CUANDO EL PAPA escribió en una encíclica el año pasado que la Tierra está “entre los pobres más abandonados y maltratados”, Myron Ebell consideró de inmediato este hecho como una oportunidad para atacar. El Vaticano “parece haber olvidado” que “poner al mundo en una dieta de inanición energética relegaría a miles de millones de personas a una perpetua pobreza energética”, escribió Ebell en un blog del Instituto de Empresas Competitivas. El calentamiento global podría ser negativo, añadió, pero “las políticas sobre el calentamiento global… serán, casi con seguridad, catastróficas”.
Ebell, director del Centro de Energía y Medio Ambiente del Instituto de Empresas Competitivas y prominente escéptico del cambio climático, fue elegido a finales de septiembre para encabezar el equipo de transición de la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés) si Donald Trump es elegido presidente. Esto no significa necesariamente que tendrá alguna función en la EPA durante el régimen de Trump pero, al menos, podría estar en posibilidades de poblar a la agencia con funcionarios que compartan sus puntos de vista y los de Trump, para quien el medio ambiente no ha sido un tema de su campaña, pero que ofrece objetivos y propuestas en un sitio web de su campaña. Sus planes aparecen en una lista que puede hallarse bajo una pestaña titulada “Energía”. No existe ninguna pestaña etiquetada como “Medio ambiente”. Y sus propuestas se relacionan más con el fomento a la producción de energía que con la conservación. No dice nada acerca de la emisión de gases de efecto invernadero.
La dura reprimenda de Ebell contra el Papa, en especial este Papa, reverenciado como defensor de los pobres, así como sus otros escritos, ofrecen un vistazo de cómo lucirá una EPA en un gobierno de Trump, tanto en sustancia como en estilo. Será profundamente distinta a la forma en que la agencia ha lucido durante el régimen del presidente Barack Obama y estará profundamente en contra con el consenso científico.
El nombramiento de Ebell para encabezar el equipo de transición se produjo mientras Trump tartamudeaba para negar un tuit que publicó en 2012 y en el que escribió que “el concepto del calentamiento global fue creado por y para los chinos con el objetivo de hacer que la fabricación en Estados Unidos no resulte competitiva”. En el primer debate presidencial realizado el 26 de septiembre, la candidata demócrata Hillary Clinton lo acusó de afirmar que el cambio climático era un fraude perpetrado por los chinos. “No lo hice. No lo hice. No dije eso”, respondió, afirmando después que el tuit había sido “una broma”.
Ebell es descrito en ocasiones como el principal negador del cambio climático y se deleita con ello, alardeando en su biografía que ha sido calificado como uno de los principales “engañadores” sobre el cambio climático y como “villano del mes” por un grupo ambientalista. David Goldston, analista de política del Fondo de Acción del Consejo de Defensa de los Recursos Naturales, señala que Ebell “no cree en el cambio climático y desea revertir los avances que hemos logrado en la protección ambiental, y diezmar, sino es que destruir completamente, a la Agencia de Protección Ambiental”. El Instituto de Empresas Competitivas, que es el organismo en el que trabaja Ebell “ha hecho todo lo posible desde el punto de vista político y a través de litigios para bloquear cualquier avance sobre el clima y para tratar de acosar a cualquier persona que pretenda avanzar” señala Goldston.
Ebell también es presidente de la Coalición Cooler Heads (Cabezas frías), conformada por más de dos docenas de grupos sin fines de lucro “que cuestionan el alarmismo del calentamiento global y se oponen a las políticas de racionamiento energético”, de acuerdo con el sitio web de la coalición. Estas posturas coinciden perfectamente con los objetivos de Trump, entre los que se incluyen “salvar” a la industria del carbón, revivir la construcción del oleoducto Keystone XL y expandir la perforación petrolera en aguas profundas.
Ebell ha atacado prácticamente todos los aspectos de las políticas y logros ambientales de Obama. Ha dicho que la decisión del presidente de firmar el acuerdo climático de París en septiembre, en el que las naciones firmantes se comprometen a realizar importantes reducciones en sus emisiones de gases de efecto invernadero, que son los responsables del cambio climático, fue “claramente una usurpación inconstitucional de la autoridad del Senado”, debido a que los tratados deben ser aprobados por dos tercios del Senado. (La Casa Blanca argumentó que se trata de un acuerdo y no de un tratado). En un discurso pronunciado en agosto en el Club Económico de Detroit, Trump dijo que cancelaría el acuerdo y suspendería todos los pagos de dinero recaudado mediante impuestos a los programas de Naciones Unidas para el cambio climático.
Estos y otros puntos de vista sobre las políticas relacionadas con el clima y el cambio climático que Ebell ha apoyado durante décadas son completamente contrarios al consenso científico. Ebell también afirma que los posibles remedios son peores que la enfermedad, otra postura poco sustentada en los hechos. Los científicos han recopilado montañas de pruebas que demuestran exactamente lo contrario, es decir, que evitar el calentamiento global podría ser difícil, pero no hacer nada sería mucho, pero mucho peor. Los modelos informáticos del clima futuro pronostican que las temperaturas promedio en la superficie de la Tierra podrían aumentar entre 2 y 6 grados Celsius para finales del siglo XXI. Esto basta para modificar los patrones de lluvia, acelerar la erosión en las costas, derretir los casquetes polares y los glaciares y elevar el nivel del mar hasta unos 6 metros.
La campaña de Trump también nombró a un cabildero energético, Mike McKenna, para trabajar en la transición en el Departamento de Energía, y a David Bernhardt, antiguo funcionario del Departamento del Interior durante el gobierno de Bush, para dirigir el equipo de transición en dicho departamento. McKenna trabajó en el Departamento de Calidad Ambiental de Virginia y en el gobierno federal, de acuerdo con su sitio web. Bernhardt, abogado, ha representado a empresas mineras y energéticas.
El gobierno de Obama ha dado pasos para limitar las emisiones que provocan el calentamiento global, especialmente durante su segundo periodo. Además de elaborar el Plan de Aire Limpio, ha avanzado para limpiar el agua de la nación, limitar las emisiones de mercurio de las centrales eléctricas y ha establecido estrictos objetivos de kilometraje para automóviles y camiones.
Trump, con la entusiasta ayuda de Ebell y otros escépticos del cambio climático, podría realizar importantes cambios en la EPA, afirma Goldston. “Un gobierno de Trump puede causar un importante daño”, dice. “Debemos dar pasos adicionales, y ellos no los darán. Pero sí pueden tratar de revertir todos los avances que se han producido durante el gobierno de Obama”.
Un importante argumento de la campaña de Trump consiste en adoptar políticas que eliminen las restricciones a la industria y generen empleos, lo cual sería más fácil de lograr si se descartan las preocupaciones sobre el cambio climático. Lo que Trump y sus asesores no ven es que la renovación de la industria de los combustibles fósiles podría generar empleos y, al mismo tiempo, aliviar el cambio climático.
Trump asume una visión con menos matices. Su política energética, según se lee en su sitio web, “desatará una revolución energética que dará una nueva y vasta riqueza a nuestro país”. Siempre que este no quede bajo el agua.