LOUIS PICKER cruzó furioso por la casa, regañó a sus perros y se sentó al pie de la escalera, abatido. “Ya no puedo hacerlo”, le dijo a su esposa.
“Claro que puedes”, respondió la mujer.
“No va a funcionar”, insistió él.
“Funcionará”, respondió ella. “Funcionará”.
Picker ha tenido esta conversación varias veces con su esposa, Belinda Beresford, porque después de 30 años de investigaciones, el inmunólogo de 59 años está a punto de iniciar ensayos clínicos humanos con una vacuna que podría detener el sida, una epidemia que se ha convertido en casi un recuerdo décadas después que comenzara a diezmar a los varones homosexuales de Estados Unidos. Debido a un régimen de medicamentos antirretrovirales que permite que las personas con VIH lleven vidas largas y saludables, así como a décadas de intentos fallidos para desarrollar una vacuna, muchos en el mundo desarrollado han caído en la complacencia. Hoy día, gran parte de la labor de Picker consiste en competir por subsidios de fondos de investigación cada vez más escasos, a fin de mantener funcionando su laboratorio en Oregon Health & Science University. Para conseguir esos subsidios debe demostrar, continuamente, que su estrategia poco ortodoxa para crear una vacuna podría funcionar, lo que significa que necesita una serie de victorias en el laboratorio. “La ciencia tiene altas y bajas”, dice. “Y solo recompensan las altas”.
Los logros de cada día son cruciales. La vacuna de Picker ha demostrado resultados notables en macacos Rhesus, resultados que los investigadores en VIH observan con mucha atención. “Existe el fuerte consenso de que es una de las dos o tres estrategias prometedoras que tenemos en el campo”, comenta Guido Silvestri, prominente inmunólogo en la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory. “No es una simple investigación en monos”.
Pero no es lo bastante prometedora, y una mañana difícil en el laboratorio podría dar al traste con todo. “A veces, duda de sí mismo”, dice Beresford. “Está cansado. Tiene un hijo revoltoso de 6 años. Se siente culpable porque no pasa suficiente tiempo en casa”.
Por fortuna, Picker es persistente y Beresford, paciente. Se casaron hace unos ocho años y todavía no se han ido de luna de miel. Después que el inmunólogo amonesta a sus perros esa noche, ella le sirve una copa de Laphroaig, su escocés favorito y se sienta con él en una habitación de huéspedes, donde una pared está decorada con cinco bicicletas antiguas de acero, de la marca Colnago. Picker sorbe el whisky y contempla sus bicicletas, confiando en que algún día dispondrá del tiempo para montarlas cada mañana. Mas no tendrá ese lujo hasta que pueda demostrar a Thabo, su hijastro huérfano por el sida, que tiene razón. “LP lo hará”, suele decir el chico de 17 años. “LP parará al sida”.

LA MARCHA DE LOS VIVOS: Décadas después de que comenzara a diezmar a los varones homosexuales de Estados Unidos, el sida se ha convertido en casi un recuerdo en el mundo desarrollado. La razón principal: los medicamentos que permiten que los individuos infectados con VIH lleven vidas largas y saludables. FOTO: GREG SMITH/CORBIS/GETTY
UN ENEMIGO ASTUTO
Picker conoció a Thabo en Johannesburgo, en 2009, pocos meses después de conocer a Beresford, una reportera que lo entrevistó para un reportaje. Ella adoptó a Thabo cuando tenía 2 años. Era un niño testarudo, independiente, con grandes ojos castaños, libre del virus, aunque su madre biológica tenía sida. Thabo recelaba de los extraños, así que cuando Picker llegó al aeropuerto para conocerlo, llevaba dos maletas. En una guardaba su ropa. La otra contenía guantes de béisbol y una pelota de fútbol americano para atraer al chico, entonces de 9 años.
Transcurridos 7 años, Picker vive en Portland, Oregón, con Beresford, Thabo y otros cinco hijos, cuatro de relaciones previas y uno que concibieron juntos. Mucho antes que la familia tomara forma, Picker trabajara para detener la diseminación del VIH. Su lucha inició durante su residencia en Boston, a principios de la década de 1980, en los primeros años de lo que sería la epidemia global del sida. “Entonces era como un rumor”, recuerda Picker. “Se avecinaba la tormenta”.
En 1984, Margaret Heckler, secretaria de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, manifestó la esperanza de que la tormenta amainaría, que la ciencia tendría una vacuna para VIH en un par de años. En vez de ello, transcurrió una década y para 1994, el sida emergió como la primera causa de mortalidad entre estadounidenses de 25 a 44 años. En las últimas tres décadas, cuatro vacunas han alcanzado la etapa de ensayos clínicos, pero ninguna llegó al mercado.
Picker publicó su primer artículo sobre sida en 1985, mas desvió su atención de la enfermedad e ingresó en Stanford para estudiar inmunopatología y hematopatología. Pero al transcurrir los años, personas próximas a él —un primo, un compañero de clase, un amigo— murieron de sida y eso “tuvo un impacto en mí”, dice. “Te afecta de manera muy distinta que cuando alguien tiene 90 años y muere de cáncer. Se vuelve personal. Es una lucha titánica contra un enemigo muy astuto”.
Para 1993, los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés) comenzaron a buscar inmunólogos interesados en la investigación del sida (hasta entonces, el campo estuvo dominado por virólogos, quienes entendían mejor al vector y al virus que la respuesta del sistema inmunológico). La agencia ofreció subsidios para combatir el problema. “Cambié de inmediato”, recuerda Picker.
Dos años después, empezó a trabajar en un nuevo enfoque para estudiar las células T, que nos mantienen sanos recordando cómo combatir a los patógenos (microorganismos que causan enfermedades) con los cuales ya nos hemos topado. Cada vez que encuentran un patógeno, las células T específicas del agresor se activan, multiplicándose y migrando por la sangre hacia los tejidos.
Cuando los patógenos estimulan a las células T, estas responden enviando pequeñas moléculas llamadas citoquinas para combatir la infección. Picker ideó un método para entender a las citoquinas que están dentro de las células T, el cual “revolucionó el campo de la inmunología”, asegura Andrew Sylwester, administrador del laboratorio de Picker, “aunque no quiere llevarse el crédito”. Su “citometría de flujo de citoquina” permite que él y otros científicos no solo cuenten las citoquinas, sino también que conozcan su función.
Ahora, Picker necesitaba un virus para probar su técnica. En esos días, era muy difícil obtener sangre de sujetos VIH positivos, y los expertos asumían, erróneamente, que la función del sistema inmunológico de los individuos infectados con el virus estaba muy deteriorada. Así que pensó en las paperas, pero pronto encontró un adversario digno: el citomegalovirus (CMV), un virus de la familia del herpes. Era ideal, porque la mitad de la población estadounidense está infectada con ese virus, y la mayoría es asintomática.
Su método funcionó, y sirvió para que los investigadores estudiaran la manera como CMV afectaba al sistema inmunológico. Estudios previos revelaron que las células T respondían al virus, pero hasta que apareció Picker, nadie había podido examinar la calidad y la cantidad de la respuesta de esas células. En 2001, Picker replicó los resultados del ensayo CMV usando sangre de sujetos VIH positivos; entre tanto, cientos de miles de personas con SIDA seguían muriendo cada año.

¿LA CURA? Picker, un inmunólogo renombrado, está a punto de iniciar ensayos clínicos humanos con una vacuna que podría detener el virus del sida. FOTO: OHSU/BOONE SPEED
EL HERPES PUEDE AYUDAR
Mientras Picker continuaba su investigación, otros científicos desarrollaron una serie de fármacos antirretrovirales que, paulatinamente, transformaron al VIH en una enfermedad crónica en vez de un contagio mortal, al menos en el mundo desarrollado. Pero el sida sigue matando a mucha gente en todo el mundo; en gran medida, porque la mayoría de los infectados en países más pobres no tiene acceso a esos medicamentos. Según la Organización Mundial de la Salud, 1.1 millones de personas murieron de sida en 2015. En Estados Unidos se diagnostican 50 000 casos nuevos de VIH cada año, mientras que la cifra de casos nuevos en todo el mundo asciende a 2 millones. Cada vez que se publican noticias sobre la investigación de Picker, el inmunólogo se ve abrumado con llamadas telefónicas de pacientes infectados por el virus, sus amigos y familiares. “¿Puedo participar en su ensayo clínico?”, le preguntan. “Por favor, ¿puede salvar a mi hijo?”.
Hoy día, mucho de la investigación en VIH se enfoca en encontrar antirretrovirales más eficaces. Y los esfuerzos para desarrollar una vacuna se han centrado en generar anticuerpos que identifiquen patógenos en la sangre; acabar con una infección antes que se establezca; o en manipular células T para combatir al virus. Por ejemplo, la vacuna contra el sarampión estimula las células T como respuesta a la inoculación, después de lo cual regresan a un estado de reposo. “Los soldados vuelven al cuartel”, dice Picker. Cuando el patógeno reaparece, las células T se reactivan. “Cogen sus rifles y se arman, y eso puede demorar dos semanas”.
En la lucha contra el VIH, las células T se ven superadas en armamento. El virus se replica rápidamente y es “inmuno-evasivo”; eso significa que puede abrumar o esquivar los intentos de ataque del sistema inmunológico, impidiendo que las células T tengan tiempo para montar una defensa adecuada antes que el virus es establezca. Peor aún, el VIH se adhiere a las células T, de modo que la respuesta de las células a un ataque de VIH resulta en su propia destrucción: conforme las células T proliferan, diseminan al virus.
La investigación CMV de Picker lo llevó a cuestionar si podía engañar a las células T para iniciar y mantener una respuesta “armada” contra un virus al que nunca habían estado expuestas. Eso permitiría que las células T reaccionaran, rápidamente, al enfrentar por primera vez una infección por VIH. Y CMV ofrecía una posibilidad nueva, pues ese virus requiere de un esfuerzo extraordinario por parte de las células T; es por eso que 80 por ciento de la población es portadora asintomática (tiene el virus sin desarrollar síntomas).
Los principales investigadores en VIH opinan que esta estrategia podría combinarse con una vacuna más convencional basada en anticuerpos. Dan Barouch, director del Centro de Investigación para Virología y Vacunas, en Beth Israel Deaconess Medical Center de Boston, creó una de esas inmunizaciones, que está a punto de iniciar ensayos clínicos humanos. Su método se fundamenta en los anticuerpos, los cuales tienen muchas dificultades para detectar al VIH, que es rápido y mutable. No obstante, la combinación de su vacuna con la estrategia de Picker podría ser eficaz: el método de los anticuerpos podría prevenir algunas infecciones, y la técnica de Picker podría acabar con las que logren pasar. “El programa de Louis es uno de los esfuerzos más creativos, innovadores y de mayor impacto en este campo”, afirma Barouch. “Sus datos son muy prometedores”.
Pero hasta ahora, solo en los macacos.

NO SON MONERÍAS: La vacuna de Picker ha producido resultados notables en macacos Rhesus que, en opinión de investigadores en sida, son muy prometedores. FOTO: WINSTON ROSS PARA NEWSWEEK
SANGRE Y MONOS
Picker ha trabajado desde hace más de 15 años en el Centro Nacional para Investigación de Primates de Oregón, hogar de 5000 macacos Rhesus, 21 babuinos y lo más importante, Jay Nelson, uno de los expertos mundiales en CMV.
Sobre una mesa de acero en las entrañas del laboratorio de Beaverton, Oregón, los investigadores sedan a tres hembras Rhesus para extraer su sangre sin lastimarlas. Cada cual tatuada con un número que las identifica, todas fueron inoculadas con la vacuna CMV de Picker para determinar si podrán combatir al virus de inmunodeficiencia simiesca (VIS), la versión VIH de los simios. La vacuna actúa añadiendo genes de VIH a una variante CMV debilitada, la cual engaña a las células T para que se armen para combatir al virus.
En 2008, dos años después que Picker empezara a inocular monos contra VIS, cuatro de los 12 macacos inoculados demostraron que su vacuna funcionaba: los niveles de infección se redujeron al mínimo y VIS no se estableció. Los resultados mejoraron cuatro años más tarde. De los 150 animales inoculados, más de la mitad se habían curado. Los resultados de Picker fueron publicados inicialmente en la revista Science y después en Nature, en 2013. “Es un resultado impresionante desde la perspectiva biológica”, afirma Marcel Curlin, especialista en enfermedades infecciosas de Oregon Health & Science University. “Por primera vez, [Picker] entrenó el sistema inmunológico para erradicar un virus de un animal infectado. Envió ondas de choque tremendas por la comunidad VIH, y generó un entusiasmo enorme y gran energía para seguir avanzando en el programa”.
Estos resultados con monos son parte de las noticias más prometedoras en la investigación VIH desde el ensayo clínico que se llevó a cabo en Tailandia, entre 2003 y 2009. Aquel ensayo combinó dos vacunas, y ese cóctel redujo la tasa de infección de los participantes en 31 por ciento. Fue alentador, pero no lo bastante bueno para producir una vacuna comercializable.
Entonces se recibieron noticias terribles, de otro ensayo clínico. Entre 2004 y 2007, 3000 pacientes considerados con alto riesgo de desarrollar VIH se inscribieron en un estudio para probar una vacuna desarrollada por la farmacéutica Merck. El objetivo no era prevenir la infección, sino controlar la carga viral posterior a la infección, a fin de prolongar la supervivencia. No funcionó. La vacuna no solo fue incapaz de detener a virus, sino que la tasa de infección fue 48 por ciento mayor en el grupo inoculado que en el grupo placebo. Los investigadores quedaron consternados. “Merck se retiró por completo [del campo de investigación en VIH]”, dice Curlin. “Cerró muchos programas. Mucha gente cambió de carrera”.
Para Silvestri, hay una moraleja: “Es muy difícil hacer una vacuna. El campo es mucho más pesimista desde los ensayos clínicos de Merck”.
Sin embargo, Picker no se deja intimidar. “Predije el resultado del ensayo clínico de Merck. Sabía que no funcionaría. Era una vacuna de células T, pero muy distinta de nuestra vacuna de células T. No me desalienta en absoluto”.
A pesar de ello, preguntó a Tony Fauci, director de NIH, si el ensayo clínico de Merck interferiría con el apoyo para un trabajo similar, si la comunidad de investigación se daría por vencida. La respuesta de Fauci: “No vamos a rendirnos. Vamos a redoblar esfuerzos”.

COMBATIR VIRUS CON VIRUS: La investigación de Picker lo llevó a cuestionar si podía engañar a las células T para iniciar y mantener una respuesta “armada” contra un virus al que nunca habían estado expuestas. FOTO: WINSTON ROSS PARA NEWSWEEK
COSTOSO, LENTO Y FRUSTRANTE
En el laboratorio de desarrollo temprano del centro de primates, Wilma Pérez, asociada de investigación de Picker, pasa los días infectando decenas de frascos de cultivos celulares con CMV, a veces hasta 150 en un día. Antes de entrar en una de las áreas altamente sensibles del laboratorio, tiene cuidado de ponerse ropa protectora, botines, mascarilla y guantes, pues cualquier tipo de contaminación —con micoplasmas, hongos, mohos, bacterias— podría arruinar el proceso y demorar la producción de la vacuna. Y ya que el virus tarda semanas en desarrollarse, no hay tiempo que perder.
El laboratorio de Picker opera contra reloj para obtener suficiente cantidad de la vacuna antes que inicien los ensayos clínicos, porque los subsidios podrían agotarse. Oregon Health & Science University compite contra instituciones más prestigiosas, con mucha más experiencia en el campo. Y también existe el peligro de perder ese apoyo a medida que el virus se vuelva un problema predominante de países en desarrollo. Eso quiere decir que la investigación de Picker tiene que producir más resultados lo antes posible, de modo que ni él ni los 25 miembros de su personal conocen el significado de una semana de trabajo “normal”.
Los resultados del equipo son prometedores, pero necesitan mejorarlos antes de introducir una vacuna en el mercado. “Solo funcionó en 50 y 60 por ciento”, señala Picker, refiriéndose a los resultados con macacos. “¿Cómo obtener el 100 por ciento?”.
Tal vez Picker tenga prisa, pero no puede apresurar a la ciencia. “Si tuviera otros 40 años, estaría absolutamente seguro de que funcionaría. [Pero] quiero lograrlo en los próximos 10 o 12 años. Solo hace falta que alguien de NIH o en un nivel importante de la Fundación Gates diga se acabó, esto no funciona, y estamos acabados”.
Por lo pronto, puede seguir adelante. En junio, NIH otorgó a Picker 14 millones de dólares para que continúe su trabajo (Barouch recibió la misma cantidad); una cifra generosa que se suma a la subvención de 25 millones de dólares que obtuvo, en 2014, de la Fundación Bill y Melinda Gates. Sin embargo, Picker calcula que los ensayos clínicos humanos costarán 10 veces más, por lo que no puede detener la recaudación de fondos. “Es muy costoso. Es muy lento. Es muy frustrante”, protesta. “No se trata se diseñar un iPhone nuevo. Esto es algo que la naturaleza ha estado diseñando durante millones de años, mediante errores iterativos, y nuestra tarea es tratar de descifrarlo”.
Si su vacuna funciona en humanos –—y Picker se siente optimista—, podría combinarse con fármacos u otras vacunas para curar la infección viral eficazmente. Y, en teoría, el experimento CMV de Picker también podría ser útil contra otras enfermedades: tuberculosis, malaria, herpes simple 2, hepatitis B y tal vez, incluso, algunas formas de cáncer, porque todas esas enfermedades atacan a las células T de manera similar. “Imagina que tienes un soldado con un arma”, explica Picker. “El arma es igual, pero ahora, el soldado tiene gafas que pueden visualizar al enemigo X, Y o Z”.
Con todo, a fin de desplegar a los soldados de Picker en el mundo real, se necesita crear una vacuna que no solo funcione, sino que pueda producirse a un precio tan bajo que las farmacéuticas obtengan beneficios. “El gobierno no hace vacunas”, señala. “Las grandes farmacéuticas son las que hacen vacunas. Y las grandes farmacéuticas no quieren costear investigaciones; solo quieren entrar y tomar el control”.
Picker estaría feliz de que eso ocurriera, porque la comercialización es la única manera como su vacuna salve vidas. Y así, tal vez, por fin podría irse de luna de miel.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek