La intifada de Berkeley

PARA SER UN INSURGENTE PALESTINO, supuestamente decidido a destruir Israel, Paul Hadweh no se diferencia mucho de sus compañeros de la Universidad de California en Berkeley. Conocí al alumno de último año, de 22 años de edad, en la azotea de un edificio del campus con vista a la extensa Bahía de San Francisco, la cual relucía en la clara luz de la tarde. Llevaba tenis Converse gris, jeans de marca y una camiseta verde azulado. En la mesa había puesto su iPhone, los auriculares y un paquete de tabaco picado. Parecía un estudiante cualquiera, excepto porque irradiaba una energía nerviosa, casi como vapor. Era comprensible, pues, en el último mes, Hadweh ha sido representado como un enemigo de Israel, lo bastante peligroso para ameritar la presunta intervención del gobierno judío.

Pasamos unos momentos admirando la vista del Bay Area. Nos encontrábamos a unos 225 kilómetros de Chowchilla, la ciudad del Valle Central donde Hadweh vivió hasta los diez años de edad; y a unos 11 265 kilómetros de Beit Jala, la población de la Ribera Occidental de mayoría cristiana, donde el padre de Hadweh, médico, decidió mudar a la familia en 2003 (está cerca de Belén). Pero también estábamos a pocos pasos de donde nació el Movimiento Libertad de Expresión de 1964, cuando los estudiantes de Berkeley protestaron por las restricciones a la actividad política impuestas por la administración universitaria. Esta yuxtaposición irritaba a Hadweh, lo irritaba más que la política israelí, incluso más que las amenazas de muerte que ha recibido. “Han convertido a un alumno de pregrado en chivo expiatorio de la manera más pública imaginable”, considera, acerca de los administradores que trataron de impedirle que impartiera una clase de historia palestina.

Berkeley tiene una larga tradición de estudiantes que imparten clases. En 1965, en respuesta a la creciente inconformidad estudiantil en el campus, Joseph Tussman, profesor de filosofía de Berkeley, inició un programa para que alumnos y profesores “participen en lecturas intensivas y debates de textos en un ámbito sin evaluación”. El experimento terminó por conocerse como DeCal, abreviatura de Democratic Education at Cal. Cualquier estudiante puede dar una clase sobre cualquier tema, siempre que cuente con un patrocinador de la facultad y la aprobación del Senado Académico. Las clases DeCal suelen incluir unas dos docenas de estudiantes y son muy populares, a juzgar por los ofrecimientos actuales. Este semestre hay 195 cursos de este tipo en Berkeley, los cuales reflejan la diversidad de intereses de los 27 000 alumnos de la universidad: Introducción al uso de hornos, Introducción a la cirugía, Análisis poético de Berkeley.

El sitio web DeCal insta a los estudiantes que han disfrutado de un curso DeCal a que inicien uno propio: “No es un proceso tan difícil como imaginas”. Pero Paul Hadweh ciertamente está en desacuerdo.

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LA FAMILIA de Hadweh llegó a la Ribera Occidental justo durante la segunda intifada, como se conoce a la campaña armada que Palestina emprende periódicamente contra Israel. Fue un periodo espantoso, con bombazos suicidas en Tel Aviv y Jerusalén, e incursiones militares israelíes, un intercambio sangriento que ningún bando estuvo dispuesto a interrumpir, ni siquiera cuando hicieron las propuestas obligatorias de paz. Al concluir la segunda intifada, Israel siguió siendo vulnerable a los ataques con cohetes desde Gaza (y, más recientemente, a una serie de ataques con cuchillos), mientras que los palestinos permanecieron como los apátridas que han sido desde hace décadas.

La familia de Hadweh es cristiana y relativamente acaudalada. No obstante, él experimentó todo el peso de la ocupación, en especial después de que Israel comenzó a construir un muro en la Ribera Occidental, en 2002. “La ocupación afecta todos los aspectos de tu vida”, dice. Le pregunté si alguna vez tuvo oportunidad de dialogar con sus pares israelíes sobre el tipo de cosas que transmiten en segmentos esperanzadores de la radio pública. Hadweh sonríe con desdén: “Jamás habrá una conexión. Hay un muro de concreto de ocho metros entre nosotros” (la barrera varía en composición y altura, y muchos israelíes dicen que es necesaria para prevenir ataques terroristas).

Tras graduarse en el bachillerato de Belén, Hadweh regresó a Estados Unidos para estudiar en la universidad. Inició en Sacramento City College, y luego cambió a Berkeley, clasificada como la mejor universidad pública del país. Muchos viajan a Estados Unidos para recibir educación superior con la expectativa de ampliar sus horizontes; Hadweh, quien aspira a una maestría en estudios de paz y conflicto, confiesa libremente la estrechez de sus miras: “Vine aquí para aprender sobre Palestina. Y me dije: ‘Saldré de aquí después de haber aprendido eso’”.

Por ello, cuando descubrió que no había un curso que, en su opinión, abarcara de manera equitativa la situación de Israel y los Territorios Palestinos, decidió hacer el suyo. “Si no me das un espacio para explorar Palestina, entonces abriré ese espacio”, declara, con un tono desafiante y tenso que sugiere lo difícil que le ha sido reclamar ese espacio.

El año pasado, Hadweh tomó un curso de árabe con Hatem Bazian, un erudito islámico de Berkeley quien ha estado implicado en activismo político y, según algunos, pretende deslegitimar y difamar a Israel. Durante el verano, Bazian ayudó a Hadweh a crear un curso DeCal llamado “Palestina: análisis colonial de un colono”.

Según el plan de estudios sometido a revisión, el curso “exploraría la conexión entre sionismo y colonialismo”, así como “las posibilidades de una Palestina descolonizada, donde se haga justicia a todos sus pueblos”. Las lecturas revelan una obvia aversión por el proyecto sionista y, en consecuencia, por la propia Israel: Edward Said, los soldados que disienten con las Fuerzas de Defensa de Israel, los teóricos del poscolonialismo. El programa cita con frecuencia el sionismo; pero apenas menciona a Israel.

Pregunté a Hadweh si su curso clama por eliminar a Israel como Estado Judío. Recibió la pregunta con repugnancia, explicando que no hay manera de echar a los judíos de una tierra que llaman hogar. “Me consideran antisemita porque, fundamentalmente, creo que todos podemos vivir juntos”. Es muy ambiguo en la manera como pretende resolver el conflicto palestino-israelí, pero tanto él como Bazian parecen aspirar a un único Estado único donde palestinos y judíos sean iguales, y a donde puedan regresar los palestinos expulsados. Muchos opinan que eso sería el fin de Israel pues, en general, se considera que las tendencias demográficas favorecen a los palestinos.

Hadweh cree que este tema debe debatirse con urgencia. “No se trata de un curso propalestino o proisraelí”, insiste. Su objetivo era “explorar la historia”.

Bazian aprobó el curso, como también lo hizo el director del departamento de estudios de Oriente Cercano y el Senado Académico de la universidad. Así que, al iniciar el semestre, empezó a pegar carteles por todo el campus anunciando su clase: cuatro mapas en fila, cada cual mostrando el perfil de Israel y los Territorios Palestinos. El primer mapa, con datos de 1918, es casi completamente verde azulado (territorio palestino), con unas cuantas manchas negras (asentamientos sionistas) cerca de la costa mediterránea. Israel fue fundada en 1947; en consecuencia, el mapa de 1960 es casi negro. En la última versión del mapa, solo hay dos franjas verde azulado inconexas: la Franja de Gaza y la Ribera Occidental.

Veinticuatro alumnos se inscribieron en el curso, y otros seis estaban en la lista de espera. La primera reunión sería el 6 de septiembre.

AL OTRO LADO: Un palestino escala el muro de la Ribera Occidental, en la sección que se alza entre la ciudad de al-Ram y Jerusalén Oriental, como hacen muchos palestinos diariamente para buscar empleo. Foto: THOMAS COEX/AFP/GETTY

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EL CÉLEBRE progresismo de Berkeley a veces es más conveniente para los detractores de la universidad que para la propia institución. Como gobernador de California, Ronald Reagan aprovechó el tumulto de Berkeley, a fines de la década de 1960, para posicionarse en el escenario nacional como el Estadounidense Medio, representante de la ley y el orden, asqueado por los excesos de los revolucionarios acampados frente a Sproul Hall. En fecha más reciente, “Berzerkeley” (la loca Berkeley) ha sido blanco fácil para quienquiera que denuncie la extralimitación de la corrección política o el activismo social, pese a que la propia universidad se ha vuelto cada vez más convencional, y menos interesada en la revolución social que en captar estudiantes dotados y robar profesores estrellas a su rival, la vecina Stanford.

Israel es la nueva Vietnam en muchos campus universitarios. A principios de este año, la Junta de Regentes del sistema de la Universidad de California aprobó un informe, el cual comenzó señalando que “se ha producido un aumento de incidentes en los campus UC que reflejan antisemitismo”. La resolución dice: “El antisemitismo, las formas antisemíticas del antisionismo, y demás formas de discriminación, no tienen cabida en la Universidad de California”. Muchos grupos judíos interpretaron esto como una gran victoria; pero la resolución fue una pérdida para organizaciones activistas como Students for Justice in Palestine (Estudiantes por la Justicia en Palestina), el cual había instado a la Universidad de California y muchas otras universidades de todo el país a boicotear y deslindarse de Israel. Bazian, asesor de Hadweh en el curso de DeCal, fue el cofundador de ese grupo.

El primer informe noticioso del curso de Hadweh apareció el 8 de septiembre en The Algemeiner, que se autoproclama el “periódico judío de crecimiento más acelerado en Estados Unidos”. El artículo llevaba el título “UC Berkeley ofrece clases para erradicar a los judíos de Israel, destruyendo al Estado Judío”.

Después de publicado el artículo, varios grupos judeoestadounidenses abordaron a los administradores de Berkeley. La Iniciativa Amcha, con sede en California, envió una carta que firmaron 43 organizaciones instando al canciller a cancelar el curso, con el argumento de que Hadweh y Bazian “pretenden adoctrinar a los estudiantes para odiar al Estado Judío y a tomar medidas para eliminarlo”.

Ron Hassner, politólogo de Berkeley, con un doctorado de Stanford, concuerda con esta evaluación extrema. Hassner, profesor de conflictos religiosos, confiesa que quedó consternado por el curso de DeCal. “Esa clase es despreciable por su intolerancia”, afirma, y compara sus fundamentos intelectuales con la teoría de la “tierra plana”.

Al parecer, los administradores estuvieron de acuerdo. El 15 de septiembre, The Daily Californian informó que el curso fue cancelado porque lo habían “aprobado por error”. Esto provocó un escándalo a la inversa. Un sitio Web propalestino sugirió que el gobierno israelí había presionado a la universidad. Dan Mogulof, portavoz de Berkeley, dice que eso fue un “rumor insidioso” y que “no hubo contacto alguno con representantes oficiales o no oficiales del gobierno de Israel”. Voces más moderadas señalaron que otros cursos DeCal, como Contradanza moderna y Positividad corporal, cumplieron con los requisitos académicos y administrativos, de modo que era dudoso que solo un curso enfocado en la experiencia palestina hubiera generado atención adicional.

Después de que suspendieron su clase, Hadweh recibió el ofrecimiento de representación de Palestine Legal, organización que suele defender a estudiantes que se convierten en blanco del cabildo proisraelí. Su abogada, Liz Jackson, es una judía egresada de la carrera de derecho de Berkeley quien, hace algunos años, hizo el famoso Birthright Israel, un viaje gratuito que se ofrece a todos los judíos estadounidenses. “Etiquetar, automáticamente, la perspectiva palestina como ‘antijudía’ es equivalente a desestimar como ‘antiblanco’ el estudio de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos o el movimiento para abolir el apartheid en Sudáfrica”, acusa, y añade que hubo “un esfuerzo documentado y coordinado, por parte de las organizaciones de defensa de Israel y del propio gobierno israelí, para suprimir el debate en los campus estadounidenses”.

Hadweh y Bazian se reunieron con Carla Hesse, decana ejecutiva de la Facultad de Letras y Ciencias. El 19 de septiembre, Hesse dirigió una carta al Senado Académico y a los directores departamentales en ciencias sociales afirmando que la “reunión resolvió las cuestiones de procedimiento pertinentes a la revisión y la consulta académica”. El curso cambió de nombre, de “Palestina: análisis colonial de un colono” a “Palestina: investigación colonial de un colono”. Mas no cambiaron los materiales del curso ni la forma como Hadweh impartiría la clase.

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AHORA, TODOS estaban inconformes. Hadweh y sus partidarios opinaban que los administradores de Berkeley habían cedido a la presión política y la cobertura mediática; sus detractores afirmaban que la universidad había permitido que floreciera el antisemitismo. Hubo acusaciones de usurpación de libertad académica, y de que esa libertad fue pervertida por beneficio político. “Es una situación de doble moral”, comenta Alan Dershowitz, profesor de derecho de Harvard, y defensor frecuente de Israel. “La pregunta crucial es: ¿Aceptarían un curso antipalestino idéntico? La libertad académica requiere de un estándar de evaluación único y neutral”.

Leí esta respuesta a Jackson, la abogada de Hadweh, y la postura de Dershowitz le pareció ridícula. “Todos los días hay cursos antipalestinos en todo Estados Unidos”, replica, y cita una cátedra sobre la historia de Israel impartida en Berkeley, la primavera pasada, la cual parecía “borrar a los palestinos” a favor de una perspectiva sionista. “Mucha gente opina que las clases desde la perspectiva sionista son antipalestinas”, agrega. “Es cierto que la libertad académica exige que se aplique un estándar neutral uniforme, no obstante el punto de vista político. Eso es justo lo que no hicieron en este caso”, a su parecer, ya que Hadweh recibió “un escrutinio especial”.

Jackson desearía que Berkeley hubiera respaldado a Hadweh como hizo la Universidad de California en Riverside, cuando salió en defensa de Tina Matar quien, en 2015, intentó impartir un curso titulado “Voces palestinas”. La Iniciativa Amcha se opuso, pero Riverside decidió seguir adelante con la clase. Un informe publicado unos meses después del incidente concordó con esa decisión: “A fin de cuentas, la existencia de objeciones e inquietudes motivadas por ‘Voces palestinas’ (algunos de ellas, expresadas con elocuencia) constituye un fundamento insuficiente para cuestionar el criterio académico”. Jackson se pregunta por qué Berkeley, que se jacta de tantos galardonados con el Nobel en su profesorado, no fue capaz de llegar a la misma conclusión.

Pero hay asuntos que trascienden la libertad académica. Hassner, el profesor de politología, señala que el furor generado por el curso de Hadweh sería “muy, muy difícil de sobrellevar para los estudiantes judíos del campus”, pues conducirá a un incremento inevitable del antisemitismo. Pocos días después de nuestra conversación, comenzaron a aparecer carteles en el campus, proclamando que los “judíos abusivos” habían silenciando la libertad de expresión en Berkeley, pese a que habían restituido el curso DeCal.

Hadweh denunció los carteles, pero tener que defenderse de semejantes acusaciones lo dejó claramente enervado. Y apenas era septiembre. “¿Qué dice todo esto a cualquiera que pretenda hablar de Palestina?”, se pregunta. “No hables”.

Quizá Hadweh aprendió más con los acontecimientos del mes pasado que en cualquier clase. Porque las cosas también son así en Oriente Medio: ira, recriminación, escalamiento, exasperación. Y al final, nada cambia.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek