Poder masculino

Era el 26 de junio de 2015, diez días después de que el magnate y hombre del espectáculo anunciara su intención de postularse para la presidencia de Estados Unidos y poco después de que yo escribiera un artículo para Newsweekal que mi editor había puesto el siguiente encabezado alternativo: “Donald Trump: el multimillonario para los obreros”. En este, yo afirmaba que, aunque los medios de comunicación y la mayoría de los republicanos desestimaban las oportunidades de Trump de lograr la nominación por parte de ese partido, su oposición a los acuerdos multilaterales de libre comercio y sus exigencias por unas restricciones más severas a la inmigración lo convertían en un candidato perfecto para los hombres blancos de la clase trabajadora que hoy conforman una parte considerable del electorado republicano. También señalé que Trump había roto con la ortodoxia republicana al insistir firmemente en que nunca haría recortes a la Seguridad Social y a Medicare, otra postura que lo colocó más cerca de los votantes blancos de la clase trabajadora.

“Pienso que el artículo es grandioso”, dijo Trump por teléfono desde su oficina en la Torre Trump, y luego divagó en su estilo “trumpiano” para informarme que ya había aparecido antes en la portada de Newsweek (“siempre me ha encantado la revista”, dijo). Me sorprendió un poco su entusiasmo, pues lo había acusado de “verborreico”, entre otras cosas, y también me estremecí un poco, como cualquier reportero cuando el sujeto de una de sus notas se muestra demasiado feliz. Más tarde supe que él se refería a sí mismo como “el multimillonario obrero”, por lo que el encabezado pareció haberse ganado su cariño.

Conforme avanzaba la campaña, escribí en forma crítica sobre sus propuestas políticas, como la prohibición de la inmigración musulmana (la cual modificó después para convertirla en una prohibición de la inmigración de países aquejados por el terrorismo) y la puesta en marcha de una operación de vigilancia de las mezquitas estadounidenses para detectar señales de terrorismo, su ataque contra la familia de un soldado musulmán caído en batalla y sus supuestos manoseos. Pero nunca perdí mi fascinación por Trump y los hombres blancos de clase obrera a los que conquistó en la elección presidencial nacional por un margen de 40 por ciento por encima de su contrincante demócrata, Hillary Clinton. Entre los hombres blancos de clase obrera el margen fue de 49 por ciento. Trump también convenció a los hombres blancos con educación universitaria, pero solo por cuatro por ciento, muy por debajo de los dos dígitos que suelen obtener los republicanos en este grupo demográfico. Trump conquistó a siete de cada diez hombres blancos sin educación universitaria y a seis de cada diez mujeres sin ese nivel educativo.

Ciertamente, Clinton atrajo a las minorías, pero con un margen menor que el obtenido por Barack Obama entre los votantes afroestadounidenses e hispánicos, y cometió graves errores en su búsqueda de los votantes blancos. Ella no viajó a Wisconsin, donde existe una gran población obrera, convencida de que era una parte segura del “muro demócrata” de 18 estados y el Distrito de Columbia que han votado por ese partido en las contiendas presidenciales desde 1992. Clinton nunca visitó ese estado después de las elecciones primarias demócratas. Trump ganó Wisconsin, la primera vez que un republicano triunfa en ese estado desde 1984.

Quizás esos votantes blancos de clase trabajadora no hayan atraído suficiente atención por parte de Clinton, pero Trump los puso bajo los reflectores. El libro Hillbilly Elegy(Elegía montañesa), de J. D. Vance, una memoria y estudio de esos votantes, se convirtió en un éxito de ventas y en lectura indispensable sobre los tipos políticos. Los reporteros acudían en masa a los mítines de Trump y a las ciudades carboneras como lo hacía Margaret Mead cuando viajaba a las costas de Samoa para estudiar rituales nativos. Debo confesar que pasé mis vacaciones de verano recorriendo en automóvil muchos de los lugares de origen de esos votantes: West Virginia, Kentucky, Ohio, el sur de Indiana, Illinois y Missouri. Podríamos decir que fue mi viaje al “Corazón de la Identidad Blanca”.

La animadversión de los obreros de raza blanca ganada por el Partido Demócrata me ha intrigado desde hace mucho tiempo. Mis abuelos pertenecían a la clase trabajadora; la madre de mi padre fue miembro del Sindicato Internacional de Trabajadoras de Ropa Femenina. No habían abandonado su liberalismo, pero con frecuencia parecía que muchas familias que me rodeaban sí lo habían hecho. Quizá mi interés se despertó debido a que crecí viendo All in the Family,el exitoso programa de CBS de la década de 1970 sobre Archie Bunker, un fanático hablador de la clase trabajadora de Queens (¿suena familiar?) que idolatraba a Richard Nixon y Ronald Reagan. Recuerdo que mi padre me contaba sobre el motín obrero en Manhattan ocurrido en 1970, en el que trabajadores de construcción de raza blanca atacaron a varios “melenudos” que se manifestaban contra el asesinato de cuatro manifestantes contra la guerra de Vietnam en la Universidad de Kent State, en Ohio. Los corpulentos trabajadores también tomaron por asalto el palacio de gobierno de la ciudad para insultar a John Lindsay, el alcalde pacifista de Nueva York que había colocado la bandera a media asta como señal de duelo ante el tiroteo en el campus. Uno de mis libros favoritos cuando terminé la Universidad era Canarsie: The Jews and Italians of Brooklyn Against Liberalism(Canarsie: los judíos e italianos de Brooklyn contra el liberalismo, 1985), la crónica de un sociólogo sobre cómo algunas personas se sentían abandonadas por los demócratas debido al derecho a decidir, el crimen, el estado de bienestar y otros problemas con carga racial.

DIVIDE Y CONCURRIRÁN: Tras dirigir una de las campañas más enconadas en la historia de Estados Unidos, Trump hizo un llamado a la unidad en su discurso triunfal la noche de la elección, diciendo que era el momento de que el pueblo estadounidense dejara atrás sus divisiones. Foto: JOHN LOCHER/AP

En la década de 1990 cubrí la fuente de la Casa Blanca y vi cómo Bill Clinton atrajo a muchos de esos votantes con políticas que hacían que los demócratas parecieran duros: reforma a la asistencia social con requerimientos laborales, sentencias de cárcel más prolongadas, apoyo a la pena de muerte. Después vi cómo Newt Gingrich dirigió la toma del Congreso por parte del Partido Republicano en 1994, alimentando la indignación de la clase trabajadora debido a la prohibición de las armas de asalto.

En 2011 escribí acerca de la forma en la que el Partido Republicano estaba preparado para nominar a un partidario acérrimo del comercio. Dicho partido había experimentado un gran flujo de votantes blancos de clase trabajadora que tenían ideas sobre el proteccionismo que eran muy distintas a las de los candidatos de ese partido para la nominación presidencial de 2012, entre ellos, Mitt Romney, quien acabó logrando la nominación. Escribí una nota de portada para Newsweektitulada “El voto blanco”, ilustrada con la imagen de un obrero y una lonchera azul dentro de una casilla de votación. Desde el año 2000, los varones de la clase trabajadora se han alejado tanto del partido del New Deal que, en algunos estados, Obama ganó únicamente diez por ciento de sus votos en 2012 (en términos generales, alrededor de la tercera parte de los varones blancos de clase trabajadora le dieron su apoyo a Obama ese año; al parecer, Trump superó esa cantidad, aunque aún esperamos más información). Sin embargo, la victoria de Trump me tomó desprevenido. Al igual que muchos reporteros políticos, yo creía en las encuestas, una ciencia que, aunque no se encuentra en la misma categoría de la frenología y la lectura del tarot, tiene serias fallas.

Lo mismo le ocurrió a la candidata demócrata. Clinton no solamente descuidó sus flancos de clase trabajadora en estados como Wisconsin, Pensilvania y Maine, sino que, además, tampoco estaba preparada. Recordemos su comentario displicente acerca del brillante futuro de las energías alternativas: “Vamos a dejar fuera del negocio muchas empresas carboneras y muchas minas de carbón”. Fue inmisericorde, pero al menos tenía el elemento de la verdad. En 50 años, es poco probable que obtengamos la misma cantidad de nuestra energía a partir de esa fuente. En este momento, solo alrededor de 80 000 estadounidenses trabajan en las minas, cerca de la décima parte de quienes trabajaban en esa área hace 100 años.

¿Acaso Trump puede regresar al país los trabajos de fabricación y cambiar las cosas tan rápidamente que “harán que tu cabeza dé vueltas”? Por supuesto que no. Muchas de las políticas de Trump serán difíciles de promulgar. Con respecto al comercio, Trump tendrá poderes unilaterales para retirar a Estados Unidos del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, de la Organización Mundial de Comercio y del pendiente Acuerdo Transpacífico, pero es cuestionable que pueda lograr “grandiosos acuerdos” como afirma con demasiada frecuencia. Sus amenazas de imponer aranceles a las empresas que trasladen sus empleos a otros países requeriría el consentimiento de un Congreso que quizá no se lo otorgue. La Constitución confiere al presidente Trump una amplia autoridad sobre la política migratoria (ha calificado la inmigración como una amenaza no solo para la seguridad de Estados Unidos, sino también para los empleos en ese país). Aunque es probable que no llegue a construir su controvertido muro a lo largo de la frontera con México sin la aprobación del Congreso, los estudiosos de las leyes piensan que tiene la autoridad para acelerar la deportación de las personas que se encuentran ilegalmente en Estados Unidos, rescindir los decretos de Obama que permitieron que esos inmigrantes se quedarán en el país y cumplir su juramento de prohibir la inmigración de personas de ciertos países, como un esfuerzo para disminuir el riesgo de ataques terroristas en Estados Unidos.

CONTRA LA PARED: La hostilidad de Trump hacia los inmigrantes ilegales, los musulmanes e incluso los periodistas se convirtió en un grito de batalla en sus mítines y resonó en todo el país. Foto: JOHN LOCHER/AP

La investigación de ciencias sociales realizada por Andrew Cherlin, de la Universidad Johns Hopkins, y otros académicos indica otras maneras en las que el nuevo presidente podría atraer a los hombres de Trump, si no es que incluso aumentar su número. Él les da esperanza. Los estudios más amplios de estos votantes fueron realizados por el economista Jonathan Rothwell, de la empresa Gallup, conocida por sus encuestas. Rothwell tomó los datos de encuestas acerca de los hombres de Trump y los correlacionó con muchos otros factores, entre ellos, el nivel de ingresos, el estado de salud, la ocupación y otras variables. Algunos de sus hallazgos son lo que cabría esperar: los votantes de Trump viven mayoritariamente en áreas con una gran mayoría de personas de raza blanca y tienen poblaciones de inmigrantes muy pequeñas; una amplia proporción pertenece a la clase trabajadora y le preocupa el comercio exterior.

Sin embargo, este es el gran hallazgo de Rothwell. Los votantes de Trump han tenido un mejor desempeño financiero que muchos de sus pares. Su estado de ánimo es amargo y pesimista, pero, en términos generales, sus circunstancias no parecen demasiado malas. Uno pensaría que el típico votante de Trump está siendo apaleado por la competencia extranjera, como, por ejemplo, los trabajadores de una fábrica de aparatos de aire acondicionado que se encuentra bajo la presión de los aparatos de aire acondicionado chinos, que son más baratos. Sin embargo, la verdad es que la mayoría de ellos son autoempleados, como los técnicos en reparación de aparatos de aire acondicionado, es decir, personas cuyos trabajos no pueden ser trasladados al extranjero.

Paradójicamente, la mayoría de los votantes obreros de Trump suelen ser más adinerados que otros obreros. No son los más perjudicados de ese grupo, pero son los más pesimistas acerca del futuro. Y suelen tener una buena razón: en general, de acuerdo con Rothwell, viven en condados marcados por un tipo de movilidad descendente. Quizá les vaya bastante bien en relación con otros obreros, pero se sienten desmesuradamente preocupados por sus hijos. Asimismo, la gran mayoría piensa que no les está yendo tan bien como a sus padres. Este investigador no analizó sus hábitos relacionados con ver las noticias, pero quizá sea seguro decir que sus visiones negativas acerca del mundo son reforzadas por Fox News y otros medios de comunicación conservadores.

El apoyo a Trump también fue alto en condados con estadísticas de salud deficientes, de acuerdo con los hallazgos de Rothwell. De hecho, ha habido mucho interés por parte de la comunidad de la salud pública acerca del aumento en los índices de fallecimientos entre los hombres blancos sin educación universitaria de entre 45 y 54 años de edad; solo una parte de esta tendencia se relaciona con la muy discutida crisis de los opioides. Gran parte de este perturbador aumento parece deberse a un incremento en problemas familiares como el abuso del alcohol, la obesidad, el consumo del tabaco y la depresión. Cherlin, autor de Labor’s Love Lost: The Rise and the Fall of the Working Class Family in America(El amor perdido de la mano de obra: auge y caída de la familia de clase obrera en Estados Unidos), piensa que existe una relación entre la menguante salud en esas zonas de partidarios de Trump y un sentido de pesimismo más amplio. Las encuestas muestran de manera constante que los varones blancos sin educación universitaria son menos optimistas con respecto al futuro que las personas de origen hispánico y las de raza negra sin educación universitaria, aun si sus condiciones materiales son mejores.

Una mala salud y una visión pesimista de las propias oportunidades son problemas reales que no se tratan fácilmente mediante la política o las políticas sociales. Sin embargo, el presidente Trump tendrá algunas herramientas. En primer lugar, ningún miembro de la clase trabajadora de raza blanca sentirá ahora que ha sido ignorado. Han rugido y su elección de Trump podría ayudar a algunos de ellos a salir temporalmente de su depresión. Sin embargo, es probable que Trump necesite otras políticas de la parte demócrata de su cerebro para ayudar en otras formas a esos trabajadores. Las propuestas de Clinton de asignar más dinero para la capacitación de los obreros, programas de aprendizaje y bajos costos en la educación universitaria son el tipo de programas que Trump podría tomar y apropiarse de ellos, de forma semejante a la manera en que George W. Bush renombró y expandió el plan de servicio nacional de Bill Clinton.

Aunque esto no atrajo mucha atención durante la campaña, Trump y Clinton juraron renovar la infraestructura de la nación. A Trump le encanta arremeter contra el aeropuerto LaGuardia de Nueva York, diciendo que es como uno del “tercer mundo” y elogiar los caminos de China y los estados del Golfo; un gran programa de infraestructura ocupaba uno de los puestos principales del programa de Clinton, y es probable que Trump también impulse un programa de esta naturaleza. Este tipo de empleos haría mucho para una gran cantidad de obreros, y es probable que el presidente obtenga el apoyo de los demócratas hacia ellos. Es una buena señal para Trump y su base que aquel haya jurado, en la noche de la elección, reconstruir la infraestructura de Estados Unidos.

La noche de la elección en la fiesta de victoria de Trump en el Hotel Hilton del centro de Manhattan no había muchos invitados de clase obrera, con excepción del personal del hotel. Se trataba de un evento para políticos, donadores y voluntarios, pero se habló mucho acerca de ayudar a la clase trabajadora y acabar con las élites. “Pueden meterle una encuesta en el trasero al New York Times.Y pueden decir que yo lo dije”, señaló Carl Paladino; nacido en la clase trabajadora, se hizo rico arrendando terrenos y derrotó a un tipo perteneciente al orden establecido para convertirse en el nominado republicano para la gubernatura de Nueva York hace unos cuantos años (perdió, y no siente ninguna estima por los medios de comunicación, a los que califica de “mentirosos”). También estaba Mike Lindell, un antiguo adicto al crackque logró combatir su adicción y se convirtió en inventor de una almohada que vende en Fox News (en ocasiones parece que lo hace todo el tiempo) llamada MyPillow. Afirma que su empresa tiene 1100 empleados en Minesota, otro de los estados en los que Trump tomó por sorpresa a Clinton. “El sueño americano es posible”, me dijo Lindell. “Donald Trump comprende cómo hacer que vuelvan los empleos”.

Las personas de raza blanca y de clase trabajadora que votaron para convertir a Trump en su defensor están a punto de descubrir si todo ello es verdad.