En el debate de Clinton y Trump, la política fue la perdedora

El segundo debate por las elecciones presidenciales de Estados Unidos fue publicitado como una lucha de pesos pesados. Supongo que lo hicieron ante la eventualidad de que fuera un empate. No obstante, el claro perdedor fue el proceso político estadounidense.

Esta elección sigue siendo un viaje en la montaña rusa, donde el electorado estadounidense pasa de la emoción a la náusea con el devenir de los acontecimientos. Los dos días que precedieron al debate causaron más dramatismo que el generado en dos años por casi cualquier ciclo electoral, todo por la emoción casi histérica de los medios y la “clase erudita”.

El discurso político normal fue abandonado poco más de 48 horas antes que iniciara el debate, cuando emergió un video de Trump diciendo que el estrellato le había empoderado para agredir sexualmente a las mujeres con impunidad. La tormenta política y mediática que se desató alcanzó un pico febril apenas una hora antes del debate, cuando Trump montó una conferencia de prensa con tres mujeres quienes afirmaron haber sido agredidas sexualmente por Bill Clinton. Y luego, Trump las llevó consigo al debate. Olvídate de metáforas de boxeo; esto fue un debate presidencial convertido en reality show.

El debate recurrió a un formato llamado “town hall”; eso significa que los candidatos respondían preguntas del auditorio y podían moverse libremente por el escenario mientras hablaban. Sin embargo, aunque el formato tal vez pretendía que el debate fuera más moderado, lo que produjo fue un espectáculo repugnante y pernicioso desde el principio. De hecho, los candidatos incluso se negaron a estrecharse las manos cuando entraron en escena.

Mantener el control

Clinton tuvo su momento más fuerte al responder las preguntas iniciales sobre la actitud de Trump hacia las mujeres. En repetidas ocasiones, el moderador, Anderson Cooper, preguntó a Trump si estaba defendiendo o alguna vez había perpetrado alguna agresión sexual. Al principio, el magnate no respondió, y dijo varias veces que había sido una “charla de vestidores”, para luego desviar el tema, de manera muy extraña, a repetidas afirmaciones de que atacaría al Estado Islámico. A la larga, cuando volvieron a preguntarle si alguna vez había atacado sexualmente a las mujeres, contestó: “No, no lo he hecho”. Así pues, no se disculpó.

Después que Trump arremetió con: “Nunca ha habido, en la historia de la política de esta nación, alguien que haya abusado tanto de las mujeres” como Bill Clinton (quien, después de todo, estaba en el salón), su contrincante respondió con un comentario preparado cuidadosamente, diciendo que a diferencia de cualquier candidato republicano que jamás hubiera enfrentado, Trump no era apto para servir. También se aseguró de resaltar que, además de las mujeres, Trump había atacado a muchas minorías: musulmanes, mexicanos, prisioneros de guerra, y así, sucesivamente.

No obstante, pese a su pobre nivel –cosa que él mismo reconoce-, Trump se mostró relativamente disciplinado. Se negó a caer en el tipo de trampa que lo desequilibrara cuando los dos candidatos se enfrentaron por primera vez, y mantuvo la calma con un mantra que repitió durante todo el debate: “Solo son palabras, amigos”.

Repitió, insistentemente, que Clinton tuvo 30 años en la política para hacer mucho de lo que ahora prometía hacer en su campaña por la presidencia y que, hasta ahora, ha fracasado. Fue una táctica fuerte, y le ayudó a maniobrar en temas que estaban peligrosamente en su contra. En cuanto a que no había pagado sus impuestos, se limitó a decir que solo hace lo mismo que los amigos de elite y los donantes de Clinton.

Produjo algunas frases bastante decentes (“Lincoln nunca mintió, como tú”) y lo más importante, se limitó a expresar ideas simples (“Clinton está aumentando sus impuestos y yo estoy bajando sus impuestos”).

La verdad no importa

Por momentos, Clinton estuvo a punto de perder los estribos cuando Trump la atacó por sus supuestos 30 años de inactividad, y al fin presentó una lista de sus logros como senadora y secretaria de Estado, sobre todo en salud infantil y derechos de las mujeres. Resaltó que había firmado 400 legislaciones, y enfatizó su capacidad para trabajar con ahínco en esfuerzos bipartidistas.

A todas luces, había preparado sus fórmulas. Muchas veces comenzó a responder a los comentarios de Trump diciendo “mucho de eso no es cierto”, y en numerosas ocasiones pidió al público que verificara la información de las declaraciones de Trump (muchas de las cuales han sido declaradas como engañosas o falsedades descaradas). En determinado momento, recordó la admonición que nos dio Michelle Obama, al decir que “cuando ellos caen muy bajo, nosotros subimos muy alto”. Fue obvio que trató de seguir el consejo al abstenerse de interrumpir a Trump, quien (igual que en el primer debate) la obstaculizó continuamente.

La estrategia de Trump fue de un hostigamiento palmario (“Cuando sea presidente haré que un procurador especial investigue a Hillary”). Reprendió a Clinton con frecuencia; improvisaba de manera errática cuando ella hablaba; y por momentos, recorría el escenario y se detenía con actitud amenazadora detrás de la candidata. A pesar de eso, nunca cayó completamente en la incoherencia como ocurrió en la primera ronda, y conforme se desarrollaba el debate, Clinton parecía estar cada vez más a la defensiva.

Los medios estadounidenses hervían por un resultado melodramático o decisivo, ansiosos por promover una de dos narrativas: que Trump, al fin, había tocado fondo o bien, que había tenido un resurgimiento milagroso. La verdad (al menos, lo que queda de ella) es que ninguna de esas narrativas es digna de crédito.

Trump sobrevivió para seguir en la lucha, pero tal vez hizo nada para atraer a los votantes nuevos que necesita para ganar. Y entre tanto, tendrá que rezar porque no surjan nuevas revelaciones de su depredación sexual, y porque el escándalo actual que se cierne sobre él pierda fuerza de alguna manera.

Por su parte, los dirigentes republicanos están obviamente preocupados porque el escándalo podría contaminar a los candidatos que comparten la boleta electoral, y pone en riesgo sus mayorías en el Congreso. Muchos de esos candidatos abjuraron de Trump desde que se filtraron sus jactancias misóginas, y si las cosas no mejoran, muchos más podrían abandonar el barco.

En teoría, las cosas lucen nada bien para Trump, pero bien visto, los sucesos de estas elecciones han violado todos los principios de la sabiduría convencional en cuanto al funcionamiento de la política estadounidense. Vivimos lo que parece cada vez más una era “post-factual”, en la que se desatan escándalos sin que haya una rendición de cuentas, y los hechos son acallados por la ideología. Como diría Trump: “Solo son palabras, amigos”.