El manglar provee al ser
humano de muchos beneficios; albergan especies que se utilizan para el comercio
pesquero, es fuente de energía por la leña que provee, forma una barrera
natural contra las inundaciones, por lo que actúa como un muro contra huracanes,
e impide la erosión de las zonas costeras, y es hogar de cientos de animales y
plantas.
En las
últimas dos décadas más de 35% del manglar en el mundo se ha perdido, según
datos de la FAO. La principal causa es la tala indiscriminada y los efectos del
cambio climático. Su principal motor, inversiones millonarias para desarrollos
turísticos.
México perdió ya 65% de estos
ecosistemas, le quedan 770,057 hectáreas. El Instituto Nacional de Ecología
(INE) estima que se pierden manglares a una tasa promedio de 2.5% anual.
Desde
febrero del 2007, los manglares están protegidos la Ley General de Vida
Silvestre (LGVS), sin embargo actualmente existen diversas iniciativas para
modificar ese artículo con la intención de poder destruir manglares en aras de
atractivos negocios.
El crimen
más reciente en México en contra de estos ecosistemas ocurrió en Tajamar, por
el rumbo de Cancún, a principios de este año. Temprano el 18 de enero se veían
57 hectáreas de manglar que se resistían a morir; grupos sociales, vecinos del
rumbo, gente consiente y niños preocupados defendían cómo podían el Malecón
Tajamar.
Al final, la batalla se
perdió: este manglar de miles de año fue devastado con la ayuda de policías
municipales y estatales, y hasta con la venia de Fonatur (Fondo Nacional de
Fomento al Turismo). Nadie pudo impedir que entrara maquinaria pesada y
arrasara, sin piedad ni miramientos, con los hogares de cocodrilos, iguanas,
aves, serpientes, así como la flora endémica que daba vida al lugar.
Es una pena que siga
sucediendo en el mundo, y en México que es uno de los países que más
extensiones de manglar tiene.
En el Día Internacional de la Defensa de los Manglares se recuerda al
activista micronesio, de Greenpeace, Hayhow Daniel Nanotom, que murió de un
paro cardiaco cuando reforestaba una zona de manglar devastada por la
instalación ilegal de una langostinera en Muisne, Ecuador.