Índice explica el brexit, a Trump y el surgimiento del populismo

Si 2016 trajo consigo el brexit, Trump y una represalia contra las visiones cosmopolitas de la globalización y la sociedad, el temor principal para 2017 podrían ser los sobresaltos adicionales por parte de populistas de derecha, como el holandés Geert Wilders y la francesa Marine Le Pen. Pareciera que el aire está impregnado de un nuevo ánimo de intolerancia, xenofobia y proteccionismo económico.

En un mundo de contratos “sin horas”, Uber, Deliveroo y “economía gig”, el acceso a empleos decentes y un ingreso familiar sostenible persiste como la línea divisoria entre los ganadores y los perdedores de la globalización. Escarba en los datos de quienes votaron por el brexit y Trump, y verás que reflejan sobre todo a los votantes económicamente marginados de las antiguas áreas industriales, desde Gales del Sur y Nord-Pas-de-Calais, hasta Tyneside, Ohio y Michigan.

Las inquietudes económicas de esos votantes, en cuanto a las clausuras industriales, los inmigrantes y las empresas que migran a países de bajos salarios, fueron ignoradas por la elite liberal que abrazó el libre comercio, el trabajo flexible y la desregulación. Así que respaldaron a los “forasteros” populistas que emergieron con sus narrativas políticas y económicas simplistas, aunque, en última instancia, fallidas.

Se ha hablado mucho sobre la crisis de la democracia política liberal, mas esas tendencias parecen indisolublemente ligadas a lo que a veces se describe como una democracia económica. Todo se reduce a cuán disperso está el poder de decisión económica, y al control y la seguridad financiera que las personas tienen en sus vidas. He estado implicado en un proyecto que pretende determinar cómo compara esto en distintos países. Los resultados revelan mucho sobre los extremos a que hemos llegado, y hacia dónde podríamos dirigirnos en el futuro.

El índice

Nuestro índice de democracia económica analizó 32 países de la OCDE (excepto Turquía y México, que carecen de demasiados datos). Si bien la democracia económica tiende a enfocarse en los niveles de influencia de los sindicatos y en el grado de propiedad cooperativa de un país, quisimos considerar otros aspectos relevantes.

Así que incluimos tres factores adicionales: “lugar de trabajo y derechos de empleo”; “distribución de poderes para la toma de decisiones económicas” incluyendo de todo, desde la fortaleza del sector financiero hasta el grado de centralización del poder fiscal; y “transparencia y participación democrática en la toma de decisiones macroeconómica”, lo cual contempla corrupción, rendición de cuentas, transparencia del banco central y participación de los diferentes interlocutores sociales para definir políticas.

Lo sorprendente fue la diferencia básica entre el modelo más “social” del capitalismo en el norte de Europa y el modelo anglo-estadounidense más orientado en el mercado. De allí que los países escandinavos calificaran entre los mejores, con sus altos niveles de protección social, derechos laborales y participación democrática en la toma de decisiones económicas. Lo opuesto aplica a las economías del mundo de habla inglesa, más desreguladas, concentradas y menos democráticas. Estados Unidos obtuvo una calificación particularmente baja, apenas mejor que la de Eslovaquia. El Reino Unido tampoco se desempeñó mucho mejor, situándose en el lugar 25 de los 32 países.

Lo interesante es que Francia obtuvo una posición relativamente elevada. Esto refleja sus altos niveles de protección laboral y de participación de los empleados en la toma de decisiones corporativas; el hecho de que la extrema derecha haya sido fuerte en Francia durante varios años indica que su popularidad deriva de la raza, al menos tanto como de la economía.

Sin embargo, los candidatos presidenciales de tendencia principal, François Fillon y Emmanuel Macron, se han comprometido a reducir las protecciones de Francia, las cuales a menudo han sido culpadas –sin gran evidencia real- del lento expediente nacional en creación de empleos. Francia y Holanda corren un claro riesgo de que los compromisos continuados con las políticas de mercado neoliberales puedan empujar a los votantes de clase trabajadora hacia candidatos como Le Pen y Wilders.

Otra disparidad notable en el índice emergió en las calificaciones de Austria y Alemania, pese a las semejanzas en su gobierno económico. La calificación baja de Alemania refleja el crecimiento de la inseguridad en su mercado laboral y los bajos niveles de protección laboral, sobre todo para los trabajadores de medio tiempo a resultas de las reformas Hartz IV del mercado laboral, adoptadas tras la reunificación en la década de 1990.

El índice también pone de relieve los niveles de democracia económica comparativamente bajos de las economías en “transición” de Europa oriental. La única excepción, y muy interesante, es Eslovenia, que merece un análisis ulterior. Es posible que refleje su transición relativamente estable del comunismo y la guerra civil en la antigua Yugoslavia, así como la presencia continua de elementos activos de la sociedad civil en los movimientos sindicales y de cooperativas. Las economías del sur de Europa también tienden a calificar por debajo de las naciones del norte europeo, lo mismo que Japón.

Pobreza y desigualdad

El índice proporciona fuertes evidencias de que las políticas xenófobas podrían estar vinculadas con niveles cambiantes de participación y empoderamiento económico, no obstante los datos franceses. Hallamos que cuanto mayor eran la pobreza y la desigualdad de un país, menores eran las tasas de democracia económica.

Estos resultados sugieren, por ejemplo, que el ataque anglo-estadounidense contra los sindicatos y las políticas laborales flexibles podrían agravar la pobreza y la desigualdad al reducir los beneficios de bienestar social e incrementar la inseguridad del empleo individual. Aunque la propia OCDE abogaba por estas políticas hasta hace poco, los países con altos niveles de democracia económica, como Noruega, Dinamarca e Islandia tienen niveles mucho de pobreza más bajos que naciones como Estados Unidos y el Reino Unido.

El populismo de extrema derecha avanza por todas partes, incluidos los países nórdicos. Pero el brexit, Trump y el cambio marcado a la extrema derecha en Europa oriental se han acompañado de una menguante seguridad económica y de derechos laborales, privación de derechos a sindicatos y cooperativas, y tomas de decisiones económicas concentradas en las elites financieras, políticas y corporativas.

Vigilaremos estas calificaciones en adelante para ver qué sucede con el paso del tiempo. Será interesante observar cómo se desarrollan las correlaciones entre democracia económica, pobreza y patrones de votación en los próximos años. Para quienes buscan la respuesta a la crisis de la democracia liberal, tal vez la encuentren aquí.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek