Hay mañanas que parecen iguales hasta que una noticia cambia para siempre la forma en que las recuerdas.
Hoy, Kevin volvió a hacer lo de siempre. Me buscó, pidió atención, quiso que lo cargara y se quedó conmigo esos primeros minutos antes de que comenzara el día.
Lo ha hecho prácticamente todas las mañanas desde que llegó a mi vida.
Kevin apareció de una manera inesperada, en un momento en el que yo también estaba atravesando muchos cambios y acababa de perder algo importante. No estaba buscando un gato. Mucho menos uno como él.
Pero llegó.
Y desde el principio dejó clarísimo que no pensaba pasar desapercibido.
Maullaba para exigir atención, reclamaba que lo cargara, pedía cuidados y parecía tener bastante claro que las reglas de convivencia las iba a poner él. Eso, por cierto, no ha cambiado demasiado.
Kevin tiene una personalidad fuerte. Nunca le gustó salir de casa. Mucho menos ir al veterinario. Cuando llegó el momento de esterilizarlo, mientras a Pax —que llegó después— le hicieron el procedimiento sin mayor problema, Kevin decidió que la anestesia local era una afrenta personal.
La resistió. Luchó contra ella.
Y volvió a casa profundamente drogado, molesto y, para acabar de completar la experiencia, rapado de sus partes. Tuvimos que esperar dos semanas y volver a intentarlo con anestesia general.
Así ha sido Kevin desde pequeño. Todo un personaje.
Intenso, demandante, cariñoso, juguetón y extraordinariamente sociable. De esos gatos que no solamente aceptan que los acaricies, sino que te hacen saber que esperan que lo hagas.
Hace tres años y medio que llegó. Y unos días después de adoptarlo llevé a ese pequeño tirano a desparasitar. Ahí apareció Pax.
No sé exactamente en qué momento pasamos de tener un gato a tener dos, pero desde entonces han estado conmigo durante buena parte de mi vida cotidiana.
Tres años y medio.
Eso son muchas mañanas.
Muchas noches.
Muchas siestas.
Muchos pelos en la ropa.
Muchos juguetes debajo de los muebles.
Muchos maullidos a deshoras.
Y ese pequeño ritual que se volvió tan cotidiano que casi dejó de ser visible: Kevin conmigo al comenzar el día.
Quizá los gatos tienen algo de magia precisamente por eso.
Llegan a nuestras casas como si fueran ellos quienes nos hubieran elegido y, sin hacer demasiado ruido —bueno, Kevin sí hace bastante—, terminan ocupando un lugar que no sabíamos que estaba reservado para ellos.
Borges escribió sobre su gato Beppo y lo llamó dueño de “un ámbito cerrado como un sueño”. Me gusta esa idea: los gatos viven con nosotros, pero conservan algo que nunca terminamos de conocer. Tienen su propio mundo, sus propios rituales, sus misterios.
Kevin, además, tiene un carácter que difícilmente permitiría que alguien pensara lo contrario.
Hace unas semanas empecé a notar algo raro. Movía la boca de una manera extraña. Lo llevé a la clínica y encontraron un absceso. Lo operaron y se lo retiraron. No fue sencillo. Con Kevin casi nunca lo es.
Pero después de la cirugía volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: ser Kevin. Incluso cuando todavía no comía bien, seguía buscando caricias. Seguía queriendo atención. Seguía acercándose. Hace una semana empezó a comer normalmente otra vez. Recuperó energía. Volvió poco a poco a su rutina.
Yo también empecé a respirar.
Hasta hoy.
Hoy me avisaron que la biopsia no había salido como esperábamos.
Es un fibrosarcoma.
Cáncer.
La palabra pesa incluso cuando se trata de un animal.
Y quizá pesa todavía más cuando ese animal lleva años formando parte de tu vida de una manera tan íntima y cotidiana.
No voy a fingir que no duele.Duele muchísimo.
Y tampoco tengo una explicación que me deje tranquila.
¿Por qué un gato que apenas tiene unos años puede tener cáncer?
¿Por qué algo así puede aparecer cuando parecía que todo iba mejor?
Supongo que una de las cosas más difíciles de la enfermedad es precisamente esa: la necesidad humana de encontrar una explicación que no siempre existe.
Nos gusta pensar que, si hacemos todo bien, si cuidamos, si prevenimos, si estamos atentos, podemos mantener a salvo aquello que amamos.
Y no siempre funciona así.
Kevin no hizo nada para merecerlo.
Yo tampoco hice algo para provocarlo.
Simplemente ocurrió.
Y ahora toca hacer lo que hacemos cuando la vida cambia de dirección sin pedir permiso: entender, preguntar, buscar opciones y seguir.
Vamos a buscar un oncólogo veterinario. Vamos a saber exactamente qué tenemos enfrente y qué posibilidades existen.
Todavía no sé qué sigue.
Quizá esa sea la parte más difícil: aceptar que no siempre podemos adelantarnos a lo que viene.
Kevin llegó a mi vida después de una pérdida, cuando muchas cosas estaban cambiando. De alguna manera, se convirtió en parte de una nueva etapa sin que ninguno de los dos lo supiera.
Y ahora me toca recordar algo que probablemente siempre he sabido, pero que uno prefiere no mirar demasiado de cerca: incluso aquello que llega para acompañarnos tiene un tiempo que no conocemos.
No sé qué va a pasar con Kevin, hoy no quiero adelantarme.
Hoy solamente sé que esta mañana volvió a hacer lo de siempre. Me buscó, pidió que lo cargara, exigió sus caricias y se quedó conmigo un rato antes de que comenzara el día.
Quizá por eso esta noticia me hizo pensar tanto en esos pequeños rituales que construimos sin darnos cuenta. Esas cosas que hacemos todos los días y creemos que estarán ahí mañana, y pasado mañana, y el próximo año.
Hasta que un día entendemos que nunca tuvimos garantizado ninguno de esos mañanas.
Y eso no significa que debamos vivir con miedo.
Quizá significa aprender a mirar un poco más.
Acariciar un poco más.
Quedarnos un rato más.
Prestar atención a esas escenas pequeñas que parecen no estar pasando mientras ocurrenporque la vida no se construye solamente con los grandes acontecimientos.
También se construye con un gato que exige que lo cargues antes de empezar el día.
Con dos ojos que te buscan.
Con un maullido.
Con una rutina que se repite hasta que deja de parecernos extraordinaria.
No sé qué va a pasar con Kevin.
Y hoy no necesito saberlo.
Hoy quiero quedarme aquí.
En esta mañana.
Con mi gato demandante, cariñoso y terco.
Con nuestro ritual de siempre.
Y con la esperanza de que todavía nos queden muchas mañanas por repetirlo.