Los demócratas requieren nuevos rostros

Apretujado en una abarrotada sala de audiencias del Senado, el público estalló en silbidos prolongados y vítores. Bernie Sanders acababa de unirse a un mitin-conferencia de prensa de “Manos fuera de Medicare” el 7 de diciembre, y los activistas asistentes, principalmente sindicalizados con camisetas a juego, estaban fascinados. Sin embargo, cuando las estrellas del evento, los líderes del Partido Demócrata Nancy Pelosi y Chuck Schumer, subieron al podio, no hubo más que un aplauso cortés.

Esto no pareció perturbar a Schumer, quien tenía la tarea poco envidiable de continuar tras el discurso estimulante de su colega sobre inequidad y la codicia de la “clase multimillonaria”. Después de abrazar a Sanders en su camino al podio, Schumer inició sus comentarios agradeciendo a “mi amigo y colega y también graduado de la preparatoria James Madison de Brooklyn, Nueva York”. Schumer es nueve años más joven, por lo que no coincidieron en la escuela, pero a él le gusta resaltar sus raíces compartidas de Brooklyn. “Bernie estaba en el equipo de atletismo, y ganaron el campeonato de la ciudad”, recordó Schumer, con su acento de Brooklyn más moderado que el de Sanders, a pesar de que este último se mudó a Vermont hace décadas. “Yo estaba en el equipo de baloncesto; no éramos tan buenos. Nuestro lema era ‘Tal vez seamos pequeños, pero somos lentos’”.

A Schumer le gusta sacar a relucir esa anécdota deportiva de la preparatoria cada vez que él y Sanders aparecen en público juntos. Lo hace tan a menudo, que algunos miembros de su personal la saben de memoria. Y el resto de nosotros tal vez ya también, dada la regularidad con que ahora hacen equipo en conferencias de prensa en Washington. Conforme los demócratas lidian con sus desmoralizantes derrotas electorales de 2016, una cosa ya está quedando en claro: este dúo parlanchín, nacido en Brooklyn, son dos de las principales fuerzas que moldean la identidad del partido en la era de Donald Trump.

Instigadores progresistas como Sanders y Elizabeth Warren, senadora por Massachusetts, son lo más cercano a un rostro público que tienen los demócratas justo ahora. Ellos atraen cantidades enormes de seguidores en los medios sociales, pueden amasar dinero de donadores pequeños y disfrutan de atacar al presidente electo en la manera que lo ansía la base del partido. Sanders también tiene una nueva organización política, Nuestra Revolución, administrada por exasesores, para conservar a sus seguidores entre los progresistas. Pero no se equivoque: ni él ni Warren están a cargo. Es Schumer quien sus colegas demócratas esperan que guíe al partido a través de la selva trumpiana.

Como nuevo líder de la minoría en el Senado, Schumer controla la palanca más poderosa que el partido tiene para contrarrestar a Trump. “En la Cámara de Representantes… la minoría simplemente no tiene tanto poder”, explicó un estratega demócrata, quien habló bajo la condición del anonimato porque su compañía no le permite comentar sobre política públicamente. Pero en el otro lado del Capitolio, Schumer tiene una “minoría operativa y funcional que todavía puede ejercer presión y derrotar las políticas republicanas”. Para aprobar la mayoría de las legislaciones (un remplazo al Obamacare, una reforma tributaria, el gasto en defensa) o confirmar a los candidatos a la Suprema Corte, los republicanos en el Senado necesitan alcanzar el umbral de 60 votos requeridos para derrotar una obstrucción (la minoría en la cámara no tiene tal herramienta procedimental). Tras perder dos escaños en noviembre, el Partido Republicano se ha reducido a una mayoría estrecha de 52 votos. Schumer ya ha dicho que está preparado para obstruir a un candidato controvertido para sustituir al difunto juez Antonin Scalia, cuya muerte en febrero pasado dejó un punto muerto de 4-4 en la corte superior. Y convencer a ocho o más demócratas para superar esa amenaza será toda una proeza, por no hablar de ganarse a los demócratas en nuevas propuestas de atención médica o restricciones inmigratorias.

Schumer, por supuesto, enfrenta su propio acto de equilibrista con los demócratas en el Senado, un caucusque incluye a todos desde Sanders, el demócrata-socialista, hasta Jon Tester, un granjero centrista de Montana quien buscará la reelección en 2018. Esa diversidad ideológica fue evidente en el equipo expandido de la dirigencia que los demócratas en el Senado formaron antes del Día de Acción de Gracias. Warren, ascendida a vicepresidenta del caucus, y Sanders, elegido en un nuevo puesto, presidente de compromisos, flanquearon al próximo líder de la minoría cuando este hablaba ante la prensa en el capitolio. Convenientemente, los moderados Mark Warner, de Virginia, y Joe Manchin, de Virginia Occidental, estaban parados más a la derecha de Schumer.

Queda por ver si el equipo expandido de Schumer es más que mero simbolismo, y qué tipo de influencia tendrá Sanders en su nuevo papel. El nuevo puesto del senador por Vermont significa que él “asistirá a todas las reuniones de la dirigencia, lo cual es algo importante”, insiste un asesor de Schumer. “Las decisiones en realidad se toman en esas reuniones”. Un alto asesor de Sanders dice que Schumer y Sanders han hablado todos los días.

Schumer también es una de las pocas personas en el Congreso a quien Sanders, conocido por quisquilloso, podría llamar amigo. “Son personalmente cercanos. Se agradan mucho mutuamente”, afirma el asesor de Schumer. “Chuck ayudó en cierta forma a hacer la paz entre Bernie y Hillary (Clinton) al final de la campaña de votaciones primarias, porque tanto Bernie como Hillary vieron a Chuck como un aliado”. Aun cuando la mayoría de los demócratas en Washington todavía trataban de hallarle sentido a la transformación asombrosa de Sanders de senador ordinario y quijotesco a estrella de rock progresista el invierno pasado, Schumer rápidamente vio el poder detrás de su movimiento y, aun cuando fue un partidario devoto de Clinton, también se acercó a Sanders.

También es revelador que Sanders se ha negado a ir contra Schumer públicamente por los nexos de toda la vida de este último con Wall Street, cosa que detesta el socialista. Cuando se le preguntó al respecto en un desayuno reciente con reporteros en Washington, el senador por Vermont objetó. “Chuck es, en el mejor sentido de la palabra, un político muy bueno”, fue todo lo que dijo Sanders. “Él sabe cómo unir a la gente, sabe cómo aprovechar el momento”.

“Desde el principio, Schumer ha reconocido, más que cualquier otro, el valor que Sanders trae a la plataforma”, dice un asesor de otro demócrata en el Senado. “Él entiende cómo mantener a Sanders en el equipo”. Ello ha sido especialmente evidente en las semanas posteriores a la victoria de Trump. Desde hace mucho conocido más como un sabueso publicitario al estilo neoyorquino que un corredor de poder, Schumer evolucionó conforme escaló en las filas demócratas en el Senado. En su conferencia de prensa conjunta el 7 de diciembre, el próximo líder de la minoría le cedió de buena gana los reflectores a Sanders cuando se le preguntó sobre una legislación de Medicare que los demócratas podrían apoyar. “Para citar de nuevo a Donald Trump, durante la campaña, él dijo: ‘¿No sería una buena idea si Medicare negociara los precios con la industria farmacéutica?’. ¡Vamos a hacerlo que asuma responsabilidad de ello!”, bramó el senador por Vermont, con lo que se ganó un aplauso entusiasta.

Cada vez más, los demócratas usan este tipo de exabruptos económicos para responderle a Trump. Hablar de colaboración se ha ido apagando conforme el presidente electo ha hecho nominación tras nominación que presagia una administración conservadora de línea dura. Los demócratas insisten en que el obstruccionismo no es su única meta. “Por lo menos estamos dispuestos a trabajar con él”, dice el asesor de Schumer. “Él llevó una campaña diferente, y algo de su atractivo fue en nuestros asuntos, y no está en la naturaleza demócrata simplemente decir no”. Pero también aprovechan todo asunto en el que los republicanos han roto con Trump, con la esperanza de abrir una brecha entre los partidarios tradicionales del libre mercado en el partido y las promesas proteccionistas de Trump. “El camino al compromiso entre comillas y trabajar con él es eliminar de él a los republicanos en el Capitolio e ir directamente adonde estaba Trump” en la campaña, dice el asesor de Schumer.

Medicare es un ejemplo obvio. Durante la elección, Trump prometió que no tocaría los beneficios de la Seguridad Social o Medicare, los cuales son populares entre los votantes. Paul Ryan, portavoz de la Cámara, y Tom Price, representante por Georgia y nominado por Trump a presidir el Departamento de Salud y Servicios Humanos, son dos de los defensores más acérrimos de la privatización de Medicare. En las semanas finales de la sesión congresista de 2016, los demócratas también atacaron a los republicanos en la Cámara por abandonar a los trabajadores a quienes Trump prometió proteger. Los demócratas en el Senado amenazaron con paralizar el gobierno después de que los republicanos se negaron a ampliar los beneficios en atención médica de los mineros de carbón por todo un año en un proyecto de gastos temporal (la legislación final amplió esos beneficios hasta abril) y por recortar una disposición de “comprar acero estadounidense” en un proyecto de infraestructura de aguas.

Estos asuntos no solo exponen las fisuras dentro del Partido Republicano; también les permiten a los demócratas enfocarse en lo que les une. Grupos de presión en la izquierda presionan a directivos del partido para que asuman un enfoque más combativo a las nominaciones del gabinete de Trump.

Cory Booker, senador por Nueva Jersey y quien estuvo en la lista de candidatos a la vicepresidencia de Clinton este verano, se prepara para una batalla larga y amarga. “Cada día vamos a tener que levantarnos, abrocharnos el barbiquejo y estar preparados para pelear”, dice Booker a Newsweek.

Pero a otros demócratas emergentes les preocupa que asumir una postura defensiva contra Trump corra el riesgo de repetir los mismos errores que los demócratas cometieron en la campaña de 2016. “Hay mucho trabajo que los demócratas deben hacer para sostener nuestros valores fundamentales como estadounidenses, los valores fundamentales de frente al asalto de Trump”, dice Seth Moulton, representante por Massachusetts. “Pero también tenemos que mostrarles a los estadounidenses un nuevo camino. Quiero que la gente vote por los demócratas porque nos ven como el partido del futuro”, no solo como una alternativa a Trump. Mientras tanto, los demócratas en estados republicanos necesitan logros bipartidistas para recuperar a sus votantes, en especial los diez senadores quienes enfrentarán batallas por la reelección en menos de dos años en estados que ganó Trump.

Sin embargo, en los problemas económicos de la clase media, los estrategas demócratas creen que hay poca división entre sus filas. “Luchar por la preservación y expansión de los beneficios, ese es un asunto desde Bernie Sanders hasta Joe Manchin”, asevera el asesor de Schumer, citando a los miembros más y menos liberales de los demócratas. Y Sanders ha demostrado ser una de las voces más efectivas del partido en justicia económica, algo que los demócratas en el capitolio ahora reconocen. “Él obviamente habló sobre los problemas de una manera que resonó en muchísima gente, por lo que [los demócratas] quieren oírlo en términos de lo que él piensa que funciona”, dice el asesor de Schumer. Y gracias a la campaña incesante del senador por Vermont y su captación de fondos para legisladores progresistas en 2016, él tiene una nueva serie de aliados agradecidos en el Congreso y parlamentos estatales por todo el país.

Sin embargo, pocos demócratas piensan que Sanders solo es la respuesta para cambiar la imagen de un partido que perdió no solo la Casa Blanca, sino muchas gubernaturas y legislaturas estatales, y obtuvo muchos menos escaños en el Congreso de los que se esperaba. “Pienso que Bernie Sanders y Elizabeth Warren son voces increíblemente importantes en nuestro partido, pero no hablan por todos”, dice Moulton. “Si vamos a ampliar la alianza demócrata, entonces también tenemos que oír las voces en el centro, justo ahora”.

El veterano de la guerra de Irak de 38 años ayudó a liderar un grupo de jóvenes demócratas quienes obligaron a Pelosi y su séquito a retrasar las elecciones de la dirigencia del partido en la Cámara de Representantes en noviembre y les dio tiempo para reflexionar sobre su derrota. Como la mayoría en su partido, Moulton cree que los estadounidenses todavía apoyan las políticas demócratas en impuestos, beneficios, trabajo y comercio. “Si tenemos las políticas correctas, pero nuestro mensaje no resuena, entonces tienes que cuestionar tanto el mensaje como al mensajero”, explicó. Los demócratas insurgentes no expulsaron a Pelosi de su percha como líder de la minoría, un puesto que ha sido suyo desde 2002, pero sí obligaron a miembros del partido en la Cámara a expandir sus cuadros de liderazgo para incluir a miembros jóvenes y garantizar a miembros de las bases más poder para darle forma a la agenda del partido.

Los demócratas necesitan desesperadamente de rostros nuevos. Cuán fácil fue, cada vez que Clinton prometió reformas en su campaña, que Trump contraargumentara, de hecho: “¿Por qué no lo hizo antes en sus 30 años en la vida pública?”. Fue un ataque mortal, aunque no del todo justo. En una reunión de presidentes de estados demócratas previamente este mes, Howard Dean, expresidente del Comité Nacional Demócrata, instó al partido a enfocarse en personas de 18 a 35 años, “un grupo que votó por nosotros en mayores cantidades que los otros” y quienes “votarán por nosotros por 50 años”. Y aun así es difícil atraer a esos votantes cuando los mensajeros son tan viejos como los abuelos de la mayoría de los jóvenes del milenio. La edad fue un problema en la campaña de 2016 —Clinton tiene 69 años; Sanders, 75—, y continúa persiguiendo a los demócratas durante su examen de conciencia postelectoral. Warren tiene 67 años; Pelosi, 76. El segundo de ella, Steny Hoyer, tiene 77. Schumer cuenta con unos relativamente juveniles 66 años. “Solo seamos honestos, ese no es el Partido Demócrata del futuro”, dice Moulton.

Sin embargo, reorientar el partido hacia su base de jóvenes del milenio es un proceso a largo plazo, el cual requerirá no solo elevar voces más jóvenes, sino también reconstruir la delgada bancada demócrata, diezmada por años de derrotas a escala estatal. La selección de un nuevo presidente del Comité Nacional Demócrata, programada para febrero, es otro paso. Al momento es una contienda abierta. Keith Ellison, representante liberal de Minnesota, es el favorito de Sanders y Warren, pero Tom Perez, pronto a ser el exsecretario del Trabajo, acaba de unirse a la competencia, y podría ser capaz de unificar a los dirigentes del partido. El debate entre los candidatos será otra oportunidad para que el partido debata su identidad.

No obstante, por ahora, el septuagenario Sanders es lo más cercano a un encantador de jóvenes del milenio que tienen los demócratas, otra razón por la cual Schumer está contento de tenerlo enfrente de las cámaras.

Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek