La satanización de la prensa libre por parte de la derecha no comenzó con Donald Trump. Alguna vez, Richard Nixon calificó a la prensa como “el enemigo”, después de todo, intuyendo aparentemente quién provocaría su posterior e inevitable caída. Con respecto a esto, The Boston Globe se quejó en 1997 de que la relación de Bill Clinton “con los medios noticiosos… Se ha deteriorado hasta alcanzar un nivel no visto en la Casa Blanca en más de 20 años”, es decir, desde Nixon. También en este caso, había buenas razones para temer y desdeñar a aquellos para quienes decir la verdad es una obligación profesional.
Sin embargo, Trump ha llevado su aborrecimiento por la prensa libre hasta niveles peligrosos. Ha incitado a sus partidarios y ha amenazado abiertamente a periodistas, como candidato y como presidente. Este odio es visceral e incesante, aun cuando esconde a duras penas su deseo por una buena cobertura mediática, particularmente en los diarios y en la televisión por cable. Quienes recuerdan a Trump como uno de los personajes más populares en Page Six (la sección de chismes del New York Post) sabrán que sus diatribas tienen una calidad teatral. Sin embargo, es posible que muchos de sus partidarios no sepan, o no les importe, que al menos una parte de su animosidad es únicamente para dar espectáculo.
Los resultados de esta animosidad contra la prensa se manifestaron en forma plena y desagradable el miércoles por la noche, cuando Greg Gianforte, candidato republicano para el Congreso por Montana, atacó a Ben Jacobs, un reportero de The Guardian que trataba de hacerle a Gianforte una pregunta sobre la atención a la salud en un mitin realizado en Bozeman. Jacobs capturó un archivo de audio del encuentro, en el que aparentemente fue “empujado con todo el cuerpo” por Gianforte, que enfrenta una elección especial el día de hoy. También enfrenta un cargo por ataque en menor grado en Gallatin County, así como una condena generalizada debido a su conducta violenta.
Sin embargo, una conducta violenta de esa naturaleza no debería tomar por sorpresa a nadie que haya sido testigo de un mitin de campaña de Trump, con sus implacables menciones de la prensa como una amenaza para Estados Unidos.
“Multitudes partidistas en los mítines de Trump amenazan y atemorizan a los medios noticiosos”, se lee en un encabezado de The New York Times publicado en octubre durante la ruta de campaña. Al hablar en West Palm Beach, Florida, calificó a la prensa como su principal torturador. “Los van a atacar. Los van a calumniar. Buscarán destruir su carrera y a su familia”, dijo. “Buscarán destruir todo acerca de ustedes, incluida su reputación. Mentirán, mentirán, mentirán y volverán a mentir, y harán cosas peores que esas. Harán todo lo que sea necesario”.
Sus seguidores parecieron tomar literalmente esa forma de hablar. Los más encendidos comenzaron a calificar a los periodistas que cubrían la campaña como “lügenpresse,” una palabra en alemán utilizada por los nazis. Su significado es “la prensa mentirosa”.
Algunos miembros de la campaña también se sintieron envalentonados y no solo en sus imprecaciones. La primavera pasada, Corey Lewandowski, el entonces director de la campaña de Trump agarró violentamente a la reportera Michelle Fields de Breitbart News cuando ella trató de hacerle una pregunta a Trump. Trump defendió a Lewandowski, haciendo caso omiso del video condenatorio que retrataba el penoso incidente. “Pienso que es un día muy, muy triste en este país cuando un hombre puede ser destruido por algo como eso”, se lamentó Trump (al final, el estado de Florida retiró los cargos de ataque en menor grado contra Lewandowski). Sorprendentemente, Breitbart News salió a defender a Trump contra Fields, lo que llevó a la periodista a renunciar a esa organización de medios de comunicación de extrema derecha.
La elección de Trump no ha logrado nada para atenuar sus convicciones contra la prensa. Sean Spicer, su secretario de prensa, trata a los cuerpos de prensa de la Casa Blanca con un abierto desdén en sus conferencias de prensa diarias; su representación en Saturday Night Live, donde lo interpreta Melissa McCarthy, es la de un pit bull que no deja de gruñir.
Spicer no está solo. El principal estratega de Trump, el ultranacionalista Steve Bannon, declaró a The New York Times en enero que “los medios de comunicación deberían mantener la boca cerrada”, una sugerencia increíble para una sociedad democrática. “Aquí, los medios son el partido de oposición”, dijo Bannon, continuando con la satanización de la prensa libre que ha caracterizado al Trumpismo.
A principios de este mes, Dan Heyman, un reportero de un medio de comunicación de Virginia Occidental, fue arrestado por tratar de preguntarle a Tom Price, el secretario de Salud y Servicios Humanos, acerca del esfuerzo republicano para rechazar y reemplazar la Ley de Atención Sanitaria Asequible. Price afirmó que el arresto había sido “apropiado”.
Más adelante, en el mes de mayo, Trump pronunció un autocompasivo discurso de graduación en la Academia de la Guardia Costera en Connecticut. Tras el discurso, John Kelly, secretario del Departamento de Seguridad Nacional, entregó a Trump una espada ceremonial.
“Úsela contra la prensa, señor”, dijo, sin darse cuenta de que estaba siendo grabado.
Burócratas partidistas de bajo nivel, como Gianforte, el republicano de Montana, toman ejemplo de sus superiores. El dirigente de este partido ha vilipendiado a la prensa libre como si ésta estuviera empeñada en destruir a Estados Unidos. Así, ha provocado ataques como el que vivimos la noche del miércoles. La decencia y la civilidad exigen que Trump censure a Gianforte y, dejando de lado las lealtades partidistas o su propia fortuna política, reafirme la importancia de la prensa libre y la inviolabilidad de la Primera Enmienda.
Sin embargo, yo no me haría ilusiones.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek