Cuenta la leyenda que Bill Clinton pensó que tenía que librar al mundo del temor de las aspiraciones nucleares del cruel dictador de la República Popular Democrática de Corea, mejor conocida como Corea del Norte. Así que suscribieron un Acuerdo Marco en 1994, en el cual Pionyang se comprometía a renunciar al desarrollo de un arma nuclear a cambio de ayuda energética de Estados Unidos, Japón y Corea del Sur, en la forma de un reactor de agua ligera.
Pero el acuerdo se vino abajo durante la administración de George W. Bush, cuando Estados Unidos encaró a Corea del Norte con su esfuerzo secreto para enriquecer uranio y construir “la bomba” (el programa contemplado en el Acuerdo Marco incluía el desarrollo de armamento de plutonio) . Desde entonces, Pionyang y el mundo han estado atrapados en un ciclo interminable: Corea del Norte aumenta poco a poco su pequeño arsenal nuclear, y lleva a cabo otra prueba nuclear; el mundo, indignado, aprueba resoluciones ONU para aumentar sanciones que infligen un dolor económico apenas suficiente para meter en cintura a Kim Jong Un, el dictador actual. Y un tiempo después, Kim prueba otra bomba, como lo hizo el 9 de septiembre pasado.
Esto se ha vuelto tan rutinario, que tal vez hayas olvidado que justo esa secuencia de eventos ya se produjo este año. En enero, Corea del Norte detonó un arma nuclear –la cuarta de estas pruebas- y luego de dos meses de negociaciones, el Consejo de Seguridad aprobó la Resolución 2270. Sin embargo, los escépticos advirtieron que, a fin de que la Resolución 2270 contuviera las violaciones persistentes de Corea del Norte, todos los miembros ONU debían aplicar las sanciones. Y eso incluye a la República Popular de China, el único aliado de Pionyang.
Aquí se plantean dos preguntas importantes: ¿Será que Kim está tan loco para usar alguna de sus armas nucleares en un ataque contra Japón, Corea del Sur o Estados Unidos? La opinión popular es que no, no está loco del todo, porque semejante ataque conduciría a la aniquilación total de Corea del Norte. Así pues, la segunda interrogante es China. ¿Es posible que Pekín pretenda presionar tanto al régimen que llegue a desestabilizar a Corea del Norte, o acaso el valor de Pionyang como buffer estratégico en el noreste de Asia –y cortafuegos contra la alianza Estados Unidos-Corea del Sur- significa que Kim puede hacer lo que le venga en gana con sus armas nucleares, a condición de que no las use?
Pekín es el salvavidas económico de Pionyang –casi 70 por ciento del comercio total de Corea del Norte depende de Pekín-, y también es su principal proveedor de energía y alimentos. Si Pekín quisiera aislar a Pionyang, se apagarían muchas más luces en Corea del Norte, y permanecerían apagadas. Pekín ha demostrado su influencia en algunas ocasiones. Por ejemplo, a principios de 2003, Pionyang probó un misil contraviniendo las resoluciones ONU y China interrumpió sus envíos de petróleo a Corea del Norte durante tres días. En 2013, el ministro de Asuntos Exteriores surcoreano, Yun Byung Se, declaró: “Parece que China está percibiendo la temeridad militar de Corea del Norte más como una carga estratégica que como un activo estratégico”. El siguiente año, el presidente Xi Jinping desairó a Pionyang visitando Seúl antes que Pionyang, primera vez que un líder chino hacía eso. Durante un breve lapso, Estados Unidos y sus aliados clave en Asia Oriental –Corea del Sur y Japón- creyeron que la campaña de “paciencia estratégica” contra Corea del Norte podría estar funcionando, dada la creciente y patente irritación de Pekín.
Mas ese momento ha pasado y ahora, a pocos meses de detonar su cuarta bomba nuclear, y resistir la reciente ronda de sanciones ONU (y la supuesta ira de China), Pionyang ha probado una bomba aun más grande. El ciclo sin fin sigue su marcha. El presidente Barack Obama abandonó reuniones en la capital laosiana de Vientián afirmando lo obvio: que necesitaba más ayuda de Pekín para frenar a Kim.
Pero, en los últimos meses, ¿ha cambiado algo que modifique el cálculo estratégico de China? Pekín aplicó sanciones más severas tras la prueba nuclear de marzo, mas ninguna que cumpla el estándar “paralizador” –en palabras de Seúl- que hace falta para llamar la atención de Kim. Pekín sabe que el programa nuclear de Corea del Norte es más protector que agresivo: es el garante de la supervivencia de la dinastía Kim. Nadie atacará al régimen de manera preventiva, pues cuenta con armas nucleares. Por otro lado, China cree que el “eje” de Obama en Asia es un plan para cercar a China aliados estadounidenses que temen la creciente influencia militar de Pekín en la región. Pekín enfureció ante la disposición de Seúl de adoptar el Sistema de Defensa Terminal de Área a Gran Altitud de Estados Unidos (THAAD, por sus siglas en inglés). Aunque dicho sistema será implementado como una protección contra los misiles de Corea del Norte, el acuerdo de despliegue entre Seúl y Washington fue interpretado como un desaire en Pekín, ya que China previno a Corea del Sur, públicamente, contra THAAD.
Mientras Pekín no crea que Corea del Norte utilizará sus armas nucleares contra su único aliado, entonces la quinta, sexta, séptima u octava prueba nuclear de Pionyang no cambiará su cálculo. Pekín quiere estabilidad en la península coreana. Por ello, es probable que el ciclo persista: China accederá a castigar cada vez con más dureza a Pionyang, pero no lo suficiente para poner en peligro el régimen. Y eso crea un problema para Washington. Este mes, Obama asistirá a su última Asamblea General ONU y de nuevo, las sanciones más duras contra Corea del Norte formarán parte de la agenda. Es probable que el Consejo de Seguridad esté de acuerdo con algo; pero, ¿acaso Washington adoptará sus propias sanciones más duras contra los gobiernos y las compañías que comercian con Corea del Norte, o incluso aplicar sanciones existentes que puedan afectar a entidades chinas que hacen negocios con Pionyang?
Es probable que la administración Obama, ya de salida, no tome medidas tan fuertes. Hace poco, Obama dijo que el cambio climático es el tema más trascendental con el que debe contender, y China, el mayor emisor mundial de dióxido de carbono, es clave para hacer algo al respecto. Molestar seriamente a Pekín no es algo que este presidente pretenda hacer. Lo que haga una administración Hillary Clinton o Donald Trump, eso nadie lo sabe (aunque Trump, con su ilimitada confianza en su capacidad para negociar “buenos tratos”, ha dicho que hablará con el dictador de Corea del Norte).
Olvídalo, Donald. La deprimente conclusión es que no tocar el tema, y creer al mismo tiempo que Kim no dañará a nadie con sus armas nucleares, sigue siendo la única opción que no ofrece el riesgo de un enfrentamiento calamitoso con Corea del Norte y Pekín. Esperemos que quienquiera que llegue a la Casa Blanca entienda esto.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek