Sistema de salud: el otro infierno ruso

FUE A ALTAS HORAS DE LA NOCHE cuando Hanna Rún, una campeona islandesa de baile de salón y 26 años de edad, despertó con dolores agudos en el pecho en Penza, una ciudad a unos 650 kilómetros al sur de Moscú. Alarmados porque su condición empeoraba, sus suegros hicieron lo que cualquiera habría hecho: llamaron una ambulancia.

Rún pronto desearía que no lo hubieran hecho.

Después de un viaje en ambulancia por caminos llenos de baches, fue llevada a una sala de hospital con paredes mohosas, sábanas sucias y enfermeras gritonas que le administraban groseramente suero intravenoso. En los corredores, los pacientes se sentaban o acostaban en pisos mugrientos.

Pero fueron los sanitarios del hospital los que más la impactaron. “El piso estaba empapado y lodoso, y la taza estaba tapada y llena de orina y heces”, escribió en una entrada de blog, borrada después, sobre lo que ella llamó su “pesadilla” en Penza. Con su suéter sobre la nariz para amortiguar el hedor, Rún trató de no tocar nada en el sanitario. “El lavamanos estaba lleno de sangre”, escribió.

Después de que los médicos sugirieron llevar a cabo una operación para “asegurarse” de que sus órganos internos “funcionaran apropiadamente”, Rún decidió marcharse. Luego resultó que había sufrido de ardor de estómago. Rún se negó a comentar su estadía en el hospital con Newsweek, pero medios de comunicación islandeses y rusos reportaron ampliamente la historia. “Una extranjera en un infierno ruso” fue como Ilya Varlamov, un bloguero famoso domiciliado en Moscú, describió la experiencia de la bailarina.

Otros lo vieron de manera diferente. “Es posible que a ella le fuera difícil adaptarse después de los hospitales en Islandia”, dijo Dmitry Zinovev, jefe de médicos en el hospital de Penza. Él sugirió que la muy discutida entrada de blog era un intento deliberado de desacreditar las instalaciones médicas rusas.

Aun cuando muchos rusos apoyaron a Rún en medios sociales, otros la llamaron una extranjera mimada. Pero no son solo los turistas y expatriados quienes están conmocionados por la condición grave del sistema de salud estatal ruso. En el papel, los ciudadanos rusos tienen derecho a atención médica universal y gratuita. Sin embargo, en la práctica, se les exige que adquieran un seguro médico privado, mientras que también es común que los pacientes en hospitales estatales sobornen a los médicos para que les den el tratamiento adecuado. Aun cuando los hospitales en Moscú y San Petersburgo, las dos ciudades más grandes del país, son en gran medida serviciales, la situación es diferente en regiones con escasez de dinero como la provincia de Penza.

Donald Trump, el presidente electo de Estados Unidos, y políticos de derecha en Europa tal vez alaben al presidente ruso, Vladimir Putin, como un líder fuerte, pero la dura realidad del sistema de salud estatal en la provincia rusa a menudo tiene más en común con países del tercer mundo que con una supuesta superpotencia resurgente, y eso donde existe: 17 500 ciudades y pueblos por toda Rusia no tienen infraestructura médica en absoluto.

“Los hospitales y clínicas estatales de Rusia están en una condición trágica, en especial en provincia”, dice Gennady Gudkov, político de oposición y coronel retirado de la KGB. “Hay un equipo obsoleto y a menudo averiado, una falta de medicinas y camas de hospital, y una escasez de especialistas médicos. Las familias de los pacientes a menudo son obligadas a llevarles comida. Trump está muy equivocado si piensa que a Putin le importa el pueblo ruso; a él solo le importa enriquecer a sus amigos a expensas del presupuesto nacional”.

Cuando Newsweeklo contactó, Roszdravnadzor, el comité de vigilancia en Rusia del sistema de salud estatal, se negó a comentar sobre lo que dice que son acusaciones “abstractas” de condiciones inferiores muy extendidas entre las clínicas y hospitales de gobierno.

Sin embargo, es raro que pase una semana sin una historia de horror sobre el sistema de salud estatal. En octubre, un paciente de cáncer en Perm, una ciudad en la región rusa de los Urales, llamó a su esposa a las 4:00 a. m. para que lo rescatara de los médicos cuyos intentos ebrios de colocar un suero intravenoso le habían hinchado el brazo. “Estás tan borracho que ni siquiera puedes unir dos palabras”, dijo la esposa del hombre, Veronika Mikhailova, a un médico en un video que ella luego hizo público en línea. “Todos tenemos problemas”, masculló el médico en respuesta. “Tu marido está enfermo; no hay nada que alguien pueda hacer para ayudarlo”, dijo otro. Los médicos fueron despedidos después de que sitios web de noticias nacionales retomaron la historia.

Ese incidente se dio pocos días después de que un padre enfurecido en Mezhduréchensk, un poblado en Siberia occidental, publicó una fotografía de un colchón sucio y cubierto de manchas en la sala infantil local. “Las condiciones son terribles aquí”, escribió en VKontakte, un popular sitio web ruso de medios sociales. “Hay cucarachas en la sala. Tenemos un nivel espantoso de medicina, y a nadie le importa una mierda”.

Las consecuencias a veces son fatales. Este año, una mujer de 28 años llamada Yelena Poddubetskaya murió durante el parto en Siberia oriental después de que médicos borrachos fueron incapaces de llevar a cabo una transfusión a tiempo. Los choferes de la ambulancia se detuvieron en un mercado local a hacer sus compras mientras transportaban el cuerpo de Poddubetskaya y a sus familiares dolientes a la morgue, dijeron trabajadores de derechos humanos. Funcionarios de salud regionales admitieron después que el personal médico era culpable de la muerte de la mujer.

Dados los incidentes como este, no sorprende que apenas el 2 por ciento de los rusos diga que está orgulloso del sistema de salud estatal de su país, según un sondeo reciente de la opinión pública hecho por el Centro Levada, una encuestadora domiciliada en Moscú. Los expertos internacionales también son críticos. Rusia se ubicó en el último lugar de 55 naciones desarrolladas en el informe Bloomberg de este año sobre la eficiencia de los sistemas nacionales de salud.

MALA ATENCIÓN: Los salarios promedio de médicos y enfermeras en las regiones más pobres de Rusia apenas están por encima de la línea de pobreza. Foto: ILYA NAYMUSHIN/REUTERS

Hay pocas posibilidades de que las cosas mejoren pronto: el gobierno de Rusia anunció recientemente sus planes de recortar el presupuesto de salud en 33 por ciento el año próximo, disminuyendo el gasto anual a apenas 5800 millones de dólares. Ese es un nivel de financiamiento equiparable al gasto en salud en Latinoamérica o en países asiáticos en desarrollo, según un reporte reciente de Natalia Akindinova, directora del Centro de Desarrollo Institucional de la Escuela Superior de Economía de Moscú.

No es solo la descuidada atención médica lo que representa una amenaza en hospitales estatales. Los salarios de los médicos y enfermeras en las regiones más pobres del país pueden ser tan bajos como 250 dólares al mes, apenas arriba del nivel oficial de pobreza. No hay estadísticas oficiales, pero la paga baja, en combinación con un alto estrés laboral, a veces resulta en brotes de violencia en hospitales y clínicas estatales, dicen comités de vigilancia no gubernamentales y personal médico a Newsweek.Este año, un médico en un hospital estatal en Belgorod, en Rusia occidental, fue encarcelado por nueve años después de matar a un paciente con un golpe a la cabeza después de una disputa. En octubre, en Norilsk, un expueblo gulag en el norte de Siberia, un dermatólogo en un hospital estatal fue muerto a tiros por un paciente disgustado.

Otra violencia se ha suscitado por lo que los críticos dicen que son las actitudes duras de la era soviética para con los pacientes que continúan dominando en los hospitales estatales rusos. Un ejemplo de estas actitudes es la negativa en marcha de muchos hospitales a permitir que familiares y parientes visiten a los pacientes en las unidades de cuidado intensivo, incluso por periodos breves. Aun cuando no hay una ley que prohíba el acceso, es una práctica rutinaria por toda Rusia que tales pacientes, incluidos niños moribundos, sean mantenidos completamente aislados del mundo.

“Son principalmente los médicos de la era soviética quienes piensan que los familiares y parientes no deberían estar en unidades de cuidado intensivo, quienes no los dejarán trabajar por hacerles demasiadas preguntas”, dice Lida Moniava, subdirectora del Faro, un hospicio infantil en Moscú.

En un incidente reportado el año pasado por el sitio web Meduza, afiliado con la oposición, una madre obligó a los médicos a punta de pistola a permitirle ver a su hija moribunda de cinco años. Después de una protesta pública, incluida una consulta este año a Putin en su sesión anual televisada de preguntas y respuestas, el Ministerio de Salud de Rusia publicó una declaración confirmando que la familia y los parientes tienen el derecho legal de visitar a sus seres queridos en cuidado intensivo. Pero incluso esa intervención no ha traído un cambio.

“Las recomendaciones del Ministerio de Salud no se observan en absoluto”, dice Moniava. “La diferencia principal es que ahora, si los padres son persistentes, se les permite entrar en las unidades de cuidado intensivo a ver a sus hijos si lo piden directamente al ministerio. Pero incluso en estos casos, por lo general no se les permite entrar el primero o segundo día. Y si no son persistentes o no llaman a funcionarios del Ministerio de Salud, no se les permitirá entrar para nada”.

Este enfoque de la atención médica se ve también reflejado en el déficit grave de analgésicos para la gente con enfermedades terminales. Aun cuando el gobierno ha tomado algunas medidas para mejorar la situación, la estricta burocracia médica de Rusia significa que alrededor de un millón de pacientes de cáncer actualmente carecen de acceso a analgésicos que aliviarían su sufrimiento, según cifras oficiales. Otros 300 000 ya han muerto sin recibir medicación. Para algunos críticos, esta incapacidad —o falta de voluntad— para aliviar el sufrimiento es la consecuencia lógica de décadas de gobierno autoritario.

“Los rusos no quieren mitigar su sufrimiento y el sufrimiento de aquellos cercanos a ellos por la sencilla razón de que se les ha enseñado a verse a sí mismos como reemplazables, tornillos insignificantes en el sistema, cuyos sentimientos personales no tienen propósito”, dice Alexey Kascheev, un cirujano de espina dorsal domiciliado en Moscú con gran cantidad de seguidores en medios sociales. “Tanto los médicos como los pacientes están dispuestos a soportar el tormento físico y psicológico. La gente piensa: ¿qué importa si tengo dolor, si no soy nada?”.

La desconfianza amplia en la medicina estatal también ha resultado en que los rusos gasten millones de dólares todos los años en los llamados curadores mágicos. “A menudo se da el caso de que la gente con enfermedades que amenazan su vida elijan acudir primero a formas alternativas de medicina. Cuando finalmente visitan a un médico, ya es demasiado tarde”, dice Yury Zhulev, portavoz de la Asociación de Pacientes Rusos. Expertos en la Academia Rusa de Ciencias dicen que hay alrededor de 800 000 curadores de lo oculto y de la fe operando en el país, en comparación con 640 000 médicos registrados.

Si la prueba del ácido de un sistema de salud estatal es la voluntad de los miembros de la élite política a poner en sus manos su propia salud y la de sus seres queridos, entonces Rusia reprueba miserablemente. Al contrario de muchos países de Europa Occidental, donde los ministros y otros funcionarios del gobierno usan rutinariamente los servicios de salud de su nación, los líderes políticos de Rusia a menudo viajan al extranjero para su atención médica. En 2013, Pavel Astakhov, por entonces el más alto funcionario de bienestar infantil de Rusia, dio una respuesta franca cuando le preguntaron por qué su esposa había dado a luz en el sur de Francia en vez de en Rusia. “Estaba preocupado por mi esposa y futuro hijo”, respondió. “No podía asumir el riesgo”.

Obligados a apostar con su salud y a veces con sus vidas, ese es un lujo que millones de rusos no se pueden dar.