“¡SAL DE AHÍ, INFIEL! ¡Tus días están contados!”.
Con su pequeña hija en brazos fuera de su casa en el campo de refugiados de Minawao, Maryam repite las palabras que los combatientes de Boko Haram le gritaron a su esposo cuando llegaron, en 2014, al poblado de Djogode, en el noreste de Nigeria. Al ser cristianos (su esposo es pastor), Maryam y su familia constituían objetivos importantes para la organización militante islamista, que ha aterrorizado a la región noreste de Nigeria y los países vecinos desde 2009. Su familia huyó el mismo día, después de que los combatientes incendiaron una iglesia y asesinaron a otro pastor en Djogode, dice.
Maryam forma parte de los 61,000 refugiados nigerianos del campamento de Minawao, situado en las afueras de la ciudad de Mokolo, en la región del Extremo Norte de Camerún, a unos 24 km al este de la frontera nigeriana. Mokolo se encuentra a apenas 64 km del poblado nigeriano de Chibok, en el que más de 270 niñas fueron raptadas en su escuela por combatientes de Boko Haram en 2014. Aquel suceso atrajo brevemente la atención internacional como un claro ejemplo del salvajismo del grupo. Actualmente, no solo es la violencia lo que mata a las personas. La región de la Cuenca del Lago Chad, que se extiende por diferentes áreas del noreste de Nigeria, el norte de Camerún, el sur de Níger y el este de Chad, enfrenta una crisis de alimentos.
“Cuando veo que la comida casi se acaba, que el ganado que tenemos casi se acaba y me doy cuenta de que los niños comenzarán a llorar porque no hay comida, no puedo dormir”, dice Maryam.
En febrero pasado, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) declaró la existencia de una hambruna en Sudán del Sur y dijo que Nigeria, Yemen y Somalia estaban al borde de un desastre humanitario similar. Camerún, un país de 22 millones de habitantes, sufre debido a su proximidad con Nigeria. El conflicto de Boko Haram ha desplazado acerca de 2.5 millones de personas hacia los cuatro países que rodean el Lago Chad, y Naciones Unidas considera que 7.1 millones de personas presentan una “inseguridad alimentaria”. Camerún alberga a alrededor de 85,000 refugiados nigerianos y a cerca de 200,000 personas desplazadas internamente (PDI), es decir, cameruneses obligados a salir de sus casas por el conflicto que se extiende fuera de las fronteras de Nigeria.
El hambre y el conflicto armado “están muy relacionados”, dice Manuel Fontaine, director de operaciones de emergencia de la Unicef, el organismo de Naciones Unidas para la infancia. “Estamos hablando acerca de una hambruna provocada por los seres humanos. En efecto, hay un problema de cambio climático en la región del Lago Chad. El Lago Chad se ha reducido tremendamente; fotografías del Observatorio de la Tierra de la NASA muestran cómo el lago se redujo a la vigésima parte de su tamaño entre 1973 y 2001, y ello tiene consecuencias, al generar un ambiente seco. Sin embargo, resulta claro que esto es una obra humana”.
Una explicación para la crisis del norte de Camerún es que el cultivo y acopio de alimentos en el Extremo Norte se ha convertido en una actividad peligrosa. Muchas de las personas con las queNewsweek habló dijeron tener miedo de salir de sus casas para buscar alimentos, o que les preocupa que los alimentos que ya tienen sean robados de sus casas si salen. Los mercados al aire libre son objetivos populares para los bombarderos suicidas de Boko Haram, o “kamikazes”, como se les conoce en Camerún. Algunos tipos de fertilizante, que se utilizan frecuentemente para fabricar bombas, están prohibidos. Incluso el mijo, que es un producto muy común en la región para elaborar cerveza y fufu, que es un platillo feculento preparado con distintos tipos de harina, se considera actualmente un riesgo de seguridad. El cultivo del mijo cerca de la frontera ha sido prohibido por el gobierno de Camerún y por las fuerzas de seguridad de elite conocidas como BIR (batallón de intervención rápida), por temor a que los combatientes armados entren subrepticiamente a Camerún a través de sus campos cubiertos de tallos de casi un metro de alto.
Miles de cameruneses desplazados viven en dos campos para PDI en las orillas de un poblado llamado Meme. Se encuentra a 64 km de Maroua, la capital regional, en un camino lleno de baches que atraviesa lechos de ríos secos, en los que serpientes mamba negras y verdes se ocultan en la arena junto con los escorpiones. Los varones montan pequeñas motonetas y visten las largas túnicas tradicionales, algunas de ellas, del color del helado de pistache, que se llenan de aire y se inflan como trajes de sumo. Un letrero que promueve la “desradicalización” de la población local está colocado cerca de la entrada a Meme. Más de 18,000 PDI viven en el poblado y reciben poca asistencia, lo cual constituye una enorme carga para la comunidad de 64,000 personas que las han acogido. Meme no ha recibido asistencia alimentaria por parte de organizaciones no gubernamentales desde diciembre de 2016, y 90 por ciento de las personas viven con apenas una comida diaria.

DESTROZADOS POR LA GUERRA: Nyagonga Machul y sus hijos se reunieron en la misión de Naciones Unidas en Sudán del Sur, la cual enfrenta un recorte presupuestal. Foto: CHRIS DE BODE/PANOS FOR BRITISH RED CROSS
Muchas de las PDI de Meme provienen de Kolofata, un distrito que se encuentra a 12 km de la frontera con Nigeria. Durante la visita de Newsweek a la región, a finales de febrero, con la Cruz Roja británica, un niño de 12 años detonó una bomba que mató a dos personas en Kolofata. (Aunque Boko Haram no ha reivindicado el ataque, este último tiene todas las características de ataques previos realizados por el grupo). Al menos uno o dos ataques realizados por Boko Haram, entre ellos, bombardeos suicidas, ocurren en el Extremo Norte de Camerún cada semana.
Sentado con las piernas cruzadas bajo una mancha de sombra en las polvorientas planicies de uno de estos campamentos para PDI,Osman Omar, de 55 años, recuerda la noche en que los combatientes de Boko Haram llegaron a su casa. A la mañana siguiente, solo seis de sus 11 hijos seguían vivos. Mientras estaba en el mercado en Amchide, un poblado fronterizo que los combatientes de Boko Haram utilizan para moverse entre Nigeria y Camerún, hombres armados entraron en su casa y mataron a cinco de sus hijos, tres varones de 17, 14 y 11 años, y dos niñas, de ocho y cinco años, así como a cuatro de los hermanos de Omar.
Ahora, le preocupa el resto de su familia. “La comida no es suficiente. Se acaba muy rápido”, dice. Algunos de los residentes del campamento comen hojas y cacahuates; para hacer que duren más, trituran los cacahuates para formar una pasta que semeja bloques de Nutella crujiente y seca. Tchelou Bossomi, de 20 años, también vive en el campamento y afirma que el arroz, el aceite, los frijoles y el súper cereal (un tipo de avena que se entrega a las comunidades hambrientas) proporcionados por las ONG se acaban muy rápidamente. Eso significa que ella tiene que pedir limosna. “A veces, tienes que dejar de lado la vergüenza”, dice. “Sabes que tienes hambre. Sabes que tus hijos tienen hambre”.
Falta Oumara estaba despierta cuando Boko Haram atacó su poblado en Camerún. Despertó y vio cómo los combatientes le dieron un tiro mortal en el cuello a su esposo antes de prender fuego a la habitación donde dormían sus hijos. Dos de ellos, de siete y nueve años, siguen hospitalizados con quemaduras graves; otro de los niños “quedó irreconocible”. Modou, de siete años, uno de sus dos hijos que viven con ella en el campamento, estaba en la habitación y muestra las cicatrices de la brutalidad de Boko Haram.A los lados de su columna vertebral corren cicatrices de quemaduras, como pequeñas alas nacientes. También hay áreas de tejido cicatrizante en el lado izquierdo de su cabeza que se extienden como una arruga alrededor de su cráneo y descienden por su cuello.
En su poblado de Bia, de donde es originaria, Oumara se ganaba la vida vendiendo y comprando mercancías, y la familia tenía su propia granja. “Comía lo que quería. Ahora, la vida es muy difícil”, dice. Cuando la comida se acaba, ella, al igual que muchas otras mujeres del campamento, va al bosque para recoger leña para vender. Cuando eso fracasa, Modou lleva un plato vacío a Meme y mendiga casa por casa.
Cameruneses como Oumara, Omar y Bossomi no saldrán pronto de Meme. Simon Brooks, director de la Delegación regional del Comité Internacional de la Cruz Roja en Yaoundé, dice aNewsweek: “Nos preocupa el hecho de que el desplazamiento se haya extendido por dos o tres años para algunos grupos”.
“Hay una transformación en marcha. Una persona desplazada que ha estado fuera de su lugar de origen durante tres años junto con su familia, es algo que genera una situación de necesidad crónica”, dice “Ya no se trata de una necesidad de emergencia en el sentido de requerir una intervención limitada. Se trata de un compromiso a largo plazo”.
El Extremo Norte de Camerún aún enfrenta una violenta amenaza por parte de Boko Haram, que realizó 125 ataques violentos en 2016 y 20 en 2017, entre ellos, siete en el mes de febrero y seis en marzo, de acuerdo con el Instituto de Estudios de Seguridad, una organización que se centra en la seguridad en África. Las operaciones del gobierno de Camerún para acabar con Boko Haram han tenido cierto éxito, aunque los ataques perpetrados por el grupo se incrementaron a finales de la época de lluvias el año pasado, señala el organismo.
Las medidas represivas del gobierno de Camerún también han llevado a la repatriación forzada, el mes pasado, de 500 refugiados nigerianos. Entre ellos, más de 300 que habían solicitado asilo. El gobierno lleva a cabo arrestos periódicos contra sus propios ciudadanos si sospecha que tienen relación con Boko Haram. El organismo de Naciones Unidas para los refugiados (ACNUR) dijo estar “muy preocupado” por esa acción. (A principios de marzo, Camerún, Nigeria y la ACNUR establecieron un acuerdo para fomentar el regreso voluntario de 85,000 refugiados nigerianos que se encuentran en Camerún).
El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas visitó la región por primera vez en marzo pasado, mientras que una conferencia de alto nivel en Oslo produjo un compromiso para aportar 672 millones de dólares a los países de la Cuenca del Lago Chad. Esa cantidad representa alrededor de un tercio de los 1 500 millones de dólares que se requieren, de acuerdo con Naciones Unidas.
Aún no resulta claro cómo y cuándo esos compromisos proporcionarán asistencia alimentaria. “Más allá de salvar vidas, necesitamos asegurarnos de que esas regiones no caigan en el abandono tan pronto como las cosas comiencen a mejorar un poco”, dice Fontaine. “La razón por la que estamos aquí en primer lugar es porque esas regiones no están recibiendo la atención que necesitan”.
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