Confíen en nosotros: somos políticos

Leslie Rzeznik estaba emocionada de votar por Hillary Clinton en la primaria demócrata de 2008, con la esperanza de ver a EE. UU. elegir a su primera presidenta. Pero este año, cuando se dio la primaria de su estado, la mujer de 54 años de edad y oriunda de Canton, Michigan, eligió al oponente de Clinton, Bernie Sanders, senador de Vermont. Una razón clave entre muchas para ella: “No siento que ella sea la misma candidata que fue en 2008”, dice Rzeznik. “En verdad no confío en Hillary”.

Sólo no confío en ella. Esto se ha vuelto un estribillo familiar para los votantes demócratas en este ciclo electoral. Sólo 19 por ciento de los encuestados en un sondeo de abril hecho por NBC/Wall Street Journal describió a Hillary Clinton como “honesta y confiable”. ¿Y Donald Trump? Más de 70 por ciento de los votantes en una encuesta de abril hecha por AP/GFK dijo que la palabra “honesto” lo describe sólo un poco o para nada.

Y aun así, salvo una tremenda sorpresa entre ahora y julio, los votantes estadounidenses elegirán a la Clinton acosada por escándalos y supuestamente prevaricadora o al Trump violento y a menudo bufonesco para que sea su próximo presidente. “Veo muchos datos de las encuestas”, dice Karlyn Bowman, analista de opinión pública y alto miembro del Instituto Empresarial Estadounidense. “Es asombroso que alguien votaría por estas dos personas”.

En otro momento, las dudas sobre la integridad pudieron hundir a un candidato presidencial, incluso si eran injustas. La afirmación de Al Gore en una entrevista con CNN en 1999 de que él “tomó la iniciativa para crear internet” hizo que lo percibieran como un exagerador serial. John Kerry no pudo sacudirse la etiqueta de “veleidoso” en 2004. Y el apoyo de Mitt Romney a la atención universal a la salud en Massachusetts torpedeó su credibilidad como un verdadero conservador en 2012. Hoy, los estadounidenses todavía dicen que les preocupa la confianza: la encuesta de YouGov en febrero que ubicó a Clinton y Trump como los peores en confianza les preguntó a los candidatos que buscaban en un candidato. Para los republicanos, la confianza estaba empatada con “tiene propuestas políticas con las que concuerdo”. Para los demócratas, la confianza estuvo en tercer lugar por sólo 2 puntos detrás de “tiene la experiencia para ser presidente”.

Pero en las urnas, la honestidad no parece importar mucho. Esto es en parte una función de algunos cambios amplios en el electorado estadounidense y en parte una coincidencia, en el sentido de que estos dos candidatos están superando sus evidentes problemas de confianza. Con los votantes más polarizados que nunca antes, y con su confianza en el gobierno y otras instituciones en su punto más bajo, muchos han empezado a ubicar la confianza más abajo en sus listas de atributos políticos deseados. O tal vez de plano la han dejado de lado. Al mismo tiempo, estos dos candidatos muy diferentes se las han arreglado para convencer a los votantes de esto: no tienen que confiar en mí, pero de todas maneras deberían elegirme.

Esto es un cambio enorme.


EL CINTURÓN DE CONFIANZA: Los demócratas ubican la característica “confiable” sólo como la tercera en su lista de cualidades que buscan en un candidato presidencial. FOTO: MELINA MARA/THE WASHINGTON POST/GETTY.

EL EXPRESO POLAR(IZADO)

Lo sepan o no, los votantes estadounidenses por años se han alejado más y más de valorar la confiabilidad en sus líderes, gracias a cambios en su política y la manera en que piensan.

El primer problema es la polarización: los votantes comprometidos con un partido político u otro tienden a ver a su tribu como honesta y recta y a la oposición como mentirosa y equivocada. Confirmando lo obvio, un estudio de Pew Research en 2014 halló que los republicanos y los demócratas están hoy más divididos por sus líneas ideológicas que en cualquier otro momento de los últimos 20 años. Una encuesta del Washington Post halló que entre los republicanos, 60 por ciento consideraba a Trump “honesto y confiable”, pero entre los votantes estadounidenses en general, 59 por ciento dijo lo opuesto. “Los partidarios en verdad azules y en verdad rojos están contentos con la situación presidencial”, dice Morris Fiorina, politólogo de la Universidad de Stanford. “Pero la porción menos partidaria del electorado está menos entusiasmada”.

Pero la polarización por si sola no explica por qué los votantes elegirían a dos candidatos en los que confían tan pobremente. Tal vez porque los estadounidenses están cada vez más cargados de trabajo, estresados, vigilados o distraídos por Facebook, dependen en lo heurístico —atajos mentales— para simplificar el procesamiento de información, escribió Dan Kahan, profesor de psicología de la Universidad de Yale, en un estudio de julio de 2013 sobre cómo piensan los votantes. Este tipo de razonamiento rápido y asociativo explica, por ejemplo, por qué la gente tiende a sobrestimar el peligro de un ataque terrorista, en vez de peligros más comunes y más amenazantes, como los accidentes de tránsito. Lo heurístico es problemático porque tiende a reforzar las preferencias existentes, halló Kahan. Quienes se oponen al control de armas de fuego creen incondicionalmente que más restricciones no tendrían un impacto en las muertes por armas de fuego, por ejemplo. Cuando los votantes hacen un poco de tarea, añadió él, tienden a buscar evidencia que refuerce las ideologías que ya sostienen. A los conservadores que se sometieron a una prueba para medir sus capacidades cognitivas en 2005 no les fue mejor ni peor que a los liberales que se sometieron a la misma prueba, reportó Kahan. De hecho, quienes calificaron más alto en la prueba fueron aquellos con más posibilidades de permitir que su ideología motive su pensamiento. En otras palabras, ser más inteligente no nos da más posibilidades de confiar en información creíble.

El proceso mental conocido como “discordancia posterior a una decisión” también nos ayuda a sentirnos más satisfechos con las elecciones que hemos hecho. En política, “tan pronto como los votantes dan su apoyo a un candidato, pueden empezar a ver a ese candidato como más confiable y las alternativas como canallas deshonestas y mentirosas, dispuestas a decir o hacer lo que sea para ganar”, dice Matt Motyl, profesor de psicología política en la Universidad de Illinois en Chicago, a Newsweek. Elegimos rápidamente, luego buscamos maneras de justificar esa decisión, incluso si ello significa rechazar de plano los hechos observables. El escándalo de Bengasi de Clinton tal vez no tenga fundamentos, pero millones de estadounidenses parecen pensar que hay razón para escandalizarse. La propuesta de Trump de un muro en la frontera mexicana podrá ser poco realista, pero la idea lo ha impulsado hacia la Casa Blanca. Y después de que hemos hecho una elección, la lealtad sólo crece: un estudio de 2001 en la revista Political Psychology mostró que sin una razón discernible los votantes enloquecían más por los candidatos no sólo después de votar por ellos sino también después de que ganaron una elección.

Entonces, pensamos menos y votamos más predeciblemente, según sea el club al que nos hemos unido. Pero a los estadounidenses tampoco les importa la confianza porque, hasta cierto punto, en realidad ya no la hay. En general, la confianza en el gobierno está en o cerca del mínimo histórico. Cuando una encuesta de Washington Post/ABC News preguntó a los estadounidenses en septiembre si se puede o no se puede confiar en “la mayoría de la gente en política”, 72 por ciento de los encuestados dijo que “no se puede”.

“Los estadounidenses siempre han asociado a los políticos con la corrupción”, dice Bowman. “Preferiríamos que nuestros políticos fueran honestos en vez de no honestos, pero tal vez hemos definido honestidad y confiabilidad a la baja”. Las cifras de confianza para otras instituciones también han caído precipitosamente, desde las religiones organizadas hasta las grandes empresas y las escuelas. Esto ha impactado sus elecciones políticas; simplemente se encojen de hombros y eligen a sus candidatos basados en otros factores.

Clinton y Trump han hecho lo mejor que han podido para fomentar este fenómeno. Ambos candidatos han hallado una manera de superar la desconfianza de los votantes por ellos de diferentes formas.

El mayor problema de Clinton son sus antecedentes, el hedor que quedó detrás después de décadas de escándalos que se remontan a la década de 1990, ya sean legítimos o falseados. Así, su enfoque en 2016 es tratar de convencer a los votantes que los republicanos difamadores son los culpables; los ataques están provocando la percepción del público, no las acciones de ella. “Lea ciencia conductual, lea psicología”, dijo Clinton a Rachel Maddow, de MSNBC, en febrero. “Incluso cuando todos los ataques resulten ser infundados, falsos, ello deja un residuo”.

La táctica de Trump es marcadamente diferente. Él sólo reta a todos y les da apodos negativos, desde “Mentiroso Ted Cruz” hasta “Torcida Hillary”. Él tuiteó en abril que Clinton es “tal vez la persona más deshonesta que se haya postulado a la presidencia”. Que él esté mal o no, no importa mucho, y sus partidarios o están de acuerdo con él o no les importa si es honesto. “En tanto la gente use a Trump como una manera de ventilar su infelicidad en general, la confianza es irrelevante”, dice Fiorina. “Ellos sólo tratan de mandar un mensaje de que están cansados de que los den por sentados y los fastidien ambos bandos”. O como lo dice Shapiro: “La confianza importa, pero en el contexto de esta competencia entre estos dos candidatos, importa menos”.

Podría ser simplemente una coincidencia, entonces, que los favoritos de 2016 sean Trump y Clinton, y que los han elegido porque les importaron otros rasgos en vez de la confianza. Deborah Tannen, profesora de lingüística de la Universidad de Georgetown, argumenta que la confianza todavía importa, y que los votantes ven a Clinton como falsa, aunque quizás injustamente. Si no lo hicieran, dice ella, Sanders no sería ni remotamente tan competitivo como es. “Si no fuera por este ‘no confío en ella, no me agrada’, ella habría arrasado rápidamente con Sanders”, dice Tannen a Newsweek. “Incluso él no esperaba ser un candidato serio”. Aun cuando se confía más en Sanders, los demócratas creen que Clinton es más elegible y está mejor preparada para ser comandante en jefe. Una encuesta de ABC en enero (cuando la ventaja general de Clinton sobre Sanders era mucho más alta nacionalmente) halló que Clinton tenía una ventaja de 18 puntos en el manejo de la economía, hasta 21 por ciento en el manejo de la atención a la salud y 29 puntos en problemas inmigratorios.

Las elecciones generales también tienden a involucrar menos las características personales que otras medidas. Los votantes a menudo escogen a su presidente sin basarse en quién es esa persona y más bien en la “proximidad de los problemas”, o sea, “cómo ha estado la economía recientemente”, señala Ariel Malka, profesor de psicología en la Universidad Yeshiva.

“La confiabilidad suena tan importante, pero a los votantes se les puede perdonar que no prioricen necesariamente la honestidad y la confiabilidad en vez de cuán fuerte como líder es alguien, cuán competentes son”, dice él. “Un votante podría presumir que todos son un poco deshonestos y vendidos, de una manera, pero que están bajo restricciones institucionales que les impiden mentir sobre todo”.

Entonces, ¿qué pasará en noviembre si los estadounidenses son obligados a elegir entre dos candidatos en los que no confían o siquiera les agradan mucho? Podrían quedarse en casa. “Esto podría presagiar una elección general rara y de baja asistencia, basada en cuál candidato a los votantes les disgusta más”, dice Will Friedman, presidente de la compañía investigadora no partidista Public Agenda. Rzeznik está segura de que votará en noviembre, y si Clinton es la candidata demócrata, será por ella. “Pienso que ella es tan deshonesta como cualquier otro político”, dice Rzeznik con un suspiro. “Ella es una veleta, que sigue la dirección en que sopla el viento. Pero entre elegirla a ella o a un republicano, definitivamente la escogería”. Así como los republicanos devotos probablemente elijan a Trump. En una carrera hacia el fondo, el próximo presidente será el menos odiado.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek