MIENTRAS EL PRESIDENTE BARACK OBAMA se prepara para dejar el cargo, consideremos el mundo que nos deja.
En Siria, el régimen de Bashar al-Ásad, respaldado por Irán y Rusia, está terminando una salvaje campaña de bombardeos para retomar Alepo. Decenas de miles de personas han muerto, cientos de miles han ido al exilio y toda una generación de árabes suníes de ese país se ha amargado.
Un gobierno cuyos miembros alguna vez promovieron una doctrina denominada “responsabilidad de proteger” ahora observa un genocidio, creyendo evidentemente que la intervención estadounidense de alguna manera empeoraría la situación, y probablemente pondría en riesgo lo que este presidente considera como su preciado trofeo de política exterior: un acuerdo con Irán que supuestamente restringe el programa de armas nucleares de ese país, al menos por un tiempo.
Mientras tanto, el grupo militarista Estado Islámico (EI) recapturó la ciudad siria de Palmira, que había caído hacía varios meses y, oh, sí, Al-Qaeda nunca ha tenido mayor presencia en más países que ahora, a pesar de las afirmaciones del gobierno que indican lo contrario.
Y luego está Rusia. Además de restaurar su influencia en Oriente Medio, Moscú ha arrebatado Crimea a Ucrania, y el Consejo de Relaciones Exteriores ahora plantea que la posibilidad de una confrontación entre la OTAN y Rusia es tan alta como lo ha sido desde el final de la Guerra Fría.
Y finalmente, el 15 de diciembre, Pekín anunció que ha desplegado poderosos sistemas antiaéreos y antimisiles en las siete de sus islas artificiales del archipiélago de Spratly. Luego, China incautó un dron sumergible estadounidense que operaba en aguas internacionales en el Mar del Sur de China, solo para acordar devolverlo dos días después.
Dada esta letanía de debacles en el extranjero, quizá nos sorprenda saber que el gobierno de Obama le dice al equipo de Trump que el mayor problema de política exterior que enfrentará el próximo presidente es Corea del Norte.
¿Por dónde comenzar? Empecemos con el hecho de que la política de este gobierno para tratar con Pionyang se ha denominado “paciencia estratégica”. Como señaló recientemente el diario The Wall Street Journal, Obama se ha resistido a hacer que su gobierno entable negociaciones de alto nivel con Corea del Norte, esperando que su líder, Kim Jong Un, muestre que está comprometido a abandonar su arsenal nuclear.
Solo he estado en Corea del Norte dos veces, pero estoy seguro de que Kim nunca abandonará voluntariamente su arsenal nuclear. ¿Por qué? Porque es lo único que tiene. Es lo único que se interpone entre él y un empleo como doble de cuerpo del tipo que lo interpreta en la segunda parte de la película The Interview (La entrevista). A su manera, Kim nos lo dice una y otra vez, con una serie de pruebas de sus armas nucleares y de sus misiles balísticos. El gobierno suplicó, juró y engatusó a China para que hiciera algo para controlarlo, de forma muy semejante a lo que el gobierno de Bush hizo anteriormente. Y Pekín nunca lo hizo, al menos no en una medida importante, debido a que China está contenta con el statu quo: le gusta una Península de Corea dividida y no unificada, próspera y democrática.
Sin embargo, la Casa Blanca de Obama, de acuerdo con The Journal, advierte ahora al equipo de Trump contra Pionyang. Le preocupa que, si Trump “cumple sus promesas de campaña de etiquetar a China como un país manipulador de su moneda y de imponer altos aranceles a las importaciones chinas, el presidente chino Xi Jinping se mostrará poco cooperador con respecto a Corea del Norte”.
El régimen de Kim es probablemente el más represivo del mundo. Y hay razones para estar preocupados por los avances de Corea del Norte en la miniaturización de cabezas nucleares, debido a que puede colocar una de ellas en un misil balístico intercontinental. Los misiles norcoreanos tienen cada vez mayor alcance, y algunos analistas piensan que actualmente podrían llegar hasta Los Ángeles. A eso se debe que el almirante jubilado Mike Mullen, director del Estado Mayor Conjunto del gobierno de Obama, haya dicho recientemente que “si nos limitamos a sentarnos y seguimos permitiendo que [Kim] evolucione, tendremos a alguien con esa capacidad, lo cual es inaceptable”.
Sin embargo, permitir que Kim “evolucione” es lo que hemos venido haciendo, y la conclusión que extraemos de la palabra “inaceptable” es que Estados Unidos debería pensar en eliminar militarmente la capacidad nuclear de Corea del Norte; bueno, hemos tenido esa opción durante mucho tiempo y la hemos descartado. ¿Por qué? Porque ello probablemente garantizaría una guerra en la Península Coreana, que es algo que nadie quiere. Y entre ellos está Kim: la razón por la que desea tener armas nucleares y misiles balísticos es la de evitar que esa situación se produzca.
Desde luego, Kim podría poner a prueba a Trump como lo hizo con Obama. Como señala Stephan Haggard, que ha observado desde hace mucho tiempo a Corea del Norte en el Instituto Peterson de Economía Internacional en Washington, el periodo promedio para una provocación norcoreana alrededor de una elección en Estados Unidos fue de “13 semanas para Kim Il Sung, seis semanas para Kim Jong Il y solo cuatro semanas para el joven general”.
Si Estados Unidos y sus aliados tienen información específica que revele las intenciones de Kim, que debido a que su programa nuclear se vuelve cada vez más sofisticado y que, por lo tanto, plantee una amenaza mayor en este momento que, digamos, hace un año, entonces es justo preguntarnos si constituye la mayor amenaza para Estados Unidos. Esto se debe a que es poco probable que sus intenciones hayan cambiado: con otra prueba nuclear o de misiles, lo que hace es presumir ante las multitudes de su país, mostrándoles que es capaz de enfrentar a quienquiera que esté en el poder en Washington, y decirle al mundo exterior: ni siquiera piensen en venir tras nosotros.
Sin embargo, es poco probable que el impacto de esa provocación cambie mucho, como sugiere Haggard. Nunca ha existido ninguna prueba de que Kim o su padre hayan deseado alguna vez una guerra con Estados Unidos con sus aliados del este de Asia, por una razón muy sencilla, pero extremadamente importante: los norcoreanos saben que serían borrados de la faz de la tierra. A eso se debe que el gobierno de Obama quizá deba dirigir la atención de Trump hacia algunos de los otros asuntos urgentes que hay ahí afuera. Hay mucho de donde escoger.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek