“Una imagen violenta no te hace reflexionar”

EL DIRECTOR DE CINE David Pablos ingresa en el pequeño local de café en la zona céntrica de la Ciudad de México, y su semblante luce satisfecho, radiante. Tienes 34 años y es inevitable que la alegría se desborde: Las elegidas, su segundo largometraje, ha sido una de las películas mexicanas más celebradas de 2016, reconocida en los festivales más destacados del país, ganadora de cinco categorías en la pasada edición de los premios Ariel, entre ellas mejor película y mejor dirección. Y, por si fuera poco, este severo drama, que aborda el tráfico y trata de mujeres en México a partir de la historia de Sofía y Ulises, un par de adolescentes enamorados, sacudió a los espectadores del 68 Festival de Cannes al participar en la sección Un Certain Regard. Ahí comenzó el exitoso camino.

Pablos, un hombre delgado, de tez blanca, se sienta y coloca en la mesa el libro que lee con mucho interés desde hace días: A Little History of the World, de Ernst Gombrich. Y sí, presume, más feliz no puede estar: a mediados de diciembre se anunció que su cinta recibió una nominación a la mejor película iberoamericana de los premios Goya, el galardón más importante del cine español.

“Muy contento —dice— porque significa mayor visibilidad para este trabajo. En Las elegidas se retrata la terrible violencia psicológica a la que son sometidas las chicas, que es una de las tantas estrategias que utilizan los padrotes para engancharlas. Eso es lo que más me sorprende, su forma de operar. Se valen de la parte emocional para manipular y destrozar a una persona”.

—¿Cómo te involucraste en el tema de la trata?

—La historia comienza porque mi productor, Pablo Cruz, vio mi cortometraje La canción de los niños muertos, que ganó en 2010 el Ariel. Me buscó, nos caíamos bien, y me dijo: “Hay un guion al que quiero que le eches un ojo”. Se trataba de un guion de Jorge Volpi, quien es su amigo. Retrataba el mundo de las mafias de la trata en Los Ángeles, sobre cómo cruzan a las jóvenes a Estados Unidos. Era un guion muy violento. “No quiero filmar esto, pero tiene algo que quiero retratar”, pensé.

“Comencé a investigar sobre la trata. Recopilé información, una amiga guionista interesada en el tema me envió artículos, notas. Al conocer estas historias de trata de inmediato me di cuenta de que había que contarlo. Uno ve noticias, historias que horrorizan, pero pocas te mueven. Eso me pasó a mí al investigar. Me sacudió la forma de operar de los padrotes, enterarme de que a veces son negocios familiares. Escribí una historia nueva. Del guion de Volpi solo mantuve el título, Las elegidas, y el nombre de uno de los personajes principales: Ulises”.

—¿Entrevistaste a mujeres víctimas sobrevivientes?

—Sí, porque en el camino de investigación pensé: “Para escribir debo buscar a gente que haya vivido esto en carne propia”. Entré en contacto con distintas organizaciones, entre ellas la de Rosy Orozco, Comisión Unidos Vs. Trata. Charlé con varias chicas rescatadas. En cierto momento fue más importante platicar con quienes atienden estos casos, pues me podían contar información más cruda. Siempre agradecí a las mujeres que me compartieron sus historias, sé que no es fácil. Algunas podían hablar de manera más abierta, pero en otros casos les costaba.

“Tenía ciertas dudas. A los encargados de las fundaciones sí podía preguntar datos duros y, sobre todo, detalles. Me refiero a la cotidianidad en este mundo. Para mí, es ahí donde realmente se puede retratar de manera humana y lograr que el público conecte. Son pormenores, en apariencia insulsos. Por ejemplo, que la mujer que vigile la casa de citas anote en su libreta la cantidad que cada chica junta. O que ellas nunca descansen, no importa si están enfermas. El espectador se horroriza. Me preguntaba qué pasaba cuando tenían la menstruación, eso no evita que sigan. Esto está puesto en la película y te hace sentir el horror de ese mundo, sin necesidad de mostrar violaciones. Desde el principio así estuvo escrito.

—Pero de todas formas impactó al público.

—Nunca dejó de sorprenderme cómo fue recibida en México. En todos los festivales era impresionante la reacción. Me di cuenta de que, en este país, en donde vivimos tiempos tan difíciles, las noticias diarias tan terribles, una violencia generalizada, la película duela más que en otros lugares porque es un reflejo de lo que ocurre. Sí conmovía en las proyecciones fuera de México, pero aquí la profundidad de ese dolor es más clara.

Esfuerzo colectivo: “Social y culturalmente debe trabajarse desde la educación misma y la educación sentimentalmente de hombres y mujeres”. Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.

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David Pablos decidió filmar en Tijuana y no en la Ciudad de México. Eso se debe, en parte, a que Tijuana es uno de los focos rojos de la trata en el país. “Pero este es un tema generalizado. La película se pudo haber contado en cualquier ciudad. Eso no importa”. Poner como escenario de fondo la ciudad fronteriza también es resultado de un asunto personal: David nació ahí, creció en Playas de Tijuana. “Sobre todo —indica—, decidí grabar allá por una cuestión plástica: es una urbe fotogénica y bella, no en el sentido tradicional, pues para muchos no es bonita. Pero es interesante, está construida entre cerros, medio desértica, con canales, con un muro que la atraviesa, con gente que viene de todas partes del país y el mundo. Genera una atmósfera única, importante para esta historia”.

Los escenarios y diálogos construidos en el guion también recibieron el reconocimiento de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas.

Al recibir el premio al Mejor Guion Original, Pablos agradeció a las mujeres que compartieron sus historias, “pues eso me permitió escribir desde otra perspectiva, con un enfoque mucho más humano. Eso hizo toda la diferencia en este proyecto. Jamás he querido llevar un estandarte de lucha social. Me importa la causa y el tema, pero la película habla por sí sola y puede ser utilizada por quien quiera. Muchas organizaciones y fundaciones que luchan contra la trata la han proyectado. Hemos efectuado varias funciones en coordinación, una aquí en la Ciudad de México. Vaya, estoy feliz de que sea utilizada, pero me queda claro cuál es mi trabajo y hasta dónde puedo llegar. La película se mueve, genera cosas. Estoy consciente de las limitaciones. No va a cambiar el mundo”.

—¿Te han dicho que se queda corta en cuanto a presentar la violencia?

—Ah, claro. Pero siempre quise presentar las imágenes de otra manera, no violentas. Esto es algo muy discutible. A veces esas escenas están a diario, nos hemos acostumbrado a verlas. Depende de cuál es tu intención, pero no creo que una imagen violenta te haga reflexionar. Creo más en la construcción de un discurso y, para mí, este debe llevar la parte humana: que no sea una historia más, que puedas involucrarte, entender este mundo y el contexto.

—Tras el paso de las semanas y los meses, ¿cuál es tu reflexión sobre el tema?

—Sigue siendo un tema que me duele muchísimo. Sigo leyendo artículos, no dejo de revisarlo. La diferencia ahora es que se habla más del problema, comparado con hace cinco años, cuando era una especie de tabú. Hay más información, aunque no por eso cambia la situación. Se tiene que visibilizar más. No deja de horrorizarme. Te sorprenden los niveles de violencia, de injusticia. La indiferencia. Cuando crees que ya escuchaste todo, te das cuenta de que no. Piensas que ya leíste la historia más cruda, violenta, pero viene una historia peor, y luego otra. Y, bueno, ver que estas organizaciones criminales dedicadas a la trata tienen nexos con altos lugares del poder espanta. Es muy duro.

“Esto tiene que ser atacado desde muchos frentes. Social y culturalmente debe trabajarse desde la educación misma y la educación sentimentalmente de hombres y mujeres. Hay que erradicar los clichés de género: cómo debe ser una mujer y cómo un hombre. Vivimos lo que vivimos por esa educación. Se tiene que prevenir en las nuevas generaciones, romper esos estereotipos. Está normalizada la violencia contra las mujeres. Me he hecho consciente de cómo es tan común en el país. Se empieza a hablar más, ha habido manifestaciones en contra del acoso y agresiones, las cuales están normalizadas”.

—Las mujeres se han movilizado este año que culmina.

—Por desgracia hemos llegado a niveles de violencia intolerables y atroces. Hay feminicidios todos los días. La violencia contra la mujer está generalizada y no es nada nuevo. Es interesante ver cómo internet y las redes sociales están transformando muchas cosas. Quizás eso permita que haya más conciencia. Es algo que apenas estamos descubriendo y que debe seguir sucediendo. Lo que me desespera mucho en este país es que las cosas se aplacan. Hay algún tipo de movilización social, pero luego volvemos a lo mismo. No hay una continuidad en estas luchas y debe existir.

Las elegidas, su segundo largometraje, ha sido una de las películas mexicanas más celebradas de 2016 y reconocida en los festivales más destacados del país. Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.

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El próximo 4 de febrero se sabrá si una película mexicana se alzará de nuevo en la categoría de mejor película iberoamericana en los premios Goya, tras más de dos décadas del triunfo de El callejón de los milagros, de Jorge Fons. Mientras tanto, David Pablos tiene un par de proyectos de serie de televisión en puerta y prepara la versión cinematográfica de Los detectives salvajes, del chileno Roberto Bolaño. David no imaginó un éxito tan prematuro cuando dejó Tijuana, a los 18 años, con destino a la Ciudad de México. Su propósito firme desde entonces era convertirte en cineasta.

“Crecí en una familia con mucho ambiente cultural. Mi familia está muy politizada, siempre informada y eso lo agradezco, sobre todo porque me abrieron las puertas a la literatura y lectura en general. Mi mamá estudió sociología y mi padre, administración. Creo que le debo más a mis tíos, uno es escritor, otros se dedican al arte. Tuve una infancia bastante rica para generar un imaginario. Siempre vi cine y desde chico tuve claro que quería dedicarme a eso. Gracias a un amigo de Tijuana a quien le interesaba ese mundo empecé a conocer más, desde la parte de realización. Alguna vez se hizo un taller y una cosa llevó a otra. Me enteré de que existía una escuela de cine aquí en México, el Centro de Capacitación Cinematográfica”.

—¿Fue un cambio radical?

—Amo esta ciudad, pero al principio fue difícil vivir aquí. Es distinta la energía, en comparación con la gente del norte. Eso repercute: no he filmado ninguna película en la capital. Siempre me voy para arriba, pues es donde me siento más cómodo, puedo explorar otros paisajes. Mucho tiempo solo se filmó en la Ciudad de México.

—Aquí se concentra el mayor público.

—Es muy difícil conquistar las salas cinematográficas. Hay contadas excepciones. Para bien o mal, son películas comerciales que no hacen justicia al resto del cine mexicano, el que no se ve. Aunque creo que cada vez más el futuro se está yendo a las plataformas digitales. En México ya se empieza a ver. Tan solo en Netflix Las elegidasse ha visto mucho más que cuando estuvo en salas comerciales.

—¿Cuál es tu relación con Tijuana?

—Es una ciudad violenta casi por naturaleza, debido al lugar donde está ubicada: es la frontera más transitada del mundo. Hay cosas que son palpables, que están a la vista de todos. Para mí siempre fue clara esa parte dura. Una de las cosas que más recuerdo de mi infancia es el asesinato de Colosio. Fue terrible. Yo tenía diez años. Vivía en Playas de Tijuana, en la mera punta del país. Para llegar ahí pasas por una carretera pegada al muro. Entonces era mucho más fácil cruzar la frontera. Había menos vigilancia, esta