EL AÑO PASADO, durante su asombrosa competencia por la Casa Blanca, Donald Trump habló mucho de “ganar”. Pero luego de ver las primeras interacciones de su presidencia con China, parece que Beijing se ha anotado la victoria más grande, ya que el secretario de Estado, Rex Tillerson, reiteró un punto de negociación que los orientales han proclamado hace mucho tiempo. En marzo, durante su visita inaugural a China, el flamante secretario describió los cimientos de la relación Estados Unidos-China como una “cooperación en la que todos ganan”.
Semanas después, durante los preparativos para el primer encuentro de Trump con el presidente chino Xi Jinping en el resort de Mar-a-Lago, del 6 al 7 de abril, esa expresión siguió resonando en debates de política exterior de altos niveles, tanto en Estados Unidos como en el exterior. Para Beijing, “todos ganan” y “respeto mutuo” —otro eslogan que utilizó el secretario de Estado, en marzo— son palabras código para afirmar que China es una potencia sin rival en la región Asia Pacífico. Tal vez Trump y sus principales asesores, como Tillerson (todos neófitos en las relaciones Estados Unidos-China) lancen al aire declaraciones y amenazas sin mucho propósito. Sin embargo, los chinos toman muy en serio el lenguaje. Es por eso que Beijing se regodeaba tras la visita de Tillerson, al tiempo que los aliados tradicionales de Estados Unidos se estremecían.
Aunque ni Trump ni Tillerson repitieron esos términos en sus declaraciones públicas con Xi en Florida, la elogiosa descripción que hizo el mandatario estadounidense sobre sus primeras interacciones con el presidente chino —en una breve declaración pública calificó su relación de “sobresaliente”— y la falta de información sustancial, nada hicieron para disipar la incertidumbre sobre su política hacia China.
“No se me ocurre un encuentro que haya creado tanta angustia entre aliados y observadores asiáticos por igual, debido a la confusión”, dice el embajador Derek Mitchell, quien supervisó la política de seguridad en Asia para el Departamento de la Defensa durante el primer periodo del presidente Barack Obama. La creciente inquietud entre observadores y diplomáticos es que, a pesar de las duras palabras del presidente y su reciente advertencia de una conversación “muy difícil” con China, la ingenuidad de su administración en cuanto a la forma como opera Beijing y el abrumador impulso del neoyorquino para pactar acuerdos podrían debilitar a Estados Unidos en Asia.
Beijing tuvo un papel estelar en la retórica de campaña de Trump, como el principal villano en la crítica de la globalización que lanzó el magnate de bienes raíces. En la versión de Trump, China ha sido más astuta que los políticos ineptos de Estados Unidos desde hace décadas y al mismo tiempo, ha robado empleos a los trabajadores estadounidenses recurriendo a prácticas comerciales engañosas. Prometió que todo eso se acabaría con su presidencia, diciendo que etiquetaría al país asiático como manipulador de moneda desde el primer día, y que impondría aranceles de 45 por ciento a las importaciones chinas. No obstante, como presidente, Trump aún no ha dado seguimiento a sus promesas. Importantes asistentes de la Casa Blanca señalaron además que ninguno de esos temas sería de alta prioridad en las conversaciones con Xi. “Vamos a dejar cualquier conversación sobre manipulación monetaria al Departamento del Tesoro”, explicó uno de los asistentes, durante una llamada de antecedentes con la prensa.
Trump también se ha retractado en el asunto de Taiwán después que, a principios de diciembre, rompió el protocolo comunicándose con la mandataria insular, Tsai Ing-wen. Aquel intercambio telefónico atizó especulaciones de que la nueva presidencia estadounidense apoyaría la independencia taiwanesa, violando un antiguo acuerdo con Beijing, que considera Taiwán parte del territorio chino. No obstante, poco después de su investidura, Trump reconoció la política conocida como “Una sola China” durante una conversación telefónica con Xi, en febrero.

LOS IDIOTAS Y LOS CHINOS: Algunos temen que la ignorancia de Kushner y Tillerson (abajo, junto al mandatario chino, Xi) en las sutilezas de las relaciones Estados Unidos-China, pueda conducir a concesiones que serían muy difícil de deshacer. Foto: THOMAS PETER/REUTERS
Aunque casi todos los análisis iniciales de la política china de Trump se han centrado en la postura beligerante que favorecen asesores como Steve Bannon y el director del Consejo Nacional de Comercio, Peter Navarro, fueron Tillerson y Jared Kushner (yerno de Trump) quienes resultaron instrumentales para concertar las primeras conversaciones entre ambos gobiernos, y para relajar las tensiones iniciales.
“Por toda suerte de motivos, [los chinos] quieren entrar en el juego”, dice Evan Medeiros, un importante asesor de Obama para la región de Asia en el Consejo Nacional de Seguridad (NSC, por sus siglas en inglés). “Quieren saber quién es [Trump], y tratar de utilizar la relación personal entre los líderes para aliviar las incertidumbres”. Según diversas fuentes e informes noticiosos, Kushner –quien también ayudó a concertar la reunión de Trump con el primer ministro japonés, Shinzo Abe- ha sido hasta ahora el contacto principal del embajador chino.
Matthew Pottinger, el principal asistente para políticas asiáticas del NSC de Trump, ha sido otro interlocutor importante; y uno que tranquiliza mucho a los políticos asiáticos veteranos. Un diplomático de la región, quien habló de manera anónima por tratarse de conversaciones intergubernamentales privadas, describió a Pottinger como un hombre “muy sensible”. No se sabe cuánta influencia tiene este miembro del NSC en la Casa Blanca, pero es uno de los simpatizantes más vocales de la postura cooperadora y menos antagonista hacia China que proponen Kushner y Tillerson. Medeiros asegura que sería muy simplista describir la política emergente de Trump frente a China como una competencia de poder entre los pragmáticos y la línea dura de su presidencia. Pero muchos se adhieren a esta idea porque la presidencia no ha expresado una política concreta. “Nadie parece saber nada” de objetivos políticos específicos, concluye el diplomático regional.
En preparación para la cumbre, la Casa Blanca enfatizó que el comercio y el programa nuclear de Corea del Norte serían sus prioridades. Pero los asistentes fueron esquivos, específicamente en cuanto a la manera cómo Trump pretendía abordar esos temas.
“Los temas no fueron desarrollados con antelación”, confesó un funcionario. Esto contrasta mucho con los presidentes anteriores. Asistentes veteranos en política exterior aseguran que las cumbres diplomáticas de este nivel suelen ser extremadamente detalladas, y los resultados de las reuniones se determinaban, incluso, mucho antes que los líderes se encontraran en el mismo salón. El objetivo estadounidense más definido para la primera sesión entre Trump y Xi era desarrollar un marco para conversaciones futuras. Para la tarde del 7 de abril, funcionarios de la presidencia no pudieron añadir mucho más.
La estrategia improvisada que adoptó Trump con Xi en Mar-a-Lago, a principios de abril, pretende mantener la incertidumbre de China y poner nervioso al gobierno de Beijing, amante del protocolo. Pero algunos observadores temen que, a la larga, esa informalidad pueda ser perjudicial para Estados Unidos. “La incertidumbre y la ambigüedad en las relaciones internacionales… son un arma de doble filo”, advierte Medeiros quien, al concluir su servicio en la Casa Blanca, se convirtió en director general de la consultoría de riesgo global, Eurasia Group. Un poco de imprecisión hace que los socios de una negociación “sientan la necesidad de esforzarse para obtener logros, pero no quieres que se sientan tan inseguros porque tus compromisos carezcan de credibilidad”, señala.
Sin una estrategia clara, el temor es que Trump haga promesas que no pueda cumplir, o acepte ofrecimientos de Beijing sin entender todas las consecuencias. Impera la sensación de que “estos tipos no están al tanto de lo que desconocen”, dice Mitchell, actual asesor de alto nivel en el Programa Asia del Instituto Estadounidense de la Paz, en Washington. Previene que asistentes como Kushner y Tillerson, inexpertos en las sutilezas de las relaciones Estados Unidos-China, podrían creerse astutos y revolver las cosas, pero en su búsqueda obcecada de un acuerdo comercial o una inversión, “caerían en una concesión que sería muy difícil de revertir”.
La postura cambiante de Trump frente a Taiwán es prueba de esa mentalidad negociadora. Al principio, el presidente enmarcó la política estadounidense hacia la isla como algo abierto a negociación con Beijing, una especie de baza que podía usar para promover su mayor prioridad: las concesiones comerciales. Pero retiró su oferta tras el inesperado rechazo de los dos países. Sin embargo, aquello bastó para poner nerviosos a otros países en la vecindad de China; sobre todo, luego que Tillerson habló de una relación “todos ganan”, como señalando que Estados Unidos daría a Beijing el control de la región. “La región no quiere ser vista, simplemente, como una herramienta de la política Estados Unidos-China”, afirma Mitchell.
En Florida, el secretario de Estado habló del deseo de la presidencia de trabajar “por los objetivos mutuos de respeto, seguridad y prosperidad”, al tiempo que resaltaba un fuerte compromiso con los aliados asiáticos de Estados Unidos. Con todo, nadie tiene la menor idea de cómo pretende Trump lograr esos objetivos. Lo cual, difícilmente, tranquiliza a las naciones cuya seguridad depende de Estados Unidos.
Entonces, como bien saben, a veces un presunto “todos ganan” es, de hecho, una pérdida.
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