HACE TIEMPO que los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés) han sido un tesoro de valor indeterminado. El mayor financiador mundial de investigaciones en ciencias de la vida, los NIH gastan cada año unos 30 mil millones de dólares en investigaciones académicas, y los científicos usan el dinero de esas becas para desentrañar genomas, mapear las entrañas de las células y buscar nuevas soluciones para enfermedades problemáticas.
Peroqué proporción de esos 30 mil millones de dólares produce resultados tangibles es algo que el contribuyente estadounidense no logra entender. Y tal desconexión ha ocasionado que los legisladores cuestionen el tamaño del presupuesto de los NIH; más recientemente, con un recorte de 1.23 mil millones de dólares propuesto por la presidencia Trump. Con todo, un nuevo estudio demuestra que el valor de las investigaciones de laboratorio que financian los NIH podrían representar mucho más de lo que el público supone.
Investigadores de la Escuela de Negocios de Harvard, del MIT y de la Universidad de Columbia buscaron nexos entre las becas de los NIH y las patentes, pues las patentes privadas son el primer paso para introducir un nuevo producto en el mundo. Los anuncios de patentes citan publicaciones científicas como prueba de su legitimidad, y esas publicaciones citan la beca NIH que financió la investigación. Y al seguir ese rastro, los investigadores pudieron determinar cuántas becas apoyaron trabajos con valor económico. “Esas fueron las migajas que estuvimos excavando y explotando”, dice Pierre Azoulay, autor del estudio y profesor de la Escuela de Administración Sloan del MIT.
El equipo revisó 365,380 becas otorgadas entre 1980 y 2007. Según su análisis, publicado enScience, se citaron 31 por ciento de las becas en 81,462 solicitudes de patente presentadas por compañías privadas. Un 5 por ciento adicional fue señalado en solicitudes universitarias de patente. Dichas tasas sugieren que las investigaciones financiadas por los NIH “no se llevan a cabo en una torre de marfil”, apunta Azoulay.
De las patentes vinculadas con los NIH, los autores hallaron que 4,400 tuvieron que ver con fármacos que fueron aprobados por la Administración de Alimentos y Medicamentos. El tiempo promedio entre la financiación inicial para la investigación propuesta y la licencia comercial para el descubrimiento de laboratorio fue de 10 a 15 años. “Nos hemos malacostumbrado, pensando que las cosas pasan de idea a prototipo y a producto en cuestión de un mes o unos pocos años”, acusa Azoulay. “Es el cronograma equivocado para visualizar cómo ocurren los adelantos médicos”.
Desde hace mucho, científicos y legisladores debaten sobre el valor equiparable de la investigación básica —que deriva, eminentemente, de la curiosidad— y la investigación aplicada, que está dirigida a un objetivo específico. Los autores compararon la cantidad de patentes vinculadas con solicitudes de beca NIH que hacían referencia a una enfermedad o un grupo de pacientes contra las que no lo hacían. Resultó que los dos enfoques son terreno igualmente fértil para desarrollo comercial futuro.
Michael Kalutkiewicz, quien estudió la financiación de los NIH como ex investigador de la Academia para Investigación Radiológica, dice queel análisis no adopta una postura sobre los recortes presupuestales, aunque proporciona datos que argumentan en contra de dichos recortes. “Cuanta más evidencia, mejor”, afirma. “Ahora, la gente de Washington tiene que tomar este estudio y demostrar al público cuál será el costo de recortar el presupuesto en términos de patentes, empleos y exportaciones”.
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