Había una vida en la que su cuerpo nunca fue noticia.
En esa vida, la matriz era un órgano silencioso que cumplía su función o no la cumplía, según lo que ella eligiera. Y esa elección nunca tuvo urgencia porque siempre pareció reversible. En esa vida, la decisión era suya y podía posponerla indefinidamente, como se posponen las cosas que no duelen todavía.
Pero esta historia se escribe aquí.
Aquí hay una firma en un papel que tiene fecha y consecuencias. Aquí hay una cirujana que explica con precisión lo que va a ocurrir, usando palabras técnicas que suenan limpias pero significan algo irreversible. Aquí hay una mujer que siempre supo que no quería hijos, que nunca lloró en un baño esperando una línea, que eligió su vida con una claridad que le costó defender.
Y que, sin embargo, esa tarde no podía dejar de pensar en algo que no tenía nombre exacto.
Nadie te enseña a despedirte de lo que nunca quisiste.
De lo que nunca pediste, nunca planeaste, nunca imaginaste como parte de tu historia. Se supone que el duelo viene después de perder algo amado, algo buscado, algo que tenía nombre en tus planes. Pero hay otra clase de duelo que casi no se nombra: el de las posibilidades que cargabas sin saberlo.
El cuerpo guarda cosas que la mente nunca habitó.
La biología no pregunta si la querías usar antes de dártela. No consulta tus planes, ni tu identidad, ni las decisiones que tomaste con toda la claridad del mundo. Simplemente la pone ahí, como una habitación en una casa que recorriste toda la vida sin abrir esa puerta, convencida de que no necesitabas lo que había dentro.
Hasta que alguien dice que hay que cerrarla para siempre.
Y entonces, de un modo que no tiene lógica pero tiene toda la verdad del mundo, algo duele.
No porque quisieras entrar.
Sino porque ya no podrás decidir.
Eso no es arrepentimiento. Tampoco es deseo tardío. Es algo más parecido al vértigo de cerrar una puerta que nunca habías abierto pero que, mientras estuvo ahí, guardaba una versión de ti que ya no va a existir.
Una mujer posible.
La que tal vez, en otro diciembre, en otra vida, hubiera decidido distinto.
Esa mujer también era real. No vivió en el cuerpo, pero vivió en la posibilidad. Y las posibilidades, cuando se cierran, también dejan cicatriz.
Pensó en todas las veces que había dicho que no quería eso. Y era verdad. Lo había dicho con convicción, con alivio, con la certeza de quien conoce bien sus propios bordes. Pero hay una diferencia enorme entre no querer algo y que te lo quiten. Entre elegir no abrir una puerta y que alguien venga a sellarla desde afuera.
Esa diferencia es lo que esa tarde le costaba nombrar sin llorar.
En otro universo —tal vez— esa mujer abrió la puerta.
Entró despacio, con miedo y con curiosidad, como quien entra a un cuarto que siempre supo que existía pero nunca se atrevió a habitar. En ese mundo, la decisión fue suya. Llegó cuando ella la llamó, o no llegó nunca, pero siempre pudo haberlo hecho. En ese mundo, el cuerpo y la mujer negociaron sus propios términos.
En este, no.
Aquí el cuerpo marcó otro compás.
Y ella aprendió algo que no estaba en ningún libro de duelos: que se puede llorar una vida que nunca quisiste vivir. Que el dolor no necesita haber tenido forma concreta para ser real. Que a veces lo que duele no es la pérdida de un sueño, sino la pérdida de la libertad de haberlo soñado.
Firmó.
Con la letra de siempre. Con la mano que no temblaba porque había tomado la decisión correcta. Con la claridad intacta de alguien que sabe lo que quiere.
Y con un silencio adentro que no era duda.
Era despedida.
Algunas habitaciones no se habitan.
Pero igual duele sellarlas.