A los hombres no les gusta que les digan gallina.
Es curioso, porque la palabra suele usarse para señalar cobardía, debilidad, falta de carácter. Nadie presume ser una gallina. Nadie quiere parecerse a ellas.
Y sin embargo, basta quedarse un rato observándolas para notar algo que ese insulto pasa por alto completamente.
Hace unas semanas me quedé mirándolas durante más tiempo del que cualquier adulto admitiría con dignidad.
No fue planeado. Fui a visitar a una amiga que vive a las afueras de la ciudad. Tiene un jardín con tierra verdadera, árboles que dan sombra de la que enfría de verdad, y un gallinero que, según ella, existe más por terquedad que por necesidad. Mientras entraba a preparar café, yo me quedé en el patio.
Al principio parecía un caos pequeño: una gallina corría hacia el comedero como si llegara tarde a algo importante, otra rascaba la tierra con una concentración admirable, dos discutían por un trozo invisible de mundo. Pero después de unos minutos apareció algo que no se nota de inmediato.
Un orden.
No solemne ni silencioso. Un orden práctico, lleno de pequeñas correcciones.
Una gallina comía primero. Otra vigilaba desde un punto más alto. Las jóvenes intentaban adelantarse y recibían un recordatorio breve de que todavía no.
Lo interesante es que nada parecía personal.
Se empujaban, se corregían, se desplazaban con una eficiencia que en el mundo humano habría provocado una discusión larga o un silencio resentido de meses. Aquí no. Un pequeño picotazo. Un cambio de lugar. La vida seguía.
Mientras las observaba pensé en mi amiga.
No en la que estaba dentro preparando café, sino en la que había estado conmigo unos meses antes, sentada en una mesa de bar con los ojos cansados. Habíamos hablado de cosas grandes: trabajo, decisiones, la sensación extraña de que el mundo se estaba acelerando en direcciones que nadie entendía del todo.
Esa noche me dijo algo que se me quedó grabado:
—Siento que todo se está cayendo al mismo tiempo.
Y no hablaba solo de su vida.
Las noticias eran una corriente constante. Lugares donde las ciudades se vaciaban, donde las familias corrían hacia fronteras que no siempre se abrían. La sensación de que el planeta estaba lleno de incendios visibles e invisibles. A veces el mundo se vuelve demasiado grande para una sola mente, y una no sabe bien qué hacer con todo ese peso excepto cargarlo.
De vuelta en el patio, una gallina saltó a una piedra y se quedó ahí, quieta, mirando el pequeño territorio como si fuera suficiente universo.
Las otras seguían picoteando la tierra.
Pensé entonces que quizá parte del problema humano es que intentamos sostener demasiado al mismo tiempo. Nos duele lo que ocurre lejos —como debería dolernos— pero en ese esfuerzo a veces olvidamos lo que ocurre exactamente donde estamos. El sol cayendo sobre una mesa. La conversación que todavía no termina. El pequeño territorio donde la vida sigue respirando aunque afuera todo parezca derrumbarse.
Las gallinas no saben nada de los desastres del otro lado del planeta. No conocen los mapas, no leen titulares, no cargan el peso abstracto del mundo.
Pero hacen algo que a nosotros nos cuesta mucho más de lo que admitimos.
Sostienen lo inmediato.
Comen. Cuidan. Se organizan. Ponen huevos todos los días con una disciplina silenciosa que no necesita reconocimiento, no busca aplausos, no espera que nadie lo note para seguir haciéndolo.
Mi amiga salió al patio con dos tazas.
—¿Qué haces? —me preguntó.
—Nada —le dije.
Pero no era verdad.
Estaba entendiendo algo que suena simple pero cuesta años: que el amor también ocurre en escalas pequeñas. Que no siempre es heroico ni épico ni capaz de cambiar la historia. Que a veces se parece más a quedarse sentada mirando un gallinero mientras una amiga prepara café dentro de la casa.
A veces el amor es eso.
Permanecer.
Pasamos la vida buscando actos extraordinarios que demuestren que estuvimos aquí, que importamos, que dejamos algo. Mientras tanto, el mundo se sostiene gracias a cosas mucho más silenciosas.
Un animal que vigila mientras los otros comen. Un huevo que aparece cada mañana sin hacer ruido. Una amistad que sigue ahí incluso cuando el planeta parece moverse demasiado rápido.
Las gallinas no intentan salvar el mundo.
Solo lo sostienen, todos los días, un poco.
Y quizás eso, al final, es lo más parecido a la valentía que existe.