Todas las mujeres posibles

Durante meses dijo que se iba.

Lo decía con una naturalidad que convencía incluso a los demás. Había aplicado a una maestría. Tenía una oferta laboral concreta, con cifras claras, con fechas, con cláusulas. Sabía cuánto costaba la renta promedio en la ciudad nueva. Hablaba del clima como si ya lo hubiera respirado. Hasta había aprendido a pronunciar el nombre de la avenida donde imaginaba vivir.

Parecía decidido.

Pero nadie sabía que cada vez que lo decía sentía una presión leve en el pecho. No era miedo exactamente. Tampoco entusiasmo. Era algo más difícil de nombrar. Una especie de fatiga antigua.

Cansancio.

No del lugar.
De sí misma dentro de ese lugar.

La ciudad no había cambiado tanto. Seguían los mismos árboles, las mismas cafeterías, los mismos semáforos que tardaban de más. Lo que se había vuelto estrecho era el espacio que ella ocupaba en todo eso. Las conversaciones empezaban a repetirse. Las sobremesas parecían ensayos de discusiones ya sabidas. Algunas amistades ya no eran refugio pero tampoco se rompían del todo; quedaban en ese limbo incómodo donde una sonríe por inercia.

Sentía que todos sabían quién era.

Y esa versión empezaba a quedarle ajustada.

Irse era la promesa del anonimato.


En esa otra vida nadie la conocería desde antes. No tendría que explicar quién había sido, qué defendió cuando era más joven, a quién amó cuando aún creía en ciertas eternidades. Podría reinventarse sin testigos. Ser más liviana. Más simple. Menos atravesada por historia.

Se imaginaba despertando en un departamento pequeño con calefacción que hacía ruido por las noches. Aprendiendo rutas nuevas con el mapa abierto en el teléfono. Pidiendo café con una pronunciación apenas correcta. Sintiendo esa mezcla de vulnerabilidad y excitación que tiene quien no pertenece todavía.

En esa vida no tendría que confrontar ciertas cosas.

No tendría que aceptar que había relaciones que ya no se sostenían por afecto sino por costumbre.
No tendría que reconocer que estaba cambiando más de lo que admitía en voz alta.
No tendría que elegir, con esa crudeza adulta, quién se quedaba y a quién dejar ir aunque doliera.

La ciudad nueva prometía una versión menos incómoda de sí misma.

Y sin embargo, había algo que no cuadraba.

Cada vez que imaginaba la despedida definitiva las últimas copas, los abrazos largos, las frases de nos vemos pronto”— sentía que algo se le escapaba. No eran solo personas. Era la textura de su historia. Era la memoria compartida. Era el peso específico de haber sido vista crecer, equivocarse, volver a empezar. De haber sido sostenida cuando aún no sabía sostenerse sola.

En la vida alternativa ganaba ligereza.
En esta estaba ganando carácter.

La mujer que se iba era más libre de pasado.
La que se quedaba estaba aprendiendo a sostenerlo sin que la definiera.

Una noche armó la maleta. De verdad.

Dobló ropa con cuidado excesivo, como si la simetría pudiera ordenar lo que sentía. Separó libros, dudó con algunos subrayados que hablaban de etapas que ya no reconocía. Miró su cuarto casi vacío y trató de sentir algo que se pareciera a la euforia.

Sintió silencio.

Un silencio espeso, honesto.

Y en ese silencio entendió algo que no había querido mirar: no estaba huyendo de la ciudad. Estaba huyendo de una versión incómoda de sí misma. De la mujer que empezaba a incomodar a otros y, sobre todo, a sí misma. De la que ya no podía seguir siendo complaciente, ni tibia, ni neutral.

Cambiar de contexto no garantizaba cambiar de conflicto.
A veces solo lo desplazaba.
Porque a donde sea que una vaya, se lleva entera.

Desarmó la maleta.

No porque quedarse fuera más fácil. Quedarse era más complejo. Implicaba atravesar conversaciones difíciles. Implicaba aceptar que algunos vínculos se transformarían o terminarían. Implicaba sostener su claridad aunque eso redujera el número de mesas donde era bienvenida.

La ciudad no la retuvo.

Ella se eligió dentro de ella.

A veces, cuando caminaba por calles que conocía de memoria, imaginaba a la otra.

La que sí se había ido.
La que aprendió a pedir café en otro idioma sin que le temblara la voz.
La que no tuvo que explicar su pasado en cada conversación nueva.
La que se volvió más ligera porque nadie sabía quién había sido antes.

La imaginaba cruzando inviernos largos, viviendo en departamentos llenos de libros y plantas que nadie más había visto crecer. Reinventándose sin testigos. Sin historia previa. Sin expectativas heredadas.

Y durante unos segundos esa vida se sentía tan real que casi podía recordarla. Como si hubiera caminado esas calles. Como si hubiera amado en ese idioma.

Pero luego doblaba la esquina de siempre. Saludaba al vecino que la había visto llegar adolescente y ahora la miraba con una mezcla de orgullo y desconcierto. Reconocía el olor del pan recién hecho que salía de la cocina de su madre. Escuchaba su nombre pronunciado por labios que sabían su historia completa, incluso las partes que ella intentaba olvidar.

Y no sabía.

No sabía si irse habría sido más valiente.
No sabía si quedarse fue más honesto.
No sabía cuál versión habría sido más libre.

Solo sabía que ambas existían.

Una vivía en las calles que recorría cada día, con todo su peso y su memoria.
La otra permanecía como una ciudad que pudo ser, respirando en su imaginación cuando la vida se volvía densa y cerraba los ojos para sentir otro aire.

A veces pensaba que quizá sí se había ido.
A veces, que quedarse había sido otra forma de viajar.

Porque no todas las ciudades se cruzan con aviones. Algunas se cruzan por dentro.

Y en esa frontera invisible seguían habitando todas las mujeres posibles que pudo ser.