Tomás Yarrington Ruvalcaba y Eugenio Hernández Flores, exgobernadores de Tamaulipas, se convencieron e intentaron convencer a sus gobernados de que su existencia fue lo mejor que pudo ocurrirle a los tamaulipecos… Mientras que en la historia reciente sólo dos gobernadores han ido a prisión por sus vínculos con el narcotráfico —el quintanarroense Mario Villanueva Madrid y el michoacano Jesús Reyna García—, en el presente sexenio el gobierno de Enrique Peña ha centrado sus esfuerzos en la captura de “122 objetivos prioritarios”, como llama a 122 matones, extorsionadores, secuestradores, sembradores de marihuana y amapola, refinadores de heroína, transportistas de cocaína y vendedores de armas.
Pero no hay uno solo, entre esos 122 personajes, que lleve el cuello blanco, los zapatos limpios y la cara en alto cuando el pecho se le inunda de gallardía al entonar el Himno Nacional mexicano en algún Congreso local, como el de Tamaulipas, que contó con gobernadores como Tomás Yarrington y Eugenio Hernández.
Estas y otras reflexiones pueden leerse en Tamaulipas, la casta de los narcogobernadores, la obra más reciente del periodista de investigación Humberto Padgett y la cual podría ser un thriller si no estuviera situado en uno de los estados más violentos y corruptos de México, donde muta en un documental que termina siendo una trama de terror gore.
Publicado por Ediciones Urano, este libro de actualidad también explica con minuciosos detalles los hechos que públicamente se saben de manera somera en torno a las relaciones criminales en Tamaulipas, e intenta, además, darle sentido político a los sucesos sociales que sufre el estado.
“En Tamaulipas lo que estaba a la vista era la connivencia entre narcotraficantes y políticos por la orden de aprehensión vigente en contra de Tomás Yarrington Ruvalcaba”, explica Padgett en entrevista con Newsweek en Español. “Y lo que encontré es que es una relación criminal de tanto tiempo, de tanto alcance, que ha llevado a que la mafia posiblemente más añeja del país, la más impune, sea la clase gobernante del estado. Y es la responsable de los hechos sociales que definen el estado como el que más secuestros tiene, más desapariciones, más desplazamientos forzados”.
En estas páginas el autor también describe los vínculos perversos de una extensa lista de gobernadores de la entidad con el Cártel del Golfo y otros grupos delictivos.
“Desde 1930 —expone— existe connivencia entre los contrabandistas y los políticos del estado y de la federación para que pudiera crecer un negocio al grado de que se llegó al empoderamiento del cártel más violento no solamente de México y a la creación de una de las organizaciones criminales más devastadoras de la sociedad: Los Zetas”.
Esta complicidad habilitó que “los políticos intercambiaran posiciones en las policías por dinero, es decir, la venta de la seguridad pública; no el acuerdo de un juez en una situación coyuntural en la que había que resolver la libertad de algún personaje, sino la permanente disposición de las instituciones de la seguridad pública a favor del crimen, eso fue lo que se vendió. Esa es la traición política y social cometida por los gobernadores en contra de su ciudadanía”.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias
—¿A qué se refiere, Humberto, la frase de tu libro “casta de los narcogobernadores”?
—En Tamaulipas prima la impunidad, y existen momentos clave. En la década de 1940 el narcotraficante Juan N. Guerra asesinó a su esposa, Gloria Landeros, y se le otorgó impunidad desde el centro, que estaba operando la transición política tamaulipeca del portesgilismo al alemanismo. Miguel Alemán envió como operador personalísimo a Tamaulipas al jefe de la Dirección Federal de Seguridad, Carlos I. Serrano, quien se volcó al negocio de las drogas, y entonces la impunidad para sus socios, de manera destacada para Juan N. Guerra, quedó garantizada.
“En un siguiente momento, Juan N. Guerra hizo amistad y compadrazgo con Raúl Salinas Lozano, padre de Carlos Salinas de Gortari, en cuyo sexenio se fortaleció el Cártel del Golfo. Una siguiente etapa de impunidad fue cuando Los Zetas, en el sexenio de Ernesto Zedillo, desertaron del Ejército mexicano y se coludieron con el Cártel del Golfo. Finalmente se tiene que, uno de los gobernadores que está formalmente acusado en Estados Unidos y también en México, Tomás Yarrington, fue un precandidato presidencial del PRI que en la contienda de 2006 declinó a favor de Arturo Montiel Rojas. Y el siguiente narcogobernador, Eugenio Hernández, fue el jefe de campaña de Enrique Peña Nieto para el norte de la república; existe una orden de captura pendiente en Estados Unidos, pero no existe en México. El gobierno mexicano tiene 122 objetivos prioritarios, una lista de personajes del crimen organizado, pero ninguno de esos es ni Tomás Yarrington ni Eugenio Hernández”.
Tamaulipas ha sido siempre el paso obligado de la cocaína sudamericana, de la heroína mexicana, de las metanfetaminas, hacia el mercado de las ciudades del este de Estados Unidos, donde se concentra la mayor cantidad de consumidores del mundo. La entidad ha sido un lugar que históricamente ha contrabandeado sustancias ilegales hacia el norte, como sucedió con el alcohol en la década de 1920, pero también padece la internación de productos ilícitos, como armas y fayuca, hacia el sur, y es sitio de tránsito de personas que emigran ilegalmente en busca del sueño americano.
“El estado es un pivote de la legalidad y la ilegalidad”, acota Padgett, a quien algunos libreros tamaulipecos le han hecho saber que su obra ha sido prohibida. “Ahí mismo es donde se encuentra el consumo con la oferta y la riqueza con la pobreza. Es un desarrollo político que tuvo intensas intervenciones desde el centro del país al grado de que, lo que ocurriera en términos criminales, era de poco interés para el gobierno federal”.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias
—¿Por qué, pese a todo, los tamaulipecos no han terminado de rebelarse?
—La gente vota por quienes le han robado la seguridad. ¿Por qué tienes que vivir en función de la inseguridad, de tomar atajos, de cambiar tu ruta, de saber que puedes perder un hijo, de ir al entierro de tu compadre, de que a tu amigo de la infancia lo dejaron sin negocio? Así es como vive la gente en Tamaulipas. Es terrible lo que ahí pasa en términos de conciencia política. Hay responsabilidad ciudadana, por supuesto que la hay. Esto es un estadio en el que el narcogobierno de Tamaulipas ha puesto a la gente a que se despedace a sí misma. Cuando tú encuentras una portada que dice: “Eran chavos y asesinos”, y una fotografía de cuatro menores de edad, incluida una niña, a los que están presentando como asesinos no es que hayan llegado de otro planeta, son muchachos tamaulipecos a los que se les presentó que la viabilidad de la vida no era el estudio y el trabajo esforzado, era el crimen. Cuando la gente lincha a algún raterillo no está tomando venganza de la autoridad responsable del estadio de cosas, está linchando a uno de los suyos.
