El video de “Papa Don’t Preach” de Madonna, la canción de 1986 que cumple 30 años en junio, inicia con una toma de Manhattan perdiéndose en la distancia y la neblina flotando por encima de las Torres Gemelas. El punto de vista es el de un pasajero del ferry de Staten Island: la Estatua de la Libertad, la forma en que parece muy pequeña hasta que parece muy grande, y las fauces de la terminal del ferry, listas para recibir a aquellas personas que están atadas a su hogar.
La vista de la bahía de Nueva York en su resplandeciente totalidad es uno de los grandes placeres que ofrece la ciudad. El agua luce de una manera desde Manhattan y de otra desde Staten Island. Aun con Nueva Jersey surgiendo en el fondo, mantiene su belleza. La vista de la bahía que recuerdo con mayor cariño es desde los muelles de Brooklyn, en una habitación en un tercer o cuarto piso en el Hospital de la Universidad de Long Island, en el que mi hija nació hace cuatro años. Fue a finales de junio. El calor era como un yunque que caía sobre la ciudad. Y sin embargo, de pie ahí, por encima de la bahía, no podía más que sentirme orgulloso de haber traído a una niña a este mundo, a esta ciudad, en la que es posible tomar el ferry de Manhattan a Staten Island sin pagar un centavo.
Mi hija no es lo suficientemente mayor como para apreciar a Madonna, aunque se acerca el día en que tendré que hablarle acerca de ese sostén puntiagudo. Ese famoso sostén cónico apareció en 1990, al final de una notable década para la Chica Material, en la que ella se convirtió en una de nuestras más emocionantemente impredecibles estrellas pop. En ese entonces, mucho tiempo antes de que ella se convirtiera en kabalista y se hiciera llamar Esther, periódicamente mostraba la capacidad de los grandes artistas para divertirnos e indignarnos al mismo tiempo.
“Papa Don’t Preach” (Papá, no me regañes) es especial en este sentido (“Like a Prayer” (Como una oración) está en un cercano segundo lugar). La canción, que nominalmente habla acerca de una adolescente que ha decidido no abortar, es el tipo de declaración sin arrepentimiento que siempre provoca indignación cuando la pronuncia una mujer que habla acerca de su propio cuerpo. En este caso, los agraviados fueron principalmente los activistas a favor del aborto, quienes pensaban que la canción fomentaba lo que podría denominarse como irresponsabilidad productiva. El director del capítulo de Paternidad Planificada de la ciudad declaró a The New York Times, “el mensaje es que embarazarse es ‘cool’ y que tener al bebé es lo correcto y es bueno y no debes escuchar a tus padres, a la escuela, a nadie que te diga lo contrario; no me regañes, papá”.
Los conservadores culturales que, en otros casos, se oponían a la imagen pública abiertamente sexual de Madonna, alabaron lo que parecía ser su postura antiaborto. Entre las personas que apoyaban la canción estaba Tipper Gore, la cruzada de la decencia responsable de aquellos adhesivos de “letras explícitas” que no han traído absolutamente ningún beneficio a este mundo. Sin embargo, la esperanza de que Madonna convenciera a las jóvenes de no abortar fue infundada: hubo más abortos en 1987 que en 1986, de acuerdo con estadísticas de los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades. La canción de Madonna se convirtió en una batalla más de una guerra cultural cuyos guerreros frecuentemente parecen olvidar por quién luchan.
El video de “Papa Don’t Preach” presenta el controvertido argumento de la canción sin ninguna sutileza ni disculpa. Fue dirigido por James Foley, un nativo de Staten Island. Esa es la razón principal por la que el romance adolescente, que es la pieza central del mismo, tiene lugar en ese triste vecindario. El galán de Madonna es interpretado por un apuesto Alex McArthur, mientras que su padre es el excelente Danny Aiello, un trabajador maduro y estirado que se ha vuelto blando y huraño tras muchos años de colesterol y culpabilidad.
Quizás simplemente esté exhausto. La paternidad, si se realiza correctamente, es agotadora. Y aterradora. Me preocupan los recipientes de plástico, los conductores ebrios, la posible toxicidad de los filtros solares, los riesgos documentados de no usar filtro solar, el lamentable estado de las escuelas públicas, los exorbitantes costos de las escuelas privadas, el costo de la universidad, el costo de los productos orgánicos, por no mencionar a los terroristas, a los hippies, a los gatos salvajes, a los libertarios, a los franceses.
Comprenderás que esta es sólo una lista parcial.
Hay una mentira que todo padre se dice a sí mismo: mi nena no será así. Lo he planeado todo para ella: me seguirá hasta Dartmouth, donde pocas veces saldrá con chicos, pero asistirá a la Facultad de Medicina de Yale, donde conocerá al hombre que se convertirá en su esposo. Su especialidad será la cirugía cardiovascular. Vivirán en el Condado de Westchester, vigilará su consumo de carbohidratos y sus hijos asistirán a escuelas con una gran excelencia académica y que serán racialmente incluyentes. Si escuchan “Papa Don’t Preach,” lo harán desde el ámbito seguro de una buena vida aislada de toda preocupación material y existencial.
Mi hija tiene cuatro años. En una reciente reunión entre padres y maestros en su absurdamente costoso colegio preescolar, sus maestros no se mostraron especialmente felices con su conducta. Nada grave, pero lo suficientemente importante como para sacudirnos a mi esposa y a mí. Uno nunca conoce completamente sus hijos, porque uno nunca conoce completamente a nadie más que a uno mismo. Y así, la paternidad se convierte en un ejercicio de confianza radical, de dejar ir a la persona de la que menos quieres separarte. Sé que llegará el momento en que tendré que prestarles a mis hijos las llaves del auto. Odiaré hacerlo, pero ellos me presentarán los permisos correspondientes y yo habré de ceder, como debemos hacerlo todos. La seguridad es una ilusión. Igual que la certeza. Igual que la liga de universidades más prestigiosas.
“Lo que necesito ahora mismo es un buen consejo”, canta Madonna.
No tengo nada para ti, chica.
El momento más conmovedor del video de “Papa Don’t Preach” es el último, justo después de que el personaje de Madonna le ha dicho al de Aiello que no va a abortar. Cada uno se retira a su rincón de la casa, pero luego vuelven uno al otro y, finalmente, se abrazan, en la forma en que las personas suelen hacerlo después de que una discusión se ha agotado, en una escena totalmente libre de ironía.
Aiello abraza a su hija sin ningún intercambio evidente de palabras. Amar a tus hijos es fácil. Confiar en ellos es mucho más difícil.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek