El terrible despertar se produjo de repente, como un norovirus. Durante todo el día, los amigos cercanos de Hillary Clinton y su amplio círculo de partidarios se habían mostrado cautelosamente optimistas con respecto a sus oportunidades en la elección general. Más temprano, una parvada de sus amigas de la secundaria en Park Ridge, Illinois, se reunió para almorzar en el Harlem de Nueva York, donde un menú de tres platos diseñado por el chef Marcus Samuelsson fue titulado “Celebración de la elección de Hillary”. Todo el mundo se llevó a casa una pequeña charola de cerámica conmemorativa grabada con la frase favorita de Clinton, pronunciada por el teólogo metodista John Wesley, sobre hacer todo el bien que puedas durante todo el tiempo que puedas. En la parte inferior podía leerse la frase “Para conmemorar la elección presidencial de 2016 de Hillary Rodham Clinton”. Ese pequeño y hermoso recuerdo tuvo una vida útil de, quizás, unas ocho horas.
Alrededor de las nueve de la noche, tiempo del Este, las personas que se reunieron para celebrar una victoria de Clinton, desde el cavernoso Javits Center en Manhattan hasta las fiestas privadas realizadas en toda la nación, se volvieron sombrías y luego lúgubres. La preocupación se convirtió en choque mientras los presentadores de noticias se paraban delante de mapas de una nación que se pintaba de rojo sangre, surcado por delgadas franjas de azul a lo largo de las costas. Para la medianoche, los partidarios de Clinton habían pasado de la incredulidad al horror y de este al duelo, mientras se daban cuenta de que Donald Trump sería el próximo presidente de Estados Unidos. En una elegante fiesta realizada en Manhattan en la que participó uno de los principales donadores de la candidata, los invitados vagaban a través de cuartos llenos de obras de arte con la mirada angustiada y vacía, como personajes de un cuento de Edgar Allan Poe. Un importante donador dijo: “Me siento como si todos mis hijos estuvieran ahora mismo en cuidados intensivos”. Otro importante donador desde hace mucho tiempo añadió: “Sabes, ahora nos van a encarcelar a todos”.
SALPICADA DE PENES
Ha habido varias campañas presidenciales muy desagradables en los casi 250 años de política estadounidense. Los partidarios de Herbert Hoover afirmaban que su oponente católico, Al Smith, había ordenado la construcción de un túnel de Nueva York al Vaticano; los partidarios de John Quincy Adams acusaron de bigamia a la esposa de Andrew Jackson, y el oponente de Thomas Jefferson afirmó que este había muerto. Pero nunca antes hubo ninguna campaña que estuviera dividida tan clara, y a veces tan cruelmente, a lo largo de líneas de género. Le tomará mucho tiempo a Estados Unidos recuperarse de las camisetas con la leyenda “Trump that bitch” (un juego de palabras entre el apellido del candidato republicano y la palabra “trump” (superar, ganar) que, traducido libremente, significaría “Gánale a esa perra”), y aquellas decoradas con la imagen de Clinton volando en una escoba, que se encontraban a la venta en la Convención Nacional Republicana, de los cánticos de “Enciérrala” que sacudían los estadios de todo el país, desde Orange County hasta Lubbock y Akron, y el comentario grabado de Trump sobre “tomarlas de los genitales”, sin mencionar las afirmaciones de una docena de reinas de belleza, periodistas, recepcionistas y mujeres comunes que señalaron que él las había besado y manoseado contra su voluntad. En medio de la confirmación realizada por Trump sobre el tamaño de sus atributos masculinos en la televisión a escala nacional, el regreso de las mujeres que acusaban a Bill Clinton de atacarlas sexualmente y el anuncio del FBI relacionado con el envío de mensajes sexuales a una menor por parte de Anthony Weiner, el cual casi hizo naufragar la campaña de la candidata, la elección de 2016 estuvo salpicada de penes, lo cual resulta adecuado, dado que esta campaña, frecuentemente virulenta, fue un referendo nacional sobre las mujeres y el poder.
Esta iba a ser siempre una elección sobre el género. Clinton lo señaló desde el día en que anunció su candidatura en Nueva York, en mayo de 2015, cuando habló acerca de su madre, del hecho de avergonzar y culpar a las mujeres por causa del aborto y de la forma en que los padres deben ser capaces de decirles a sus hijas que ellas también pueden postularse para presidentas. Trump corrió en contra de todo esto, endureciéndose en forma machista, irredenta y recalcitrante, culpando a la menstruación del hecho de recibir preguntas difíciles por parte de mujeres periodistas, avergonzando a las mujeres que lo enfurecían llamándolas “gordas”, diciendo que “debería haber alguna forma de castigo” para las mujeres que buscan el aborto, e incluso sugiriendo que ser o tener una esposa trabajadora es algo malo. El día de la elección, las mujeres respondieron en consecuencia, pues Clinton derrotó a Trump entre las mujeres en una proporción de 54 por ciento a 42 por ciento. No votaron tanto por ella como contra lo que él sacó a la superficie durante su campaña: la misoginia cotidiana.
Los hombres y mujeres realmente eligieron a un candidato presidencial este año con base en sus actitudes sobre lo que era una conducta aceptable hacia las mujeres. En una encuesta realizada en junio por investigadores de la Universidad de Michigan y en la que participaron 700 personas se encontró que las actitudes hostiles hacia las mujeres se correlacionaban con el apoyo a Trump. Geoff Garin, encuestador del súper-Comité de Acción Política de Clinton, afirma que la brecha de género en 2016, de 24 puntos de magnitud, tuvo una causa y un tamaño distinto que en años anteriores. “Pienso que para muchas mujeres y para algunos hombres, pero principalmente para las mujeres, Trump realmente ha puesto en tela de juicio la función de las mujeres en nuestra sociedad y la forma en que deben ser tratadas”.

PÚLPITO PARA EL ACOSO: la actitud grandilocuente y despectiva de Trump hacia sus enemigos reales y percibidos durante toda esta campaña provocó el temor de muchas mujeres y pudo haber intimidado a algunas de ellas para permanecer en silencio. Foto: CARLOS BARRIA/REUTERS
EL PRIMERO ENTRE LOS DISTINTOS
Es posible que las mujeres hayan votado contra Trump en uno de los márgenes más amplios de toda la historia, pero su apoyo por Clinton también estuvo matizado por la ambivalencia. De hecho, Trump derrotó a Clinton entre las mujeres de raza blanca en una proporción de 53 a 43 por ciento. El esperado “primer lugar” (y el camino hacia él) nunca produjo el júbilo que saludó a la elección del primer presidente afroestadounidense en 2008, aunque las mujeres esperaron mucho más tiempo por este momento. Después de todo, la primera mujer presidente habría estado en la Casa Blanca en el centésimo aniversario del voto femenino.
Con ese “largo tiempo” en mente, podría haberse esperado que las mujeres se unieran codo con codo como sus tatarabuelas, las sufragistas, y marcharan por las calles para celebrar la histórica nominación de Clinton. En lugar de ello, el apoyo de esta hacia las mujeres (aunque mayor que el de Trump) carecía de fervor y, en ocasiones, parecía incluso obligado.
Clinton tenía partidarias ardientes y entusiastas, generalmente de su misma edad, como la abogada jubilada Jennifer Kimball. La mujer de 66 años entró una mañana en las oficinas generales demócratas de Arizona, en Phoenix, dos semanas antes de la elección, y pidió que la pusieran a trabajar. Al igual que Clinton, Kimball tenía una carrera, trabajando junto con su esposo como empresaria y propietaria de una pequeña empresa. Tras dejar a sus hijos en la escuela, ella volvía para estudiar una licenciatura en leyes. “Hice esto más tarde en mi vida, y las personas solían preguntarme: ¿por qué asistes a la Facultad de Derecho ahora? Una de las razones es que, cuando eres mujer, deseas ser tomada en serio, y si eso es lo que quieres, debes tratar de lograr una situación laboral que haga que las personas te tomen en serio”, dice. “Y en segundo lugar, yo estaba criando a tres varones feministas y deseaba ser un buen modelo de rol para mis hijos. Era muy importante para mí que mis hijos crecieran pensando que las mujeres pueden hacer cualquier cosa”.
Kimball y muchas mujeres del núcleo de apoyo de Clinton consideraban esta elección como un referendo de lo que su generación había logrado: la transformación social que hizo que el porcentaje de mujeres que trabajaban fuera de casa se duplicara, de menos de 30 por ciento en la década de 1950 a más de 60 por ciento en la actualidad. “Hillary —dice Kimball— comparte conmigo mi historia y mi currículo. Ella es el paquete completo”.
¿SUFRES ABUSOS O LOS HAS SUFRIDO EN EL PASADO?
Para muchas mujeres, la campaña presidencial tenía una dinámica emocional que era más inmediata y más desagradable. Una de cada seis mujeres estadounidenses ha sufrido un ataque sexual. Una de cada cuatro es víctima de violencia doméstica en el transcurso de su vida. Una de cada tres mujeres ha sufrido acoso sexual en el trabajo y 40 por ciento de las mujeres experimentan acoso en las calles (con base en mi experiencia personal, yo diría que ese porcentaje es más cercano al 100, pero siempre he vivido en ciudades).
Afuera del palacio de gobierno de Scottsdale, Arizona, a finales de octubre, una maestra jubilada llamada Mary, de 66 años, declaró a Newsweekque acababa de votar por Clinton (me pidió que no publicara su apellido para evitar conflictos con su familia). “No voté por ella por ser mujer —dijo—. Voté por ella porque, siendo yo una persona que ha estado en una situación de violencia doméstica, Donald Trump me asusta como el demonio. Tiene esa actitud condescendiente, como demostrando que es hombre y siempre tiene la razón, justo como mi exmarido, que aún tiene esa actitud de no haber hecho nada malo. Puedo ver eso en Trump”.
Muchas mujeres con las que hablé señalan que los comentarios misóginos que Trump hizo durante su campaña y antes de ser candidato traen a su mente recuerdos dolorosos de los hombres abusivos que ha habido en sus vidas. Dadas las estadísticas de violencia doméstica y ataques en Estados Unidos, no es de sorprender que tantas mujeres se hayan identificado con las 12 mujeres que acusaron a Trump de atacarlas sexualmente durante la campaña. En las redes sociales crearon una nueva coalición de las manoseadas y atacadas sexualmente. El fin de semana después de que el diario The Washington Postpublicara un video de los comentarios de Trump al conductor televisivo Billy Bush sobre tomar de “los genitales” y besar a las mujeres sin su consentimiento, las llamadas a la línea directa de la Red Nacional para el Combate de la Violación, el Abuso y el Incesto aumentaron 35 por ciento.
También ese fin de semana, ocho millones de mujeres respondieron a un mensaje de Twitter en el que se les pedía que describieran su primera experiencia de ataque sexual. Incluso figuras públicas, que iban desde la experta en política Ana Marie Cox hasta la representante estadounidense Ann McLane Kuster de Nueva Hampshire, contaron por primera vez sus historias de ataque sexual en televisión y desde el podio.
Muchas mujeres también se vieron a ellas mismas en Clinton mientras enfrentaba a un hombre arrodillado. Al ser presentada junto con Trump en una pantalla dividida durante el primer debate, ella mantuvo su electrizante sonrisa y confianza. Pero cuando él la acechaba por detrás en el segundo debate, las mujeres intuyeron su incomodidad, lo cual no fue detectado por muchos hombres. Cuando Trump la interrumpió repetidamente y murmuró: “Qué mujer tan repugnante” durante el tercer debate, mujeres de todo el país convirtieron el insulto en un eslogan de campaña a favor de Clinton. Casi todas las mujeres han pasado por eso: navegar graciosamente para alejarse del acoso e, incluso, de la amenaza es una habilidad femenina básica.

AUTOBORRADO: Clinton fue muy popular entre las mujeres, pero el apoyo de estas a la candidata carecía del fervor de la base de votantes de Trump y de la pasión que impulsaba a las sufragistas. Foto: DOMINICK REUTER/REUTERS
EL FACTOR MIEDO
La experta en ciencia política Susan Carroll, estudiosa de alto rango del Centro para las Mujeres Estadounidenses y la Política de la Universidad Rutgers, afirma que el “factor Trump” no solo atemorizó a las mujeres, sino que también hizo que se quedaran calladas. “Pienso que muchas personas no desean hablar acerca de esta elección y entrar en una discusión con alguien acerca de ella —señala—. Esto tiende a provocar confrontaciones, y muchas mujeres no son demasiado combativas y rehúyen participar en ellas. Les gusta mantener las cosas tranquilas y relajadas. Quizá muchas mujeres se sientan más aliviadas que alegres, lo que contrasta mucho con 2008, cuando hubo un entusiasmo mucho más visible [por Obama].”
Al enfrentar el muro de lo que Gil Troy, catedrático de la Universidad McGill y autor de varios libros, denomina como “Clintipatía”, es decir, un odio irracional contra Clinton, alimentado por años de ridiculización en los medios de comunicación de extrema derecha, muchas mujeres simplemente mantuvieron las cosas “tranquilas” al no alzar la voz. Stacy Mill, ejecutiva de seguridad cibernética de 49 años de edad y originaria de Indiana, es madre de dos hijas y casada por segunda vez, y afirma que sus dos hombres votaron por Trump. Tras varias discusiones con su marido, ambos simplemente dejaron de hablar de política. “En mi casa todo se reduce al tema de Benghazi y los correos electrónicos —dice—. Para mí, Hillary ha mostrado un gran crecimiento, madurez y liderazgo reflexivo, y eso no tiene nada que ver con el género”.
Otro tipo de miedo acosaba a algunas de estas mujeres. Al ver sus esperanzas frustradas con tanta frecuencia, mantuvieron sus expectativas bajo control. “Muchas mujeres no han conseguido algo que creían que debían tener (el ascenso en el trabajo, el aumento de sueldo) y están demasiado nerviosas como para entusiasmarse antes de que las cosas sucedan realmente”, señala Stephanie Schriock, presidente de Emily’s List, una organización de capacitación política y recaudación de fondos para mujeres, la cual hizo campaña a favor de Clinton en todo el país. Al hablar una semana antes de la elección y pronosticar la victoria de Clinton, dijo: “Creo que la noche del martes tendrán que lanzar pañuelos desechables desde el cielo. Habrá muchas lágrimas”.
Bueno, en eso tuvo razón. Hubo muchas lágrimas.
‘HEMOS PERDIDO A LAS MUJERES’
La desagradable campaña de Trump no fue sino el más reciente episodio del largo declive en las relaciones entre los republicanos y las mujeres. La Conferencia Republicana de la Cámara está compuesta en un 91 por ciento por varones, mientras que el porcentaje de mujeres en el Colegio Electoral Demócrata de la Cámara creció de 21 por ciento en 2006 a 33 por ciento en la actualidad.
La gran cantidad de mujeres republicanas que huían de Trump horrorizó a los líderes del partido. “Los republicanos tendrán que ganarse el derecho a ser escuchados”, escribió la columnista conservadora S. E. Cupp en el diario The New York Timesuna semana antes de la elección. “Para ello será necesario desalojar del partido a todos aquellos que ayudaron al señor Trump. Quién sabe cuánto tiempo tardará, pero mientras tanto, francamente, las mujeres tendrían que ser lobotomizadas para creer cualquier cosa que les diga el Partido Republicano”.
Una de las muchas paradojas de esta elección es que, mientras que Trump pudo haber impulsado a la base de votantes de Clinton con sus alegres ataques contra ella, la victoria del candidato podría evitar que otras mujeres, más jóvenes y menos divisivas que Clinton, se involucren en la política. La disposición de las mujeres jóvenes para postularse a cargos menores es clave para acercarse a la paridad de género en el Congreso. Tradicionalmente, las mujeres se inclinan menos que los varones a postularse para un cargo. Además del hecho de que tienen menores probabilidades de ser alentadas para hacerlo por parte de sus jefes partidistas locales, las razones que mencionan para no postularse son la pérdida de la privacidad y las brutales campañas. La demócrata de Nueva York Judith Hope, una de las primeras partidarias de Clinton, señala que “si yo fuera una joven que piensa postularse para el cargo, tendría que pensarlo dos veces” después de este año. “Ciertamente, si tienes una familia, el precio es demasiado alto”.
En la fiesta de la victoria de Trump, la texana Kendra Reeves, de 51 años, se sentó detrás del escenario mientras Trump hablaba a las 3 a. m. No le preocupaba el efecto de su candidato en las mujeres. “Siento que Dios eligió a Donald Trump para este periodo de la historia para traer el cambio a nuestra nación —dijo—. Todas las mujeres que he conocido han dicho que es respetuoso y cortés. No sé nada de su pasado, pero todos tenemos un pasado. Lo único que importa es lo que aprendemos de él”.