“ESTADOS UNIDOS PRIMERO”: el eslogan de campaña de Donald Trump poseía un poder sucinto y evidente. Esas pocas palabras resumían la corazonada de que Washington (y las grandes empresas) ya no trabajaban en favor de los ciudadanos comunes. El eslogan abarcaba la suspicacia de Trump (y sus partidarios) hacia los acuerdos comerciales como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, así como hacia las guerras eternas en Irak, Afganistán y Siria. A pesar de sus terribles antecedentes históricos (personas que estaban a favor de Estados Unidos primero, entre ellos, algunos prominentes antisemitas, habían cabildeado para mantener a ese país fuera de la Segunda Guerra Mundial), la frase tuvo un atractivo político innegable en 2016. Pero en el complejo mundo de las relaciones exteriores, Estados Unidos primero no podía durar. Y no lo hizo.
A principios de abril, Trump estuvo en el Jardín de las Rosas con el Rey Abdullah II de Jordania, un fuerte aliado de Estados Unidos, quien se había sentido consternado por la política de ese país en el Medio Oriente durante el régimen de Barack Obama. Para entonces, Trump ya había sido notificado dos veces sobre el ataque con armas químicas en Siria. Se había sentido “absolutamente asqueado”, en palabras de un asesor, por las imágenes de “bebés, bebés pequeños”, como dijo el enfurecido presidente, muriendo de manera lenta y tortuosa. Nadie necesitó mencionar que Theodore, el octavo nieto de Trump, vástago de su hija Ivanka Trump y su esposo Jared Kushner, tiene apenas un año de edad y había comenzado a gatear en la Casa Blanca a principios de este año. La emoción de Trump fue real y cruda.
En 2013, Trump publicó en Twitter que era una tontería que Estados Unidos se involucrara después de que el ejército del presidente sirio Bashar al-Assad había usado armas químicas contra civiles, una opinión que Obama acabó compartiendo. Sin embargo, a principios de abril, H.R. McMaster, el asesor de seguridad nacional de Trump, y James Mattis, secretario de Defensa, habían presentado las pruebas. Los organismos de inteligencia estadounidenses estaban “muy seguros” de que la fuerza aérea siria había llevado a cabo el atroz ataque bajo el mando de Assad. Trump debía tomar una decisión. El hecho de no responder, al estilo de Obama, era un mensaje para el mundo: Estados Unidos no los castigará por utilizar gas sarín para asesinar a su propio pueblo.
Trump le pidió al Pentágono que le diera opciones, y tenía muchas, pues la guerra civil en Siria había durado ya seis años. Al final de la tarde del 16 de abril, justo antes de que el presidente estadounidense se reuniera con su homólogo chino Xi Jinping, el equipo de Trump había elegido una opción preferente: Estados Unidos atacaría rápidamente la base aérea desde la que los sirios habían lanzado su ataque químico. Una hora antes, el ejército estadounidense utilizó la “línea anticonflictos”, establecida con Moscú para evitar contratiempos militares en Siria. El mensaje: alejen de inmediato a su personal de la base aérea siria, cerca de la ciudad de Homs. A las 7:40 p.m., mientras Trump cenaba con Xi, dos destructores de la Marina estadounidense, ubicados en la parte este del Mediterráneo, lanzaron más de 50 misiles Tomahawk, destruyendo gran parte de la base y de las aeronaves que se encontraban en ella.
Se trató de un golpe simbólico, diseñado para mandar un mensaje. Pero el impacto fue sorprendente. “Pocas veces en la historia de los asuntos militares un ataque militar tan insignificante había sido tan importante”, señala Michael Doran, que trabajo en el Consejo de Seguridad Nacional durante el gobierno de George W. Bush.
Consideremos el contexto. Durante el mes pasado, Trump se había reunido con los tradicionales aliados árabes suníes de Estados Unidos en el Medio Oriente: el Príncipe Heredero Mohammed bin Salman de Arabia Saudí, el presidente egipcio Abdel-Fattah el-Sissi y finalmente, el rey Abdullah de Jordania. Todos ellos se había sentido furiosos por lo que consideraban una inclinación deliberada del gobierno de Obama hacia el gobierno chiíta de Teherán, una postura asumida por el deseo de obtener un acuerdo nuclear con Irán (el cual se logró), así como por la creencia de que era mejor que ambas facciones islámicas en guerra arreglaran las cosas por ellas mismas. De esta manera, el ataque en Siria se produjo mientras Washington trabajaba para fortalecer sus tradicionales alianzas en el Medio Oriente y para indicar que el nuevo gobierno sigue viendo a Irán como una fuerza maligna en la región.
Este cambio puede tener grandes implicaciones. Es posible que veamos los primeros gérmenes de una doctrina de política exterior de Trump. Los críticos de la política de Obama dicen que la inclinación hacia Teherán perjudicó la lucha contra el grupo militarista Estado Islámico, que fue la primera prioridad de Trump al asumir el cargo. El hecho de que las milicias chiítas apoyadas por Irán hayan estado combatiendo en Irak ha hecho que muchos suníes se mantengan al margen o que apoyen abiertamente al Estado Islámico. Esta es, en parte, una razón por la que la batalla para recuperar Mosul en Irak, o para reclamar finalmente la ciudad Siria de Raqqa, que es el principal bastión del grupo, hayan sido tan titubeantes. Como escribió Lee Smith, analista del Medio Oriente, el gobierno de Obama se mostraba alegremente indiferente ante esa realidad.
El gobierno de Trump no es muy diferente. Mattis y McMaster, antiguos generales con amplia experiencia en Irak, tienen una visión más realista con respecto a Teherán y han alentado al presidente a ponerse en contacto con sus aliados árabes. Sin embargo, resulta poco claro hasta dónde está dispuesto a llegar Trump para crear esta nueva doctrina. Se dice que el presidente aún considera futuras medidas en respuesta al ataque con gas sarín, pero todavía no hay ninguna indicación sobre cuáles serán esas medidas. Mientras tanto, Moscú, cuyas fuerzas están integradas con las de Siria (lo mismo que las de Irán), sigue siendo un gran obstáculo. En respuesta al ataque con misiles Tomahawk, el presidente ruso Vladimir Putin amenazó con cerrar la línea anticonflictos en Siria, un acto estúpido pero no inconcebible.
El secretario de Estado Rex Tillerson fue enviado a Moscú el 12 de abril con un importante mensaje para Putin: Estados Unidos ahora tiene un presidente que no borra las líneas rojas, y usted y su pelele en Damasco deben entenderlo. Las negociaciones para un acuerdo en Siria nunca han llegado a ningún lado; existen muchas razones para ello, pero puede decirse que una de ellas es que Washington ha ejercido muy poca presión sobre Teherán y Putin para controlar a Assad.
Moscú ya ha dicho que su apoyo hacia el hombre fuerte de Siria no es “incondicional”. Ciertamente, Tillerson pondrá a prueba esa afirmación, apoyado por el conocimiento de que a menos de 100 días del inicio de su presidencia, el primer candidato estadounidense ha cambiado enfáticamente el enfoque de Estados Unidos lejos de su propio territorio.
—