“Rojo. Agua. Línea. Londres, Inglaterra; 16 de enero de 2017”, Andy Goldsworthy

CONCRETO. Asfalto. Líneas paralelas amarillas. Este no es el hábitat natural del artista británico Andy Goldsworthy. Francis Bacon, sí. Damien Hirst, sí. Es fácil imaginarlos recorriendo las oscuras calles de Londres, admirando las luces, buscando algún lugar abierto. ¿Pero Goldsworthy?

Si conoces su trabajo, estarás pensando en torres de guijarros situadas en remotas playas escocesas, espirales serpentinas de tierra y arena, frágiles convocaciones de corteza, hojas y espinas. Goldsworthy toma prestados sus materiales de la tierra y está contento con el hecho de que la tierra los reclame. Cuando levanta cúpulas de guijarros secos apilados, o cuando rompe témpanos de hielo y usa bolas de papel para pegarlas en estrellas de innumerables puntas, sabe que los resultados no durarán para siempre. Es un artista de la tierra. La naturaleza es para él lo que Gilbert es para George. Entonces, ¿qué hace un artista de la tierra en medio de la zona de circulación restringida de Londres, donde la naturaleza ha sido dominada y la tierra está sepultada?

Las ciudades no le son completamente ajenas. Alguna vez, Goldsworthy pasó un largo tiempo acostado en una acera de Times Square, marcando su silueta bajo la lluvia (todo iba bastante bien hasta que el viento tumbó su cámara y un turista que pasaba le pidió una selfie). Esta fotografía pertenece a una secuencia de seis imágenes tomadas en Drury Lane, en Covent Garden, Londres. El gas neón arde en su trampa de cristal a un lado del Teatro Royal (si sigues la flecha, terminarás en la fila de la Calle 42). Hay fantasmas de personas cruzando. Pero el verdadero protagonista de la imagen es esa línea de agua que serpentea por el pavimento. ¿Hacia dónde se dirige? Hacia fuera, quizá, para encontrarse con una de las corrientes o barrancos de alguna de las obras más características de Goldsworthy, como una vieja anguila que se abre paso hacia el Mar de los Sargazos.

“Pensar que la ciudad no es también naturaleza —dijo Goldsworthy en 2015— es una postura muy peligrosa”. ¿Cuál es el riesgo? El del orgullo desmedido. Vivir creyendo en la permanencia de la cultura humana y no reconocer que nuestras obras, como las de Goldsworthy, se derretirán algún día como témpanos de hielo o se derrumbarán como una pila de guijarros en una playa azotada por el viento.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek