Cada vez que su teléfono sonaba a horas extrañas, el corazón de Julie Stampler daba un vuelco. Su hermano Jonathan había luchado con el abuso de drogas durante años, y ella vivía con el temor constante de recibir una mala noticia. Una noche de fines de octubre de 2003, el teléfono sonó a las 10:30 de la noche, minutos después de acostar a sus hijos, y se preparó. Jonathan, entonces de 32 años, fue abandonado a la puerta del Hospital de Hialeah, a 16 kilómetros del centro de Miami. No estaba lejos de su casa, pero el doctor que la llamó le dijo: “Si quiere verlo, más vale que se dé prisa”. Corrió todo lo que pudo, pero su hermano ya estaba en coma cuando llegó.
Con los años, Joy Fishman, la madre de ambos, había tomado una postura de “amor duro” hacia su Jonathan, forzándolo a entrar en rehabilitación a los 17 años, y cortando toda relación con él cuando se negó a cambiar. Cuando Jonathan tenía unos 23 años, Joy retomó brevemente la relación con su hijo: esperó con él 24 horas completas para que le dieran tratamiento de emergencia en el Hospital Jackson Memorial de Miami, mientras sufría una crisis de abstinencia. A raíz de eso, Joy enfureció tanto –en su opinión, los adictos a las drogas eran tratados como escoria en el sistema de atención médica- que llamó a Channel 7News en Miami. Todavía recuerda lo que su hijo dijo al reportero en aquel momento: “Si no dejo de usar heroína, voy a morir”. Más adelante, Jonathan volvió a pasar por rehabilitación. Dijo a su hermana que solo había inhalado heroína, pero a fines de los años noventa fue arrestado por robar agujas, y contrajo hepatitis C, evidencia de uso intravenoso. Luego, en 1998, volvió a ser abstinente y trabajó durante los siguientes años como consejero de adictos.
Nadie sabe, a ciencia cierta, qué le ocurrió aquella noche de 2003, pero poco a poco, la familia dedujo una historia plausible: Jonathan informó a su novia se iba a pegarse un último viaje y probablemente, se inyectó una combinación de drogas en casa de un traficante (heroína, cocaína, fentanilo, leche en polvo para bebé, no se sabe). Cuando sufrió un paro respiratorio, alguien lo llevó al hospital, pero no tocaron el timbre fuera de la sala de emergencias, y cuando los médicos al fin lo encontraron, era demasiado. Casi una semana después, preguntaron a Joy si quería retirarlo del sistema de soporte vital. Jonathan murió durante la noche, mientras su madre trataba de tomar la difícil decisión.
Joy sintió que su vida estaba marcada por una ironía trágica: Jack, su marido, ayudó a descubrir la naloxona, un antídoto que ayuda a salvar vidas por sobredosis de heroína. “De haber tenido naloxona, Jonathan seguiría vivo”, dice. Pero en el momento en que murió su hijo, Jack no podía comprar ni administrar legalmente la sustancia que ayudó a sintetizar.
En 1961, Jack Fishman, investigador asistente del Centro Memorial Sloan Kettering para Investigación del Cáncer, tomó un segundo empleo en un laboratorio privado de narcóticos operado por Mozes Lewenstein en el barrio de Queens, Nueva York. Harold Blumberg, colega de su jefe, propuso un pequeño cambio estructural en la oximorfona, derivado de la morfina, para crear un antagonista opioide, un compuesto que compite agresivamente con la morfina, la heroína y otros opioides para unirse con los receptores del cerebro. En el nivel molecular, los receptores opioides actúan como ventosas que aguardan a capturar endorfinas; la naloxona ocupa esas ventosas, desplazando a los otros opioides y revirtiendo sus efectos. Jack sintetizó el fármaco, al cual dio el nombre de naloxona.
La naloxona tenía muy pocos efectos secundarios y en una década, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos aprobó su uso para revertir el efecto de los narcóticos. Por ejemplo, si un médico indicaba un tratamiento demasiado prolongado con opioides, la naloxona podía acabar con la adicción del paciente. La administración intravenosa de naloxona emergió como el antídoto para las sobredosis de heroína, y se estableció como la atención estándar en medicina de urgencias. En 1983, la Organización Mundial de la Salud incluyó la naloxona en su lista de medicamentos esenciales, un claro reconocimiento de que el antídoto era seguro, y una herramienta eficaz para tratar el paro respiratorio agudo que sobreviene con la dosis tóxica de cualquier opioide.
Sin embargo, durante décadas, los usuarios de drogas que necesitaban naloxona no pudieron conseguirla. Pese a que amigos y parientes presencian casi todas las sobredosis, la mayoría de los adictos se niega a llamar a los servicios de emergencia por temor al arresto. Y no solo eso, la legislación federal exige una receta médica, la cual debe ser emitida legalmente por un profesional con licencia. En 2001, Nuevo México inició un programa estatal autorizando a la ciudadanía sin entrenamiento médico a administrar naloxona sin repercusiones legales. Para 2003, diversos programas para reducción de daños, implementados en ciudades como Chicago y San Francisco, también comenzaron a distribuir naloxona entre la población, pero la sustancia permaneció eminentemente inaccesible en gran parte de Estados Unidos, incluida Miami.
Para entonces, Jack ocupaba la presidencia de Ivax Pharmaceuticals y había dejado expirar la patente de naloxona. Y también para entonces se había casado con Joy Stampler, quien tenía dos hijos de un matrimonio anterior, Julie y Jonathan. Joy recuerda que, cuando Jonathan murió sobredosis, en 2003, Jack quedó destrozado, sintiéndose impotente e incompetente.
Casi una década después, en 2012, Joy fue entrevistada por New York Times para un reportaje sobre su edificio de lujo en Manhattan, el cual se había convertido en una fortaleza de la campaña presidencial republicana para recaudación de fondos; y Jack figuró como un recalcitrante partidario demócrata. Pero en un paréntesis se mencionaba que el marido de Joy había inventado la naloxona. Ethan Nadelmann, director ejecutivo de Drug Policy Alliance (DPA), leyó la columna y llamó para preguntar si podía conocer al hombre que había creado el antídoto. Gracias a la labor de DPA, en los años posteriores a la sobredosis de Jonathan, la disponibilidad de naloxona había aumentado, sobre todo en formulaciones intranasales y fáciles de administrar. En noviembre de 2013, Nadelmann hizo arreglos para reunirse con los Fishman-Stampler (así como con los miembros de otras dos familias que habían perdido hijos por sobredosis), y la Dra. Sharon Stancliff, de Harm Reduction Coalition. Stancliff distribuyó equipos color salmón que contenían un rocío nasal de naloxona. No habían sido aprobados por la FDA, pero Joy reconoció su impacto de inmediato. Eran fáciles de usar y, dice: “si ves a una persona que parece estar sufriendo una sobredosis, no importa que te equivoques. El medicamento no le hará daño. Si lo administras, no puede hacer algo malo en caso de que no se trate de una sobredosis. Es un fármaco inocuo”.
En 2013, el año en que falleció su marido, Jack, los Centros para Control y Prevención de Enfermedades informaron que más personas murieron por sobredosis que en accidentes vehiculares. Funcionarios de salud pública, al menos en el nivel federal, reconocen la gravedad del problema y la solución potencial: en 2014, la FDA aprobó Evzio, un equipo portátil de inyección con una dosis fija de naloxona, diseñado específicamente para el público general; a fines de 2015, la agencia también autorizó una versión nasal de naloxona, conocida como Narcan.
Entre tanto, la familia Fishman-Stampler comenzó a pugnar por cambios de políticas en el nivel local. En 2014, uno de los hijos de Jack, el abogado Neil Fishman, logró que se aprobara una ley en Maine, su estado natal, la cual ampliaba la disponibilidad de naloxona a los servicios de emergencia y los familiares de quienes estaban en riesgo de sobredosis. En febrero, Joy viajó del sur de Florida a Tallahassee para hablar ante un salón repleto de legisladores a favor de la Ley para Eliminación de Enfermedades Infecciosas en Miami-Dade (IDEA). El proyecto de ley permitiría que la Universidad de Miami establezca un programa piloto para intercambiar agujas y jeringas limpias por usadas. En 2013, cuando se presentó la propuesta, Florida encabezaba al país en infecciones por VIH, según datos del Departamento de Salud del estado; hoy día, el Condado de Miami-Dade sigue teniendo una de las tasas de nuevas infecciones más altas de Estados Unidos, y no existe un solo punto de intercambio de agujas en todo el estado.
El proyecto de ley ha sido abandonado por la legislatura floridana tres años consecutivos, y el Dr. Hansel Tookes, médico residente del Hospital Jackson Memorial, quien ayudó a redactar IDEA, esperaba que el testimonio de Joy diera a los proponentes de la legislación algo del impulso que necesitaban. “¿Quién no escucha a una madre que habla de la pérdida de un hijo por algo completamente prevenible?”, pregunta Tookes. “Si su hijo hubiera estado en San Francisco, él y sus amigos habrían tenido naloxona y hubieran revertido la sobredosis”. Joy ni siquiera se molestó en escribir un discurso; solo habló con el corazón. “Cuando murió mi hijo, estaba sola”, dijo a los legisladores. “Ahora hay un club enorme, y es hora de unir fuerzas para trabajar juntos y arreglar este lío”.
La legislatura de Florida aprobó el proyecto de ley para intercambio de agujas, que fue convertido el ley el 23 de marzo. Fue una pequeña victoria, parte de un cambio gradual que transformará lo que Joy describe como la mentalidad “junky”, la idea de que los adictos no tienen valor y son culpables de su condición, para adoptar un enfoque médico y terapéutico que cure la adicción. Es algo que ya está ocurriendo en todo el país: un estudio publicado en Drug and Alcohol Dependence halló que, en menos de cinco años (entre 2010 y 2015), la cantidad de estados que han adoptado leyes permitiendo que los usuarios de drogas compren naloxona en farmacias aumentó de 4 a 43. En memoria de su marido, Joy ha creado una fundación privada, a través de DPA, para reunir fondos para prevención de sobredosis, incluyendo la compra de equipos de naloxona para reos recién liberados y, si todo marcha bien, para usuarios de drogas en el primer intercambio de agujas de Florida. Y ahora, lleva en su bolso el antídoto que inventó su difunto esposo, siempre lista para salvar la vida de alguien.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek