del presidente keniano Mwai Kibaki, acusado de asumir el poder mediante el fraude electoral. Más de 1,900 personas fueron asesinadas y cerca de 600,000 fueron desplazadas de sus hogares durante las protestas.
La próxima elección general en Kenia se llevará a cabo el 8 de agosto. Mientras arranca la campaña entre el presidente en funciones, Uhuru Kenyatta, y el líder de la oposición, Raila Odinga, las semejanzas con 2007 resultan sorprendentes. En ese entonces, Odinga competía con Kibaki. Ahora, como entonces, las sospechas contra los funcionarios gubernamentales encargados de la elección son altas. La Comisión Electoral y los tribunales perdieron su credibilidad ante los ojos de muchas personas en 2013, cuando la Suprema Corte confirmó la elección de Kenyatta como presidente, a pesar de que había muchas acusaciones de fraude.
“Vamos a ganar esta elección muy temprano por la mañana”, afirma Kennedy Oluoch, quien planea votar por Odinga. “Si tratan de hacer trampa otra vez, como en 2013, Kenia va a arder”.
El país se encuentra polarizado a lo largo de líneas étnicas. El partido gobernante está decidido a ganar un segundo periodo, mientras que la oposición afirma que ve signos de planes para amañar la votación y jura no aceptar una elección robada. “La oposición perderá esta elección terriblemente y recurrirá a la violencia”, señala Mwangi, quien proviene de la tribu de Kenyatta. “Pero no aceptaremos que perturben nuestra paz y ataquen a otras tribus. Responderemos si tratan de atacarnos”.
En un informe presentado por el Consejo de Seguridad Nacional de Kenia el año pasado ante el parlamento, se advirtió que la nación estaba repleta de armas, como pistolas, machetes y lanzas. “Se calcula que hay entre 580,000 y 650,000 armas ilícitas circulando en el país”, se afirma en el informe.
En otro informe divulgado este año, el Consejo de Seguridad Nacional advirtió que los políticos están formando milicias para protegerse a ellos mismos y provocarles problemas a sus oponentes. “La temperatura política cada vez más alta, en vista de la elección general de 2017, ha provocado el resurgimiento de bandas criminales, matones políticos y milicias”, se lee en el informe.
Los partidos políticos de Kenia han venido realizando sus elecciones primarias para elegir a los candidatos que los representarán en la elección general a realizarse en agosto. Los problemas ocurridos durante las primarias han reavivado los recuerdos de 2007. Siete personas han sido asesinadas hasta ahora en actos de violencia política. En un incidente, hombres armados con machetes y látigos atacaron a funcionarios partidistas y los acusaron de planear un fraude en las elecciones. Posteriormente, la policía arrestó a 17 personas y mostró las armas que habían confiscado.
“En las próximas elecciones generales veo caos, conflictos y derramamiento de sangre de una magnitud nunca antes vista en la historia electoral de Kenia”, señala Nazlin Umar Rajput, analista político residente de Nairobi. “La violencia y el caos evidentes en las primarias partidistas de todo el país es un claro indicio de ello”.
Esta nación del este de África vota en gran medida de acuerdo con líneas étnicas. De acuerdo con la Oficina Nacional de Estadísticas de Kenia, los grupos étnicos nativos más grandes de ese país son los kikuyu (6.6 millones), los luhya (5.3 millones), los kalenjin (5 millones), los luo (4 millones) y los kamba (3.9 millones). Ellos votan de acuerdo con los dictados de sus reyes tribales, y los partidos políticos han formado alianzas con las tribus. Los kikuyus y los kalenjins apoyan la Alianza del Jubileo de Kenyatta y su suplente, William Ruto. La opositora Alianza Nacional es una unión de tribus encabezadas por Odinga, un luo del oeste de Kenia, Musalia Mudavadi, un luhya también de esa región, y Kalonzo Musyoka, de la tribu kamba.
“No habrá paz en Kenia sin Raila como presidente”, dice Oluoch, de la tribu luo. “No hay forma de que ganen esta elección con solo dos tribus”.
Los analistas señalan que el origen étnico per senunca ha sido el problema en Kenia. Sin embargo, “demagogos que se aprovecharon de las emociones de sus comunidades abandonadas y empobrecidas” han utilizado el origen étnico para convocar a sus partidarios, dice Rajput.
Críticos de las 43 tribus de Kenia han culpado al gobierno actual de corrupción y de haber aumentado el precio de los productos básicos. En comparación con hace dos meses, ahora las familias gastan hasta el doble de dinero para comprar mercancías como vegetales, maíz, harina, azúcar, leche, electricidad e incluso el pago del alquiler. La inflación ha llegado a su punto máximo en un periodo de cuatro años, incrementándose de apenas por debajo de 7 por ciento en enero a 9 por ciento en febrero, debido al rápido aumento en el precio de los alimentos y del combustible, de acuerdo con la Oficina Nacional de Estadística.
Sin embargo, es poco probable que los tiempos difíciles superen las lealtades tribales, señalan los analistas. Recientemente, ocho políticos de ambas coaliciones fueron arrestados y acusados por supuestos discursos de odio e incitación a la violencia. La Comisión Nacional de Cohesión e Integración, un organismo independiente financiado por el gobierno cuyo mandato consiste en ejercer medidas contra el discurso de odio, señala que, al igual que en el caso de la violencia de 2007, ciertas estaciones de radio propagan ideas de segregación étnica. “Estamos extremadamente preocupados por lo que pasa”, dijo en una conferencia de prensa Francis Kaparo, presidente de la Comisión.
Kenyatta ha acusado al líder de la oposición de tratar de aprovecharse de la violencia. En 2007, Odinga fue nombrado primer ministro en un gobierno de coalición con Kibaki como resultado de la presión internacional.
“Raila ha comenzado a visitar de nuevo a los kenianos, como lo hizo en 2007”, dijo Kenyatta en el mitin reciente. “Fue él quien prendió las llamas que incendiaron a Kenia en 2007, cuando promovió la política de lo que denominó cuarenta tribus contra una. Ahora, habla acerca de cuarenta contra dos”.
Pero Odinga rechazó esa acusación y culpó a Kenyatta y sus aliados de la violencia ocurrida en 2007. La Corte Internacional de Justicia de La Haya investigó acusaciones contra Kenyatta y Ruto, su suplente, por instigar a la violencia en 2007, pero el caso fue desechado debido a la falta de pruebas. “La desesperación de Uhuru es comprensible, y busca algo de lo cual sostenerse para revivir su agonizante bloque de votantes”, dijo Odinga en una declaración.
Independientemente de quién sea el culpable, Mwangi, el votante que compró un machete, afirma que nadie puede detener la violencia. “Sé que Raila no puede aceptar la derrota electoral”, dice. “Esto provocará la violencia entre su tribu y la nuestra. Pero estamos preparados”. (Con información de Ilse Van Zijl)
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek