”ANICETO MORA era regalado. No era hijo, ni huérfano, ni adoptado. Soy regalado, decía siempre”. Con estas frases, que se forjaron a partir de una vivencia real, arranca Huracán, la nueva novela de la escritora regiomontana Sofía Segovia.
“En una circunstancia muy peculiar conocí a un hombre que se presentó conmigo y me dijo, antes que nada: ‘Fui regalado’ —cuenta Segovia en entrevista con Newsweek en Español—. Y esa inquietud, saber qué hace a un hombre de 40 o 50 años al presentarse como regalado antes de siquiera mencionar su nombre, detonó la historia”.
Publicada recientemente por la casa editorial Lumen, Huracán da cuenta de la historia de Aniceto Mora, el Regalado. Hijo de un individuo sin escrúpulos, y nacido en el seno de una familia asolada por la pobreza extrema y el resentimiento, Aniceto es abandonado a su suerte, por lo que su infancia transcurre entre la pobreza, el desdén de los adultos y el característico olor que emana de su oficio como cuidador de puercos. A la par, la obra narra cómo un huracán arrasa la paradisiaca isla de Cozumel y deja a su paso tragedia, horror y destrucción en una noche en la que emergen miedos insospechados, rencores profundos y heridas que jamás cicatrizaron de una sociedad convulsionada por los prejuicios, la apatía y el egoísmo.

Fotografía: Antonio Cruz/NW Noticias.
“La obra es un huracán en varios sentidos —aclara la autora—. Lo que sucede es que hay mil maneras de vivir un huracán, pues hay tormentas que se gestan dentro o alrededor de uno, aunque no sean climáticas. Aniceto es un personaje que vive dentro de un huracán, tiene un huracán dentro y enfrentará un huracán climático. Pero, sobre todo, se trata de sentenciar cómo enfrentamos las tormentas que llevamos con nosotros, hasta dónde las dejamos escalar y que dominen nuestra vida”.
Sofía Segovia concluyó esta obra en el año 2003, pero no tuvo la fortuna de hallar un editor interesado en leerla, mucho menos en publicarla. Por ello la guardó, pero nunca la olvidó, en el cajón de los pendientes, de donde pudo desempolvarla en 2010, cuando el gobierno del estado de Nuevo León, vía el Consejo para la Cultura y las Artes, lanzó una convocatoria para promover el talento local. La escritora presentó la novela, aprobó el dictamen, y el Conarte publicó una edición de muy pocos ejemplares que no cruzaron los cerros de Monterrey.
Empero, la autora, comunicóloga de profesión, posteriormente escribió su multipremiada novela El murmullo de las abejas, cuyo éxito le abrió la puerta a la reedición de Huracán. “Por eso digo que esta novela se ha ido por el camino más largo, pero ya llegó, y creo que a muy buen tiempo. Todo sucede por algo y todo sucede cuando debe suceder, pues creo que ahora Huracán es más vigente y llegará a ser más comprendida que cuando la escribí”.

Fotografía: Antonio Cruz/NW Noticias.
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—¿Por qué la obra, Sofía, es una sentencia de prejuicios y estereotipos?
—La novela trata de muy diversos personajes, de los diversos caminos de la vida, hasta de las diversas geografías que coinciden en Cozumel cuando está a punto de llegar un huracán. A esta isla llegan muchos turistas, algunos extranjeros y otros locales, y todos coinciden en algo, a pesar de parecer tan distintos: cargan un bagaje muy pesado, el de los estereotipos y los prejuicios. Esta es una historia de personajes y situaciones que contrastan, de contrastes entre países, entre hombres y mujeres, entre gente de diferentes lugares y del mismo Cozumel. Todos cargan un huracán en su bagaje. Son estereotipos que unos rechazan y a otros les duelen, pero a los que se aferran. Entonces el huracán es, para todos, una oportunidad de aligerar su bagaje, de liberarse si dan un paso para salir de su propia tormenta.
—¿Esta novela fue creada de una idea por completo original? Lo pregunto porque pareciera tener pinceladas de Macondo, de Jean-Baptiste Grenouille, de Jean Valjean…
—A mí los modelos no me gustan. Lo que sí creo es que, así como somos lo que comemos, somos lo que leemos. No me gusta imitar ni a Gabriel García Márquez, ni a Patrick Süskind, ni a Víctor Hugo, ni a nadie. Pienso que ese es el primer y el peor error que puede cometer un escritor porque te puede petrificar. Ahí sí debemos hablar de la página en blanco, uno debe de escribir y liberarse de todo, escribir con libertad y sin miedo, pues a mí me daría miedo que García Márquez o Víctor Hugo estuvieran viendo por encima de mi hombro.
“En cuanto a las sensaciones y aromas en la novela —ahonda— creo que se deben a que tengo esa tendencia y esa manera de escribir, vivir la historia a través de los sentidos. Me sale natural porque es algo que vivimos; en la realidad los seres muchas veces perdemos el contacto con nuestros sentidos, sin embargo, ahí están en nosotros. A veces acudimos a la literatura para darnos cuenta de lo que nos rodea, para redescubrir el olfato, las sensaciones, porque en la vida diaria no tenemos tiempo. Y en una historia bien contada nos ponemos en contacto con nuestros cinco sentidos”.

Fotografía: Antonio Cruz/NW Noticias.
—Además la novela echa abajo el telón de Cozumel como una isla encantadora, ¿cierto?
—Para mí todo ha sido fantástico en Cozumel, pero sí puedo ver que lo que es un paraíso para alguien puede ser un infierno para otros. Por eso yo quería recalcar el antes y después de esta isla que tuvo que ser descubierta para existir. La historia, que empieza con un niño regalado antes del arribo del turismo, se va convirtiendo en un huracán, y el niño en anciano, y luego los turistas abandonan la isla después del huracán porque la cosa está muy incómoda, huele feo, no hay agua, etcétera. Pero los que se quedan, abandonados, son los residentes de la isla porque el gobierno primero atiende a los turistas. Todo eso quería yo, un homenaje a Cozumel y un llamado de atención porque cuando los turistas llegan esperan ser atendidos por los lugareños, pero estos también merecen su atención.
—¿Es, entonces, un llamado a quienes se creen marcados por la fatalidad?
—Es un reclamo porque me duele muchísimo que haya gente que crea que la primera palabra que los definió sea “destino” —finaliza Segovia—. Eso sucede mucho en este país y ya debemos cambiar el discurso. Y es un homenaje a la gente que dentro de ese discurso sí ve el rayo de luz y decide liberarse de los estereotipos, prejuicios y definiciones que se les han dado.

Foto: Especial.