La nueva novela del escritor Javier Martínez Staines retoma una realidad muy cercana para una infinidad de familias mexicanas: el abuso sexual infantil por parte de sacerdotes.
Según el propio autor, este es un país con una muy alta tradición judeocristiana, por lo que de uno u otro modo mucha gente se ha topado con casos en donde los valores religiosos chocan con ciertos extremos a la hora de pensar en abusos emocionales y físicos de la jerarquía católica en contra de menores de edad.
Publicado en días pasados por la casa editorial Grijalbo, Por mi gran culpa “nació, digamos, de una manera experiencial, es decir, dentro de un contexto mío, personal, en el que a nivel de familia y de escuela me tocó vivir una serie de temas de la índole que toca el libro”, explica Martínez Staines entrevistado por Newsweek en Español. “Desde hace muchos años yo quería hacer una especie de ejercicio de exorcismo personal de muchos de estos demonios a partir de ciertos hechos reales que convertí en novela”.
No obstante, aclara, no se trata de una biografía: “Los hechos ocurridos en el libro en términos generales son reales, pero evidentemente hay una construcción de personajes y de anecdotarios novelados”.
José de Jesús, protagonista de esta historia, conserva un añejo recuerdo: la felicidad que causó a su madre que en el kínder lo hayan elegido para personificar al papa en un festival. Años después lo recordará perfectamente cuando, a modo de confesión, él y su prima revelen un acontecimiento desolador que muchas personas han vivido, pero que no se atreven siquiera a susurrar: miembros de la Iglesia católica abusaron de ellos sexualmente.
Pese a la dureza del tema, el lector “se va a encontrar con esas revelaciones no de una manera ni solemne ni con un estigma de denuncia, sino con mucha ligereza, incluso con humor; y creo que lo pueden ayudar a entender ciertos contextos de la realidad de este país en ese punto en particular”.

FOTO: ANTONIO CRUZ/ NW NOTICIAS.
—Javier, ¿no considera usted que el tema es demasiado crudo como para que se presente con esa ligereza?
—Sí, definitivamente es un tema muy duro y crudo, incluso yo lo compararía con esa película maravillosa que se llama El infierno (México, 2010), que trata una temática brutalmente cruda de la violencia y el narcotráfico, pero narrada con mucho sentido del humor porque a veces los temas así de crudos, si no los abordamos con humor, se vuelven casi imposibles de acoger y entender. Mi novela no niega el problema, pero creo que es la única manera de poder abordar un tema tan difícil para que no resulte en un melodrama terrible casi imposible de leer o mirar.
“Al contrario —continúa el autor—, siento que permite adentrarse en un problema grave para entenderlo mejor. Sin dejar de considerar la crudeza, al final de cuentas para mí era muy importante no volverlo un tema de denuncia, porque creo que denuncias de este tipo ha habido muchas, básicamente casi sin respuesta, esa es la realidad. Yo no quería adentrarme en el mundo de la estadística sobre los abusos sexuales —que, me imagino, serán reportados dos de cada diez, siendo generoso—, sino estar más metido en el contexto, es decir, en qué tanto la formación que tenemos, la aureola de doble moral, provoca otro tipo de daños que muchas veces no vemos, como un robo espiritual de niños que están en el paso a la pubertad y que de muchas maneras les cambian la vida y la visión de las cosas”.
Esta es la primera novela que publica Javier Martínez. Nacido en la Ciudad de México hace 51 años, periodista de oficio, la mayor parte de su vida la ha dedicado a la edición de revistas, cuyos títulos pueden hallarse tanto en el mercado mexicano como en el latinoamericano. En la actualidad comanda una firma de estrategia y desarrollo de contenidos multimedia llamada ThinkTank New Media.

FOTO: ANTONIO CRUZ/ NW NOTICIAS.
—¿Publicar la primera novela tiene un significado especial?
—Fue un ejercicio largo, tedioso y hasta cierto punto doloroso. Construí y desarrollé un par de personajes, que son quienes finalmente de un modo u otro terminan siendo las víctimas. Después, a través de la creación de muchas figuras de soporte, uno se da cuenta de que lleva escritas 500 páginas. Entonces es el momento de detenerse. Hay autores que tienen derecho a escribir 400 o 500 páginas, pero otros no tenemos ningún tipo de derecho de someter al lector a ese tipo de libros. Entonces vino el ejercicio más interesante como escritor, ponerme la casaca de editor y poner una pausa en las actividades cotidianas, unos tres meses fuera del país, aislado, en donde sí pude hacer una enorme reducción de páginas. Y vino la parte que para mí se volvió relevante justamente para que la carga no fuera tan brutal, darle la voz a uno de estos abusadores a modo de un pequeño diario que pudo haber escrito.
—¿Por qué la culpa aparece como protagonista persistente en esta novela?
—Porque creo que el eje cardinal de nuestra tradición judeocristiana está basado en el concepto de la culpa. La culpa es un factor de parálisis, no te deja mover. Muchas veces el personaje menciona su dificultad para hablar del tema y recurrir al entendimiento de otros. Hay una suerte de mucha confusión porque en toda esta doctrina se alimenta mucho la cultura del pecado de la culpa, incluso en la mayor parte de las oraciones siempre está incluido eso de “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. Y en la novela hay un momento donde todo se confunde y el personaje se empieza a sentir culpable de lo que ocurre, pues trae toda esa carga familiar de valores muy rígidos, y en medio de eso, la culpa todo el tiempo lo está golpeteando.
—¿Qué opina de la novela como medio de denuncia social?
—Creo que es fundamental. Mi formación y mi trayectoria son mucho más del lado periodístico, y creo que incluso parte de la manera en que está narrada la novela trae mucho de eso, pero creo que es una herramienta que ayuda a sumar en la manera de contar los hechos para que así pueda operar como un tema de denuncia. Muchas veces el tema se vuelve más fácil de tomar, entonces puede tener incluso un efecto mayor en la propia sociedad narrar un tema así de difícil, desde el punto de vista de una novela, de una “ficción”, entre comillas, porque ficción y no ficción están siempre mezcladas, que con un documento crudo, periodístico, que acaba probablemente siendo más rápidamente olvidable.
