Hace un par de veranos, “Juicy”, del rapero Notorious
B.I.G., sonaba en todo bar en Brooklyn. Biggie Smalls, rapeaba sobre “sorber en
acciones privadas”, mientras hipsters pálidos ordenaban pilsners de $8 dólares.
La frecuencia con la que su canción más famosa se tocaba parecía aumentar
conforme uno se acercaba a la esquina de Fulton Street y St. James Place en la
ahora de moda Clinton Hill, donde una madre soltera crió al hombre nacido como
Christopher Wallace. Hoy, él ve la Fulton Street desde un mural de tres pisos
de alto que está adornado con la letra de “Juicy”: “Difundir el amor, es el
modo de Brooklyn”.
Biggie: The Life of Notorious B.I.G., de A&E, es el
primer documental autorizado sobre el traficante de crack convertido en rapero,
quien halló que la mejor manera de escapar a sus alrededores era describirlos
con detalles vívidos:
“Sé lo que se siente despertarse jodido / Los bolsillos
vacíos como el infierno, otra piedra que vender”.
Eso es de su primer álbum, Ready to Die de 1994, el cual por
entonces era llamado “gangsta rap”, un apelativo que parece anticuado 23 años
después. Pero es un recordatorio de cuán cruda era su música, una respuesta de
la Costa Este a la escena de la Costa Oeste, en particular a Tupac Shakur, un
amigo antes de que se convirtieran en rivales acérrimos. El tono juguetón de
Run DMC y las preocupaciones sociales de A Tribe Called Quest habían
desaparecido.
Biggie era una preocupación social, solo que en vez de
ofrecer aliento, o distracción, ofrecía realidad. Su colaboración con el
productor Sean “Puffy” Combs fue increíblemente fructífera, y mucho más corta
de lo que ahora parece: para cuando se lanzó su segundo álbum, Life After
Death, el 25 de marzo de 1997, Wallace, de apenas 25 años, estaba muerto,
acribillado en Los Ángeles. El caso sigue sin resolverse. Otros han tratado de
jugar al detective, con pocos resultados; afortunadamente, Biggie de A&E no
lo hace. Y él estaba claramente consciente de que su vida terminaría mal, como
en esta copla sobre su madre en “Suicidal Thoughts”:
“Me pregunto si muriera, ¿habría lágrimas en los ojos
de ella? / Perdóname por mi insolencia, perdóname por mis mentiras”.
Una proyección reciente del documental presentó una
conversación con la madre de Wallace, Voletta, y su esposa, Faith Evans, ambas
listadas como productoras ejecutivas. Biggie se beneficia enormemente de su
permiso para usar la música de él. Su voz rasposa —con su maestría verbal y
flujo efervescente— encantan al filme. El talento es obvio, pero el alcance de
ese talento era más limitado de lo que sus fans tal vez quieran admitir. La
música de Biggie, llena de imágenes que son violentas y misóginas, glorifican
el tráfico de drogas y rara vez van más allá de gratificaciones de uno mismo.
“Juicy”, pese a todas sus muestras de cortesía, empieza con: “Jódanse todas
ustedes putas”.
Lo más difícil de Biggie también es lo más cautivador. Su
recuento periodístico de Brooklyn en la década de 1990 documenta un lugar que
lucha para recuperarse de los años del crack, todavía un hermano
desesperanzadamente desconsolado de Manhattan. Biggie no era agradable, pero
tampoco lo era su Brooklyn. Era cuando Myrtle Avenue era llamada Murder Avenue,
antes de que llegaran las casas de piedra marrón de $10 millones de dólares. La
película incluye un tesoro increíble de metraje nunca antes visto, una ventana
granulosa al mundo de él, uno que el filme, sabiamente, ni embellece ni
sataniza.
Voletta Wallace parece estar reconciliada con las
imperfecciones de su hijo. En la película, ella recuerda con humor cómo una vez
tiró a la basura un plato de puré de papas; en realidad, cocaína enfriándose
para hacer crack. “Es muy posible que él pudiera estar en la cárcel hoy”, dijo
ella en la proyección. “O tal vez viviendo en Bora Bora con 500 mujeres”. El
chiste recibió risas nerviosas. Ella añadió con más seriedad: “Estoy esperando
por verlo en el paraíso”.
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Publicado
en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek