Para Donald Trump, hallar una manera de detener el programa de armas nucleares de Corea del Norte acaba de complicarse más. El pasado 9 de mayo, Corea del Sur eligió a Moon Jae-in, un izquierdista abogado de derechos humanos, como su nuevo presidente.
Trump se ha apoyado en países de la región para ejercer más presión económica sobre el régimen de Kim Jong Un, entre otras cosas, como una manera de hacer que Corea del Norte discuta una suspensión de su programa armamentista.
Pero Moon quiere abrir el diálogo con Corea del Norte, así como más compromiso económico. Ambos fueron sellos distintivos de la “política rayo de sol” de la izquierda, la cual promovía un enorme parque industrial a través de la zona desmilitarizada que divide la península, donde compañías manufactureras sudcoreanas empleaban norcoreanos para confeccionar sus artículos.
Corea del Sur cerró el parque a principios de 2016 en protesta por una de las pruebas nucleares de Pionyang. Pero durante la reciente campaña presidencial, Moon dijo que estaba a favor de reabrirlo.
Pero, conforme la elección se crispó, Moon cedió un poco. Él insistió en que no reabriría el sitio incondicionalmente, y enfatizó en que Estados Unidos y Corea del Sur deberían coordinar sus políticas antes de tomar cualesquiera decisiones nuevas sobre Pionyang.
El presidente de Estados Unidos le ha bajado el tono a parte de su retórica sobre Corea del Norte. Ha dicho que estaría “honrado” de reunirse con Kim si existieran las condiciones para tal cumbre. Y Rex Tillerson, su secretario de Estado, dijo que Washington quería hacer entrar “en razón, no [poner] de rodillas” a Pionyang.
La retórica estadounidense suavizada posiblemente complazca al líder sudcoreano, y una reunión temprana de los dos presidentes no debería ser descartada, dicen funcionarios en Washington. De hecho, a pesar de algunas de las declaraciones pacifistas de Moon en la campaña, la administración de Trump no parece estar excesivamente preocupada por la posibilidad de que su aliado clave en Corea pudiera ya no seguirlo al pie de la letra en lo tocante a Corea del Norte.
Parte de la razón por la cual nadie está en pánico: aun cuando Moon, como candidato, expresó reservas por el sistema de defensa de misiles que Estados Unidos le ha dado a Seúl —el llamado Defensa Terminal de Área a Gran Altitud, o THAAD—, su bando ha dado señales de que, si los estadounidenses lo montaban y ponían en funciones antes de la elección, el nuevo gobierno lo dejaría en su lugar. Estados Unidos hizo precisamente eso.
La política local obligará al nuevo presidente en Seúl a andar con pies de plomo. Con el aumento en las tensiones con Corea del Norte, Trump se afectó a sí mismo en Corea del Sur al quejarse (de nuevo) por el despliegue THAAD, argumentando que Corea del Sur debería pagarlo. Su lloriqueo constante por el tratado de libre comercio entre Estados Unidos y Seúl también irrita a los coreanos comunes.
Pero el asunto más apremiante para Washington y Seúl es cómo manejarán al regordete y joven líder de Pionyang y su arsenal creciente. Trump y su equipo quieren apretar el nudo económico —“inclinándose hacia” los chinos, en especial, para hacerlo, como dice Tillerson— mientras que Moon hizo su campaña alrededor de aumentar el compromiso económico.
No pueden ser ambos.
—
Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek