DURANTE al menos seis de los últimos diez años, el agricultor Ali Saed no pudo desarrollar cultivos. La lluvia en su pequeño rincón del norte de Irak era muy escasa, lo mismo que el flujo en un canal de irrigación cercano. Estaba a pocos meses de abandonar para siempre la agricultura cuando pidió ayuda a un pariente lejano, un científico del gobierno de Bagdad. Saed se había enterado de que algunos agricultores estaban explotando las reservas del manto freático y se preguntaba si podría hacer lo mismo. Así que su primo amplificó imágenes satelitales de los campos circundantes e identificó una pendiente cercana cubierta con roca porosa, por la cual, alguna vez, pudo haberse filtrado el agua de lluvia.
Después de reunir fondos con sus vecinos y contratar un equipo de perforación, Saed se sacó la lotería mojada a principios del año pasado. “Gracias a Dios encontramos agua”, dice, parado sobre el nuevo pozo en la periferia de sus tierras. “¡Al fin podemos cultivar!”.
Y también, gracias a la NASA. Desde su creación, en 1958, la agencia espacial de Estados Unidos ha producido gran cantidad de datos científicos de valor incalculable. Desde rastrear la fusión de glaciares hasta identificar depósitos minerales, sus esfuerzos para reunir enormes fondos de información han permitido dirigir las decisiones del gobierno estadounidense e impulsar logros extraordinarios. Con hasta treinta satélites científicos en órbita en cualquier momento determinado, incluso actúa como una especie de consulta rápida y salvavidas para otros países –como Irak- que no tienen ojos en el espacio pues, desde 2008, la mayor parte de las investigaciones de la NASA han estado disponibles, gratuitamente en su sitio web.
De todos los retos que ha enfrentado la tecnología de la NASA en la Tierra, el más complejo podría ser el que encaran los científicos de Oriente Medio quienes, desesperados por combatir la crisis de agua regional, han cifrado sus expectativas en las imágenes satelitales de Estados Unidos con objeto de mejorar la eficacia hidrológica y detectar fuentes de agua adicionales. Y en una época en que las sequías se vuelven más frecuentes, y el crecimiento poblacional afecta desde Yemen hasta Marruecos, algunos proponen que la salvación vía satélite podría ser la mejor posibilidad para evitar una catástrofe en la región.
“De hecho, ya no podemos producir muchos de los alimentos que precisamos; es una crisis”, dice Farouk El-Baz, director del Centro para Teledetección de la Universidad de Boston, asesor del presidente egipcio y científico de la NASA desde hace décadas. “Pero si podemos usar imágenes satelitales para identificar agua adecuada y lugares con el suelo agrícola correcto, seríamos muy estúpidos si no las usáramos”. Los acuíferos de la península arábiga están ya tan agotados que algunos países –sobre todo Arabia Saudita- han debido abandonar gran parte de su agricultura.
Esta tecnología ha sido muy valiosa en Oriente Medio. Las autoridades de Jordania ni siquiera sabían si sus agricultores estaban produciendo hasta que las imágenes satelitales les permitieron crear mapas aéreos de cultivos. Desde entonces, han suprimido cultivos que hacen uso intensivo del agua, como el arroz. En Líbano, donde un sistema apolítico disfuncional ha entorpecido la recolección de datos (no han realizado un censo desde la década de 1930 por temor a perturbar el equilibrio sectario), las imágenes satelitales han permitido que los funcionarios compensen la escasez de información sobre cualquier cosa, desde planificación urbana hasta los abusos del sistema de subsidios alimentarios. Luego de analizar desde el cielo las tierras agrícolas del país, el Consejo Nacional para Investigación Científica de Estados Unidos (CNRS, por sus siglas en inglés) reveló que los agricultores están cultivando apenas la mitad de las 20,000 hectáreas de trigo que afirmaban estar cultivando. En consecuencia, el gobierno pudo recortar en más de dos tercios los subsidios para trigo.
Con todo, lo que ha entusiasmado a la comunidad científica es la capacidad de la tecnología espacial para regular mejor el uso del agua y, consiguientemente, desarrollar más alimentos con menos recursos. Al determinar la temperatura de un campo —cuando está irrigado adecuadamente, la temperatura debe ser inferior a la del área circundante—, los investigadores pueden determinar si un cultivo sufre por escasez de agua o si consume más agua de la que necesita, situación crítica en Oriente Medio. Y al medir la cantidad de humedad de la bóveda arbórea y la fusión de nieves, pueden saber de cuánta agua dispondrán, por principio de cuentas. “Nos sirve para hacer mejores predicciones, para saber cuánta irrigación será necesaria, para determinar si un país se encuentra en estado de sequía”, dice Rachael McDonnell, directora de la sección de adaptación de modelos de cambio climático en el Centro Internacional para Agricultura Biosalina (ICBA, por sus siglas en inglés), Dubái, organización que suele trabajar en combinación con la NASA.
Por desgracia, Oriente Medio, que de sí es la región más árida del mundo, parece a punto de volverse aún más árido. Y por ello las imágenes satelitales podrían tener su mayor eficacia en las circunstancias más extremas. Gracias al programa Landsat de la NASA –según McDonnell, “el Land Rover Defender del mundo de los datos”-, las organizaciones de ayuda han creado sistemas de alerta temprana para sequías y hambrunas, con los cuales intentan enfrentar las crisis antes de que se agraven. A tal fin, estudian imágenes para detectar signos de desertificación y buscan indicios de estrés generalizado en la vegetación. El año pasado, cuando Marruecos fue asolado por una severa sequía que recortó en 60 por ciento la producción de cereales y condujo a una pérdida de casi 200,000 empleos agrícolas, analistas en teledetección pudieron identificar las áreas más afectadas y dirigir los esfuerzos para canalizar la ayuda hacia esos lugares.
Sin embargo, la implementación de las imágenes satelitales ha tenido problemas, en gran medida porque muchos gobiernos se resisten a reconocer la importancia de esta tecnología. En muchas ocasiones, las investigaciones de calidad y los datos útiles jamás llegan a los responsables de formular políticas y, en vez de ello, permanecen empolvándose en escritorios burocráticos. “Uno de los problemas graves de toda la región árabe es que podemos hacer ciencia, pero gran parte de ella se queda guardada en una gaveta”, acusa Chadi Abdallah, investigador del CNRS Líbano. En otros casos, los subestimados institutos nacionales de ciencia son los primeros en perder la financiación durante las crisis económicas. NileSat, el único satélite científico de Egipto, está fuera de operación por cuestiones financieras; el presupuesto iraquí para ciencias y tecnología ha sido eviscerado. De nada sirve cualquier tipo de datos de alta resolución procedente de cielo si nadie es capaz de interpretar la información en bruto, muchas veces compleja.
Y luego vienen los problemas de seguridad. Desde la década de 1970 —cuando El-Baz trabajaba en la misión Apolo-Soyuz y llevó las primeras imágenes de la NASA a Egipto—, muchos servicios de inteligencia han adoptado una postura defensiva frente a la tecnología espacial extranjera. Algunos aún la consideran demasiado sensible, casi una forma de espionaje, e intentan regular su uso. En 2015, por razones inexplicables, las autoridades de El Cairo negaron la entrada a dos analistas de datos del Departamento de Agricultura estadounidense, quienes habían ido a calibrar sus lecturas satelitales en el terreno. Entre tanto, otras agencias de seguridad han puesto bajo su custodia estas instituciones. El Real Centro de Teledetección de Marruecos está controlado por el Ministerio del Interior marroquí, de manera que muchos de sus descubrimientos son inaccesibles a los investigadores independientes. Como una aciaga señal de la época, científicos libaneses han descubierto que incluso cuando identifican problemas vía satélite —en este caso, el desarrollo de una planta invasiva cerca de Al-Qaa, en el norte del país—, a veces no pueden hacer nada al respecto. “La guerra [en la vecina Siria] nos impide acceder a ciertas áreas. No se nos permite ir allá”, dice Ghaleb Faour, director del Centro de Teledetección del CNRS.
No obstante, hay muchos indicios de que el papel de las imágenes satelitales en Oriente Medio será más amplio, mejorado y, tal vez, un poco más independiente de la NASA. Desde la década de 1970, los estadounidenses han dominado el campo de la teledetección ofreciendo un archivo de imágenes eminentemente gratuito (y, con mucho, el más grande que existe). Incluso transmiten datos desde el espacio a veinte países simultáneamente. “Llevamos la delantera al mundo”, asegura James Irons, director de la División de Ciencias Terrestres en el Centro de Vuelo Espacial Goddard, de la NASA.
Pero, en los últimos años, han surgido otras opciones, algunas de las cuales ofrecen una mayor resolución y, por tanto, una variedad de usos más extensa que los satélites Landsat. El año pasado, la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés) lanzó su satélite Sentinel 2A y, este año, el Sentinel 2B, ambos con una capacidad de resolución muy superior a la ofrecida por la mayoría de los satélites públicos. Hace poco, la ESA ofreció acceso gratuito a una parte de sus datos; una medida crucial, ya que la mayoría de los científicos de Oriente Medio trabaja con presupuestos muy bajos. Y se sabe que algunos operadores de satélites privados, con capacidades de resolución incluso superiores, han reducido sus precios a petición de instituciones de investigación públicas. “Buscamos la manera de hacer que funcione”, dice Kumar Navulur, presidente interino de la compañía estadounidense DigitalGlobe. Cada cinco años, el capítulo libanés del CNRS paga a dicha empresa alrededor de 100,000 dólares para crear mapas digitales detallados de Líbano. Conforme mejoren los tiempos de revisita del satélite y la calidad de sus imágenes, los investigadores esperan que los escépticos que plagan sus gobiernos lleguen a apreciar el valor de esta tecnología.
Pero, sobre todo, cada vez es más patente que las imágenes de satélite podrían ser uno de los pocos medios con que Oriente Medio contará para enfrentar su aterradora gama de desafíos ambientales. Dado que la mayor parte de los Estados de la región lidian con algún tipo de conflicto o con una economía debilitada, las crisis de agua y alimentos son cada día más graves. Así que, al parecer, la solución tendrá que llegar del cielo. “Sabemos que tendremos menos agua, sobre todo por el cambio climático, por lo que habremos de mejorar mucho nuestra gestión del agua en todas partes”, dice McDonnell de ICBA. “Necesitamos ser más inteligentes con las imágenes satelitales”.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek