Terapia de conversión

Era la noche de la elección de 1984, y Laura Ingraham,
estudiante del Dartmouth College, bebía y bailaba en un hotel cuando los
resultados llegaron. Ella y sus amigos, todos conservadores, tenían muchas
razones para celebrar. El presidente Ronald Reagan estaba apaleando al senador
por Minnesota Walter Mondale (Reagan terminaría ganando todos los estados menos
uno), e Ingraham recuerda con cariño a los “izquierdistas furibundos” que pasaban
por allí, horrorizados mientras veían a los jóvenes conservadores vitorear. “Dios
—dice Ingraham a Newsweek—, amé la década de 1980”.

Laura Ingraham está disfrutando casi lo mismo en la era de
Donald Trump. Otrora fiel creyente del evangelio de Reagan sobre la economía de
la oferta, el gasto enorme en defensa, una política exterior fuerte y los
valores familiares tradicionales, ha abrazado por completo el trumpismo y
adoptado todo su fervor contra el sistema. Y con el magnate neoyorquino de los
bienes raíces en la Oficina Oval, ha aprovechado su programa de radio nacional
y apariciones frecuentes en Fox News para tener su propio programa nocturno, en
horario estelar (The Ingraham Angle), en la televisora conservadora, la máxima
tribuna para una comentarista de centroderecha.

La decisión de contratar a Ingraham se da en un momento crucial
para Fox News: Bill O’Reilly, por años su puntal en el horario estelar,
renunció tras múltiples acusaciones de acoso sexual el verano pasado. Ingraham
se une a Sean Hannity y Tucker Carlson a tratar de estabilizar los índices de
audiencia en el horario estelar, mientras las contrapartes rabiosamente anti-Trump
del canal, CNN y MSNBC, han disminuido la ventaja de Fox en los índices de
audiencia. Su programa se estrenó el 30 de octubre, poco después de que ella
completara una gira nacional para promover su libro más reciente, Billionaire
at the Barricades,
sobre las fuerzas que llevaron al presidente a la
victoria el año pasado.

Este es el momento de Ingraham. La principal plataforma
conservadora de podcast se ha convertido, en palabras de Michael Graham, quien
presenta un programa político diario en Ricochet, en la más “estridente
partidaria del presidente, y su agenda, en todos los medios de comunicación”.
Lo cual es mucho decir, considerando que Hannity parece estar de acuerdo
mecánicamente con cualquier cosa que diga el presidente.


INGRAHAM se unió al ataque contra Flake que lo sacó del
Senado. FOTO: MATT MCCLAIN/THE
WASHINGTON POST/GETTY

El apoyo ardiente de Ingraham la separa de otros
conservadores reaganianos, los llamados “Nunca Trump” de la derecha, como Bill
Kristol, de The Weekly Standard, y Jonah Goldberg, de National Review, quienes
creen que mucho de lo que defiende Trump —desde la inmigración hasta el
comercio— es una herejía. Por ello muchos republicanos “dentro del sistema”,
como Ingraham, se refieren cáusticamente a ellos, menosprecian al presidente,
principalmente en privado, pero algunos cada vez más en público, como los
senadores republicanos Bob Corker y Jeff Flake.

Ingraham, por su parte, afirma que puede trazar una línea
recta desde Reagan hasta Trump. En su nuevo libro argumenta que los une el
“populismo”, definido ampliamente como “regresarle poder a la gente”. Más
específicamente, explica, eso significa construir el muro en la frontera entre
Estados Unidos y México, endurecerse en el comercio con China y ser muy
escéptico de las guerras extranjeras, en especial en Oriente Medio.

Reagan se habría opuesto a muchas de estas posturas, señalan
los críticos de Ingraham, e incluso mencionar a los dos presidentes en la misma
oración pone lívidos a algunos republicanos. También los hace preguntarse:
¿Ingraham de verdad cree este sinsentido? ¿O solo es cínica?

“ÉL PODRÍA GANAR TOTALMENTE”

Ingraham fue una seguidora temprana de Trump, pero de todas
formas se sorprendió cuando en junio de 2016 sonó su teléfono y era Don Jr. en
la línea. Este le preguntó si podría hablar en horario estelar en la convención
republicana en Cleveland. La prensa estaba llena de historias “sobre cómo pocos
republicanos eminentes estaban dispuestos a subir al estrado en la CNR”,
recuerda Ingraham. Pero ella no dudó en decir que sí. Era la primera vez en la
historia política moderna de Estados Unidos que una eminente figura mediática
respaldaba a un candidato en su convención. Fue un gran momento para ella —y
para Trump—, y el discurso la introdujo en un público más grande del que había
tenido jamás.


DISCUTIENDO con la comediante y activista liberal Janeane
Garofalo. FOTO: DAVID HUME
KENNERLY/GETTY

Ingraham le dijo a esa multitud que fue criada en
Glastonbury, Connecticut, donde su padre poseía un local de lavado de autos y
su “madre atendía mesas hasta que cumplió los 73 años”. Su familia “izaba la
bandera estadounidense todos los días, no solo el Cuatro de Julio”. Y cuando
era adolescente, veía las noticias, a principios de la década de 1970, cuando
le preguntó a su madre por qué los manifestantes contra la Guerra de Vietnam
quemaban la bandera. Su madre dijo: “Porque sus padres no les enseñaron a
mostrar respeto”. Esto le encantó al público de la convención.

Después de graduarse de Dartmouth —donde fue la primera
editora femenina de The Dartmouth Review, un prestigioso periódico conservador del
campus—, Ingraham se convirtió en redactora de discursos de la administración
de Reagan. Luego asistió a la facultad de derecho de la Universidad de
Virginia, se transportaba por Charlottesville en un Honda destartalado con una
placa personalizada que decía “FARRIGHT” (extrema derecha). Después de la
facultad de derecho fue asistente de Ralph Winter, un juez federal ampliamente
respetado en el Segundo Circuito de Nueva York, y luego, de Clarence Thomas, en
la Suprema Corte. Posteriormente trabajó en Skadden Arps, el eminente despacho
legal de clase alta en Wall Street.

La pasión de Ingraham por las causas conservadoras no
disminuyó, y su intelecto —junto con su apariencia— llamó la atención: estuvo
en la portada de The New York Times Magazine en 1995 por un artículo sobre
jóvenes conservadores, y su carrera mediática comenzó a finales de la década de
1990. Tenía un programa en MSNBC y uno de radio cuyo público creció
constantemente. Durante la siguiente década, en una variedad de plataformas Ingraham
dio voz a opiniones conservadoras estándares, por ejemplo, atacó al presidente
Bill Clinton por su devaneo con Monica Lewinsky, interna de la Casa Blanca. Y
después de los ataques del 11 de septiembre contra el World Trade Center y el
Pentágono apoyó las invasiones del presidente George W. Bush a Afganistán e Irak.
Como lo dice Graham, quien solía suplirla en la radio: “Si le hubieras dicho a
alguien hace cinco años que Laura estaría allá afuera encabezando los vítores a
un empresario neoyorquino a favor del aborto, tres veces divorciado y nunca
votado en una primaria republicana, lo habría tomado como un chiste muy
ingenioso”.


FUE ASISTENTE de Thomas en la Suprema Corte. FOTO: JEFF KRAVITZ/FILMMAGIC/GETTY

Ingraham atribuye su conflictivo divorcio público con los
republicanos dentro del sistema a lo que ella ahora llama “la trágica”
presidencia de Bush. Originalmente una partidaria ferviente, Ingraham se
resintió con él (como lo hicieron muchos estadounidenses) conforme la Guerra de
Irak se volvió cada vez más un desastre. En 2006 viajó a Bagdad, y mientras
visitaba el barrio bajo chiita de Ciudad Sadr, vio el resentimiento amenazador
“en casi todos los lugareños”. Entonces se preguntó a sí misma: ¿qué estamos
haciendo aquí?

Irak no fue la única ofensa de Bush. Este propuso a una
abogada compinche de Texas, Harriet Miers, para la Suprema Corte en vez de a un
verdadero conservador. Para Ingraham, eso fue vergonzoso. Y cuando los republicanos
nombraron a John McCain como su candidato presidencial en 2008 y a Mitt Romney
en 2012, su descontento se intensificó. Ella veía al primero como alguien a
quien le importaba demasiado lo que decía The New York Times sobre él. Y Romney
era un “hombre bueno”, pero carecía de la habilidad necesaria para responder
los golpes.

El desafecto creciente de Ingraham con los republicanos
dentro del sistema no parecía mermar su popularidad. Ella nunca ha sido un
monstruo en los índices de audiencia como Rush Limbaugh, pero en la última
década atrajo a un público que crecía constantemente. Lo cual significaba que
su desdén por los republicanos en Washington era un problema para los líderes
del partido. Eso le quedó en claro a la dirigencia republicana en 2014.
Ingraham hizo campaña por un oscuro profesor de economía apoyado por el Partido
del Té, David Brat, en lo que parecía una quijotesca votación primaria contra
el entonces líder de la mayoría en la Cámara de Representantes, Eric Cantor,
por su escaño de Virginia. En un mitin en un club de campo de Richmond, Ingraham
fue una oradora destacada, y se presentó una multitud desmedida. Estaba
pasmada: “Entonces supe que él podía ganar totalmente”, dijo a The
New York Times.
Para sorpresa de muchos, lo hizo.

Los republicanos dentro del sistema tuvieron una pequeña
revancha en 2016 cuando Ingraham tuvo algunas palabras amables para —y le dio
significativo tiempo al aire— otro oponente oscuro en las primarias: Paul
Nehlen, quien compitió contra el portavoz de la Cámara de Representantes, Paul
Ryan. El segundo ganó por un margen amplio; pero el golpeteo de Ingraham a Ryan
—quien había sido tibio con respecto a Trump— mostró que el divorcio de ella
con los republicanos dentro del sistema era definitivo.


UNA TRANSMISIÓN en vivo de su programa de radio desde Irak. FOTO: PJF MILITARY COLLECTION/ALAMY

También mostró que las fisuras dentro del partido eran
profundas. Como Ingraham, Ryan es parte del movimiento conservador. Como
candidato a la vicepresidencia en 2012, se suponía que Ryan tranquilizaría a
los conservadores que sospechaban que Romney era un “blandengue”. En la opinión
de Ingraham, Ryan también era un blandengue que nunca hacía lo suficiente para
oponerse a la agenda del presidente Barack Obama.

Hoy muchos republicanos se preguntan cuál será la postura de
su partido después de Trump, y los desconcierta el argumento de ella que
vincula al presidente actual con Reagan. Claro, Trump quiere reducir impuestos
como lo hizo Reagan. Y promueve “la paz mediante la fuerza”, como lo hizo
Reagan. Pero la estrella de Hollywood convertida en político tenía una
filosofía coherente, una impregnada de las ideas de pensadores conservadores,
incluidos Edmund Burke, Friedrich von Hayek y William F. Buckley. Mientras, Trump,
dicen sus críticos conservadores, no tiene un marco de gobierno; todo lo que posee
es su instinto. Ingraham asegura entender eso: Reagan era un “político único en
su generación”, mientras que Trump es “una obra en progreso. Créanme, no estoy
diciendo que Trump sea Reagan”.

Y, al contrario de muchos en la derecha, Ingraham cree saber lo
que viene después de Trump para los republicanos: más trumpistas: “La serie de
asuntos bajo los que se postuló y fue elegido no va a desaparecer”.

En un mitin de campaña reciente en Scottsdale, Arizona, por
Kelli Ward, exsenadora estatal que desafía a Flake, el senador en funciones en
la votación primaria republicana, una multitud grande y escandalosa se presentó
para oír a Ingraham hablar en nombre de la candidata. La abogada usó muchos de
los eslóganes de Trump, desde la política inmigratoria de “construir el muro”
hasta la economía de “Estados Unidos primero”. Pocos días después, Flake, cuyo
índice de aprobación en el estado se había desplomado, gracias en parte a su
hostilidad hacia Trump, se retiró de la contienda.

EL PROGRAMA DE REALIDAD LAS 24 HORAS TODA LA SEMANA

Ingraham insiste en que su transformación de reaganiana a
trumpista es auténtica. Pero hay por ahí una teoría alternativa, una enraizada
en las realidades del negocio mediático. Ha terminado la era feliz de la radio
conservadora. Los públicos se han estancado o reducido por años. Y los índices
de audiencia de Fox News se han tambaleado, en especial desde la salida de
O’Reilly.


¿REPUBLICANOS MARCHITOS? Ingraham no piensa que Trump sea una
aberración para el Partido Republicano; cree, más bien, que él es el futuro y que
ha establecido un nuevo camino para el partido. FOTO: MARVIN JOSEPH/THE WASHINGTON POST/GETTY

Pero, al igual que Fox, el núcleo del público derechista está
apasionadamente a favor de Trump. Tanto así que Graham, el veterano locutor
conservador —y un Nunca Trump— decidió salirse del juego. “Ellos no quieren oír
argumentos. Están funcionando con emociones —dice Graham—. No tiene caso hablar
con ellos, lo que en cierta forma derrota el propósito de la ‘radio de debate’”.

Ese público cambiante es la razón de que algunos locutores y
comentaristas en la derecha sospechan que hay otra explicación sobre la extraña
travesía política de Ingraham: “Dado que el núcleo del público radial y el
público de Fox están tan a favor de Trump, esta quizá sea una locutora
inteligente que sigue la dirección que lleva el público”, dice un rival que no
quiere criticar a Ingraham públicamente.

El programa de Ingraham, que se estrenó el 30 de octubre, ha
generado índices de audiencia fuertes. Se ha enfocado en causas conservadoras
que cree importantes, por ejemplo, atacar a las celebridades que, después del
tiroteo en masa en una iglesia del sur de San Antonio, se burlaron de quienes
decían que las víctimas estaban “en nuestras oraciones”. Pero también ha
machacado el mensaje populista de Trump, denostando a Ed Gillespie, el
candidato republicano a la gubernatura de Virginia que perdió horriblemente el
7 de noviembre por no apoyar completamente al presidente antes de la elección.

Aun cuando algunos de los rivales de Ingraham dudan de su
sinceridad, el presidente no lo hace. La Casa Blanca contempló nombrarla su
directora de comunicaciones después de que Sean Spicer y luego Anthony
Scaramucci se marcharon. Estaba interesada y ha atacado a la administración por
no apegarse a un mensaje consistente. Pero sus amigos dijeron que sintió que le
sería de más ayuda a la administración en su puesto actual. Ingraham está
cosechando los frutos financieros que se dan junto con su puesto como una
estrella mediática conservadora. ¿Quién cambiaría eso por batallas cotidianas
con un cuerpo de prensa hostil que hizo tiras a Spicer, mientras tienes que
lidiar con un jefe impulsivo e impredecible?

Laura Ingraham tal vez sea una de las más grandes seguidoras de
Donald Trump, pero no está loca.

Publicado en
cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek