Bill Wetzen construyó una buena casa. Era un poco reducida, dos pequeñas habitaciones y una más grande, con un minúsculo invernadero a un costado, pero la construyó exactamente a su gusto, y con dos ventanas cuadradas con vista hacia un lago bordeado de abetos negros. El lago permanecía congelado la mayor parte del año, dando una imagen del interior de Alaska digna de una postal, y Wetzen poseía una pequeña parte del gran paraíso del norte.
Pero eso fue hace 15 años. Luego, la casa comenzó a inclinarse incesantemente, primero unos cuantos centímetros al año, y después varios metros, en dirección al lago. O bien, el lago estaba creciendo, engullendo paso a paso la casa de Wetzen, retorciendo el piso y rompiendo los marcos de todas las ventanas hasta que toda la estructura se inclinó hacia el frente, como un corredor en la marca de salida.
Al entrar en la casa una fresca tarde de marzo, sentí un poco de vértigo. Mi primer paso cayó más abajo de lo que debería, y el segundo fue aún más bajo. Wetzen quitó una barra de 4.5 kilos de la parte trasera de la puerta para mostrarme cómo rodaba por el piso de su dormitorio hacia el lago. “La casa solía estar nivelada”, dice, y luego sonríe; pude ver el destello de una arracada de plata colgando de su oreja izquierda. Por supuesto, él construyó su casa nivelada. Pero esta comenzó a inclinarse casi de inmediato tras ser terminada, y el dilema ha adquirido un aire de tragicomedia. Esta era una casa de reemplazo; una versión previa había sido incendiada hasta los cimientos por varios adolescentes. Cuando la reconstruyó, utilizó el doble de soportes verticales de lo necesario; aun cuando no podía impedir que su nueva casa se incendiara, al menos podía construirla lo suficientemente fuerte como para resistir el viento y la nieve y los pequeños sismos que se producen comúnmente en la región. Sin embargo, esos soportes adicionales no mantuvieron el suelo en su lugar ni evitaron que el lago creciera. “Todo irá directamente hacia el lago. Yo diría que para la próxima primavera”. Hace un movimiento de manos simulando un auto que cae por un acantilado. Plaf. “Y yo no soy más que el canario en la mina de carbón”.
Detrás de la casa de Wetzen, y en grandes extensiones de tierra en la mayor parte de la región interior del centro y del norte de Alaska, la pasada década de inviernos demasiado cálidos ha liberado material orgánico que ha estado atrapado en el suelo congelado durante unos 30 000 años. Dicho suelo está formado por permafrost: muchos metros de huesos de mamut, pastos, suelo y otros desechos congelados cuando estas tierras eran una tundra esteparia, con un frío glacial durante todo el año. Ahora, ese permafrost está derritiéndose. La tierra, al perder su contenido de hielo, retrocede. Los altos y esbeltos abetos negros, la reveladora especie arbórea del área de permafrost, están inclinados en ángulos extraños en lugares en los que el suelo que se derrite debajo de ellos se ha hundido o levantado. El agua derivada de ese hielo derretido se acumula, formando pequeños lagos que gradualmente aumentan de tamaño conforme derriten el permafrost que está debajo de ellos. Una parte importante debajo del lago que está detrás de la casa de Wetzen era un bosque hace 50 años. La autopista de dos carriles que está enfrente ondula abruptamente en lugares en los que las cuñas de hielo debajo de la tierra se han derretido. Los habitantes de la localidad los llaman “bultos de permafrost”, y el camino debe ser reparado cada pocos años.
Lo que ocurre ahora en realidad comenzó hace unos 22 000 años, cuando el mundo comenzó a calentarse al final de la última Era de Hielo. Cuando una gran parte del extremo norte estaba cubierta de glaciares, la región central interior de Alaska era un oasis para los mamíferos que se alimentaban en los pastizales de tundra del área. Luego, el clima comenzó a volverse más cálido y las capas congeladas de permafrost que se encontraban bajo la tundra, que nunca se derretían, se fundían completamente en los meses de primavera, haciendo que el suelo se hundiera y que el agua llenara las depresiones, formando lagos y charcos. Todo ese permafrost derretido liberó gases de efecto invernadero hacia la atmósfera, acelerando el calentamiento de una forma muy parecida a como ocurre actualmente. En este terreno, ahora anegado, las plantas se ahogaron y los hábitats cambiaron, lo que provocó que los animales murieran de hambre en grandes cantidades. Durante este periodo, cada invierno, los lagos y charcas que se formaban con toda el agua derretida se congelaban de nuevo abruptamente, aprisionando el material orgánico antes de que los microbios tuvieran la oportunidad de descomponerlo. Esto ocurrió una estación tras otra durante siglos mientras el mundo hacía la transición hacia un clima más templado, acumulando miles de años de permafrost, capas de pasto y suelo y huesos de mamut atrapados en el hielo. Al final, esta materia yace bajo aproximadamente 20 por ciento de la superficie terrestre. Desde entonces, se convirtió en un terreno bastante estable para las casas y los caminos que los seres humanos construyeron sobre ellos hasta que comenzamos a calentar notablemente el planeta.
Las discusiones acerca del calentamiento global suelen centrarse en la liberación de gases de efecto invernadero como el carbono hacia la atmósfera, principalmente por la quema de combustibles fósiles. Se habla de “dejarlo en el suelo”, encerrando los posibles gases en una benigna oscuridad como reservas de carbón o de petróleo no explotadas, pero es muy poco común ver el carbono liberarse por sí mismo lenta e ininterrumpidamente. En el Valle Goldstream del centro de Alaska, es posible verlo donde quiera que se mire.
Sin embargo, en un punto ese carbono se encuentra todavía en animación suspendida. A mediados de la década de 1960, conforme la Guerra Fría aumentaba su intensidad, el ejército estadounidense abrió un túnel directamente a través de una colina, camino abajo desde la casa de Wetzen, a unos 16 kilómetros del centro de Fairbanks, para investigar si el permafrost podría ser un buen lugar para esconder armas pesadas. Ahora el túnel, que se mantiene frío durante todo el año, es un cofre del tesoro de material de investigación para científicos que acuden para desprender trocitos de hielo o pasto de hace 20 000, 30 000 y 40 000 años. Fémures y colmillos de mamut sobresalen de sus paredes, y en un lugar, un mechón de pasto, enterrado por primera vez hace 20 000 años, cuelga en la oscuridad, todavía verde por la clorofila que nunca tuvo la oportunidad de degradarse. Ahí está el carbono congelado, encerrado en su lugar. Si este túnel se calienta, ese pasto y todo lo demás iniciarán el rápido ciclo de la descomposición, liberando todo su carbono almacenado hacia la atmósfera. Esto ya ocurre en la superficie.
Lo que es aún peor, cuando el permafrost se derrite debajo de un lago, donde el oxígeno escasea, los microbios descomponen el material orgánico y lo convierten en gas metano en lugar de dióxido de carbono. El metano es un gas de efecto invernadero extraordinariamente potente, con un poder de calentamiento hasta 25 veces mayor que el del dióxido de carbono.

EN EL FRENTE DE BATALLA: “Encuentro personas que no creen en el cambio climático. Yo sólo les digo que pensarían diferente si les estuviera ocurriendo a ellas”, afirma Wetzen. Foto:ZOË SCHLANGER PARA NEWSWEEK
Ninguna parte del permafrost que se encuentra debajo de los millones de lagos en todo el Ártico se tiene en cuenta para realizar los pronósticos acerca del cambio climático; es “una omisión en nuestro modelo climático”, señala Katey Walter Anthony, investigadora de la Universidad de Alaska en Fairbanks que estudia el derretimiento del permafrost en Alaska y Siberia. Ella es famosa en ciertos círculos por encontrar metano burbujeando bajo el hielo en lagos congelados de permafrost, cortar un hoyo en el hielo como para pescar y encender el gas, altamente inflamable, produciendo una columna de flamas de más de tres metros de alto. Sin embargo, la mayor parte del tiempo Walter Anthony vuela entre docenas de lagos del Ártico, haciendo descender pequeños aparejos hechos a mano construidos con válvulas de plástico, hilo de pesca y botellas de Coca-Cola de dos litros a través de agujeros cortados en el hielo para captar y contar cuánto metano burbujea ahí abajo.
Una fresca tarde de marzo, Walter Anthony se arrodilló junto con dos asistentes de investigación sobre el hielo a unos cuantos metros de la casa de Wetzen. Ella ha ido varias veces a ese lugar para tomar muestras desde 2003, y la orilla del lago más cercana a la casa ha crecido alrededor de un metro de diámetro cada uno de estos años. Hoy está enseñando a uno de los asistentes cómo tomar muestras de metano con el aparejo hecho en casa. Ambos manipulan las válvulas con las manos enguantadas debajo del agua helada vertiendo lentamente burbujas de metano en diminutas botellas de vidrio y cubriéndolas con tapones de goma. Un patito de hule está amarrado con hilo de pesca a una botella de Coca-Cola, haciendo las veces de boya y evitando que el aparejo se hunda hasta el fondo del lago. Pocos minutos después, el agua resultó demasiado fría para el asistente. Walter Anthony mantuvo sus manos en ella hasta que obtuvo la muestra.
Dado que no existen muchos más datos, no hay manera de saber con seguridad cuánto metano escapa de los lagos como este en todo el mundo. Sin embargo, de acuerdo con los últimos cálculos, publicados el año pasado en la revista Biogeosciences, el derretimiento debajo de los lagos en permafrost yedoma, que es el tipo de permafrost más antiguo y con mayor contenido de carbono que se encuentra en Alaska y Siberia, para 2100 podría aumentar la cantidad de metano acumulado en la atmósfera terrestre en hasta 2600 millones de toneladas métricas. Para 2300, esa cantidad podría dispararse hasta 10 000 millones de toneladas métricas. Antes del año 2000, el permafrost yedoma no enviaba prácticamente ninguna cantidad de metano a la atmósfera, ya que aún no comenzaba su precipitado descongelamiento. Ahora ya no hay vuelta atrás. “Es como si el alimento para los microbios hubiera estado guardado en el refrigerador durante 30 000 años —afirma Walter Anthony—, y ahora la puerta del refrigerador estuviera abierta”. El grado de calentamiento que esto implica es catastrófico. “El metano provoca un calentamiento global, el cual hace que una mayor cantidad de permafrost se derrita, lo cual, a su vez, produce más gas, el cual provoca mayor calentamiento, de manera que tenemos un ciclo de retroalimentación positiva”.
De vuelta en su casa, Wetzen viste dos pares de pants contra el frío de siete grados. Se mudó aquí hace dos décadas, proveniente de Búfalo, Nueva York, para abrir un Burger King en la cercana base de la Fuerza Aérea. Fue obligado a renunciar poco después y encontró otro trabajo. “Fue antes de que terminara la política de ‘no preguntar, no decir’, y yo hablé. Quizá no habría importado en los otros estados de la Unión debido a que yo era un civil, pero aquí sí era importante”, dice, encogiéndose de hombros y caminando por la casa para mostrarme otro orificio que acaba de encontrar. “¿Ves? Mira, todo se está rompiendo. Esto es completamente nuevo. Guau”. Un pilote debajo de la casa luce como una barra de mantequilla derritiéndose hacia el suelo. Otro se inclina en un ángulo como un diente flojo. Wetzen se arrastró bajo la casa y encontró otros dos nuevos orificios. “Bueno, ¿quieres darle un vistazo a esto?”
En el invierno pasado, el Ártico fue escandalosamente cálido: fue necesario importar nieve a Anchorage para la ceremonia de arranque de la carrera de trineos, y en Fairbanks, mucho más hacia el norte, ningún día tuvo una temperatura de -40°, cuando debió haber muchos. La conversación acerca del clima en esta región no es una charla intrascendente, sino que es vital y los habitantes de todas las tendencias políticas se sienten anonadados por lo que ocurre en su tierra y en sus comunidades. Aun así, Wetzen piensa que existe una diferencia nociva entre la sorpresa compartida en relación con el calentamiento del clima y la forma en que las instituciones locales responden o, mejor dicho, no responden. Su póliza de seguros no pagará ningún daño a la casa, y afirma que el gobierno municipal tampoco le ha ayudado. Calcula que ha perdido 80 000 dólares en esa casa. Su madre murió recientemente y le dejó suficiente dinero para construir otra casa a varios metros de distancia, en un terreno que ha estudiado detalladamente para averiguar su estabilidad a largo plazo. Calcula que sólo es cuestión de tiempo para que el lago se expanda hasta el camino. Quizás entonces el gobierno estatal de mayoría republicana y sus vecinos abandonen el estado de negación en el que se encuentran con respecto a lo que significa realmente vivir en una Alaska demasiado cálida.
“Cada día de la semana encuentro personas que no creen en el cambio climático. Yo sólo les digo que pensarían diferente si les estuviera ocurriendo a ellas”, observa. A pesar de todos los contratiempos, Wetzen se siente feliz de haber hecho su vida en Alaska. “Es muy cómodo aquí. Me encanta tener la oportunidad de hacer lo que quiera en mi propiedad. Me encanta haber podido construir la casa que quería”, dice, y hace una pausa. “O más bien, las casas”.
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Publicado en cooperación con Newsweek /Published in cooperation with Newsweek