Noventa minutos

Hay días en los que un país entero parece inhalar al mismo tiempo.

Como si, antes del silbatazo inicial, millones de personas contuvieran el aire sin darse cuenta. No ocurre muy seguido. Quizá por eso, cuando ocurre, vale la pena detenerse a sentirlo.

La semana pasada pasó algo curioso. México terminó un partido sin recibir un solo gol, avanzó mejor posicionado de lo que muchos esperaban y, por unas horas, el marcador dejó de ser solamente un marcador.

Las ciudades cambiaron de ritmo. Las plazas se llenaron de camisetas verdes, de acentos que venían de todas partes y de abrazos entre personas que apenas unos minutos antes eran completas desconocidas. Los restaurantes dejaron de ser restaurantes para convertirse en graderíos improvisados; las pantallas aparecieron en parques, mercados, terrazas y oficinas donde, por alguna razón misteriosa, todas las reuniones importantes encontraron cómo terminar antes.

Y entre todo eso aparecieron escenas que cualquiera con un teléfono podía convertir en memoria colectiva.

Un mexicano dejando de ser anfitrión para convertirse en guía. Otro explicando con las manos por qué un taco al pastor no admite discusión. Un grupo levantando por los aires a un desconocido como si fuera un amigo de toda la vida. Una señora bailando desde un balcón mientras cientos de personas la vitoreaban. Un niño pidiendo una fotografía a alguien cuyo nombre probablemente nunca sabrá.

No es que esas escenas no existan el resto del año.

Es que durante el Mundial parecen multiplicarse.

Como si el país recordara una parte de sí mismo que, entre la prisa y el ruido, a veces deja dormida.

Siempre me ha parecido curioso que digamos ponerse la camiseta. Porque no se trata de una tela. Se trata de aceptar, aunque sea durante noventa minutos, que existe algo más grande que uno mismo.

Vivimos en una época donde casi todo parece diseñado para fragmentarnos. Cada quienrecibe noticias distintas, habita conversaciones distintas, sospecha del que piensa diferente y termina convencido de que el otro vive en un país completamente ajeno. Basta, sin embargo, con que ruede una pelota para que ocurra algo difícil de explicar.

No desaparecen las diferencias. Simplemente dejan de ocupar el centro de la conversación.

Durante un rato el vecino ya no es el que vota distinto, la persona de la mesa de al lado deja de ser una desconocida, el turista deja de ser un extraño y se convierten en alguien con quien compartes una celebración.

Entonces entiendes que el fútbol quizá nunca fue solamente fútbol. Es un idioma.

Uno bastante simple, si se quiere, pero capaz de hacer que personas que no comparten lengua, historia ni ideología griten exactamente al mismo tiempo.

Eso tiene algo de milagroso.

También he pensado mucho en los narradores deportivos. Hay algo profundamente nuestro en esa manera de contar el juego. No describen únicamente lo que ocurre; lo convierten en epopeya. Estiran unos segundos hasta volverlos eternos. Hacen que un despeje parezca una hazaña y que un gol permanezca más tiempo en la memoria por la emoción con la que fue narrado que por la jugada misma.

Quizá porque entendieron algo que a veces olvidamos.

Las historias no sólo sirven para explicar el mundo. También sirven para sostenerlo.

Y quizá eso necesitamos de vez en cuando.

Sería ingenuo pensar que un partido arregla un país. No lo hace. Las preocupaciones siguen ahí, las pérdidas, las discusiones, las noticias difíciles y las conversaciones incómodas. Todo eso seguirá esperándonos cuando suene el silbatazo final.

Pero hay una diferencia enorme entre ignorar la realidad y permitirnos respirar dentro de ella. A veces confundimos la celebración con distracción, como si alegrarse fuera una frivolidad o sonreír implicara dejar de mirar los problemas.

Y no.

Las personas no celebramos porque todo esté bien. Celebramos porque necesitamos recordar que todavía hay algo que merece ser celebrado.

Ningún equipo entra a la cancha pensando únicamente en los goles que ha recibido. Y ningún país puede construirse mirando solo sus derrotas.

También necesita celebrar las jugadas que salen bien, aunque duren apenas noventa minutos. Necesita símbolos. Necesita historias. Necesita momentos capaces de recordarle que comparte algo con personas a las que jamás ha visto.

Quizá por eso el Mundial conmueve tanto.

No porque nos haga olvidar quiénes somos. Sino porque nos lo recuerda.

Nos recuerda que, debajo del ruido, seguimos siendo un país que abre la puerta antes de preguntar de dónde vienes; que convierte desconocidos en invitados; que hace de un estadio una plaza pública y de una plaza pública una sobremesa.

Y esa forma de ser no aparece únicamente cuando rueda una pelota.

Aparece cuando un huracán, un terremoto o cualquier tragedia golpea algún lugar y hay mexicanos organizándose para ayudar antes de que alguien se los pida. Cuando brigadas de rescatistas cruzan fronteras porque entienden que el dolor tampoco necesita pasaporte. Cuando una colecta nace en cuestión de horas o alguien ofrece lo único que tiene porque alguien más lo necesita.

Hay algo profundamente mexicano en esa costumbre de responder primero con las manos antes que con el discurso. Tal vez por eso el fútbol nos representa mejor de lo que creemos.No por el marcador. Por la tribuna.

Porque el verdadero juego siempre ha estado afuera de la cancha.

Esta semana México volverá a salir a jugar. Puede ganar, empatar o perder. Así funciona el deporte. Pero hay algo que, pase lo que pase, ya volvió a aparecer y ojalá no olvidemos cuando el Mundial termine: esa esperanza obstinada que hace que incluso quienes dicen no entender de fútbol terminen preguntando cómo va el partido, asomándose a una pantalla ajena o sonriendo cuando un grito atraviesa la ciudad.

Los estadios se vaciarán. Las camisetas volverán al clóset. La conversación cambiará de tema. Ojalá no olvidemos, sin embargo, esta versión de nosotros mismos.

La que comparte la mesa.

La que celebra con desconocidos.

La que abre la puerta antes de preguntar el nombre.

La que encuentra puntos de encuentro antes que motivos para dividirse.

Porque quizá el verdadero triunfo nunca estuvo en el marcador. Estuvo en recordar que todavía sabemos jugar en el mismo equipo.

Y hay victorias que, afortunadamente, no caben en ningún marcador.