La guerra contra el error

HUBO UN TIEMPO en el que a los políticos estadounidenses les importaba más el país que su partido. Una falla en el gobierno daba lugar a una investigación verdadera, de manera que los líderes pudieran identificar el origen del problema y corregirlo. Esto ya no es así. En lugar de ello, “la supervisión del gobierno” es el nombre en clave de los juicios para el espectáculo político, en los que se gastan millones de dólares de los contribuyentes para obtener una ventaja partidista.

Así que cuando un grupo de extremistas asesinó a cuatro estadounidenses en 2012 en la misión estadounidense de Benghazi, Libia, uno de los lugares más peligrosos del mundo, se realizaron diez investigaciones durante los siguientes cuatro años, algunas de las cuales no eran más que estudios hechos por encargo de tinte partidista. Ninguno de ellos determinó nada importante que no hubiera sido hallado en la primera investigación. Sin embargo, en una de las investigaciones se descubrió que Hillary Clinton utilizó su cuenta personal de correo electrónico para asuntos oficiales cuando era secretaria de Estado, lo cual dio lugar a una investigación realizada por el inspector general del Departamento de Estado, lo cual, a su vez, dio lugar a otra investigación realizada por el FBI, la cual está siendo analizada por un Congreso republicano. También ha habido largas y costosas investigaciones acerca del sexo oral en la Sala Oval, del acuerdo fallido de bienes raíces de Whitewater, el despido de procuradores generales en todo el país, etcétera.

Cada uno de estos temas merecía ser analizado, pero lo mismo ocurría con el mayor error estratégico en la historia de Estados Unidos: la invasión de Irak en 2003 para eliminar armas de destrucción masiva que no existían. Más de 4500 soldados estadounidenses han muerto en los últimos 13 años como resultado de esa decisión. Actualmente, el mundo lucha con las consecuencias de esta pifia militar del expresidente George W. Bush, la cual encendió una conflagración que se ha extendido por todo Oriente Medio y ha contribuido poderosamente a la creación del Estado Islámico, el grupo extremista formado por miembros del ejército del antiguo dictador iraquí Saddam Hussein y del Partido Baath. El Senado investigó la información previa a la guerra que se utilizó para justificar esa visión, y lo mismo hizo una comisión independiente. Sin embargo, dado que los republicanos controlaron el Congreso hasta 2006, ningún comité del Congreso u organismo oficial analizó la pregunta más evidente y políticamente delicada: ¿las fallas en el proceso de toma de decisiones en las altas esferas del gobierno de Bush condujeron al desastre, y de ser así, qué lecciones pueden desprenderse de este hecho?

Por fortuna, sigue habiendo naciones que toman en serio las investigaciones sobre las debacles gubernamentales. La semana pasada, el comité británico independiente establecido para ahondar en los errores que llevaron a ese país a unirse en la desventura iraquí publicó un informe que resulta sorprendente por su profundidad y su sobriedad. No es fácil de leer, pues tiene 2.6 millones de palabras en 12 volúmenes, y explora cada detalle de los procesos y decisiones que costaron la vida a 179 soldados británicos de uno y otro sexo. Y, dado que el objetivo de la investigación fue determinar lo que salió mal en todos los ámbitos, proporciona información que ningún político republicano permitiría que ningún miembro del Capitolio pudiera desenterrar. La escandalosa conclusión del informe es evidente: la Casa Blanca, el Pentágono y, en menor medida, el Departamento de Estado, no tenían ni idea de lo que estaban haciendo. La incompetencia recorre todo el documento, según el cual, funcionarios del gobierno de Bush descartaban arrogantemente las advertencias y solicitudes de una mejor planificación. La marcha hacia la guerra tomó un impulso político imparable mientras se acumulaban pruebas de que esta invasión sería una catástrofe colosal. Las ideas preconcebidas, como el hecho de descartar alegremente una función humanitaria y gubernamental por parte de la Organización de las Naciones Unidas en la invasión, así como el desprecio de los preparativos para después de la guerra en favor de corazonadas y eslóganes, minó las oportunidades de éxito. Los registros muestran que los británicos se consideraban a sí mismos indispensables para el esfuerzo, aunque fuese solo para contrarrestar la temeraria planificación del gobierno de Bush, calificada por funcionarios del gobierno del primer ministro Tony Blair como fantasiosa.

Primero, una acotación. El informe británico demuele una de las certezas de algunos opositores a la guerra de Irak: que Bush mintió para lograr su objetivo de hacer la guerra. El informe muestra que el presidente creía realmente que Saddam tenía armas de destrucción masiva, aunque él y su gobierno utilizaron de manera irresponsable la información que los llevó a esa conclusión. Sin embargo, el informe refuerza la sospecha de que se dedicó mucha atención a las corporaciones que se beneficiarían de la reconstrucción de Irak, mientras que prácticamente no se atendieron las necesidades humanitarias que se producirían después de la caída de Saddam.

Con base en los hallazgos del informe, el gobierno de Bush se centró en la defensa con misiles como una prioridad, con Irak y Oriente Medio en los últimos lugares de la lista de problemas por abordar. Sin embargo, miembros del Ministerio de Relaciones Exteriores y de la Mancomunidad de Naciones también escucharon tenues golpes de tambor, producidos por el Pentágono, acerca de derrocar a Saddam.

Para la primavera de 2001, cuando la CIA envió informes a la Casa Blanca acerca de un ataque inminente de Al-Qaeda en territorio estadounidense, el gobierno dedicó más atención a Irak (oficiales de alto rango del Pentágono le dijeron a Bush que la CIA había malinterpretado la información y que Osama bin Laden no era una amenaza, sino que en realidad dirigía una operación de bandera falsa para Hussein). En ese momento, aviones militares occidentales patrullaban las zonas de exclusión aérea de Irak como parte del acuerdo de control de armas de las Naciones Unidas, firmado por Irak después de la guerra del Golfo Pérsico en 1991. Dado que las fuerzas militares de Saddam podían derribar las aeronaves de vigilancia en cualquier momento, Bush dio luz verde a un nuevo plan para responder: en lugar de simplemente poner en marcha una misión de recuperación, el ejército estadounidense montaría de inmediato una ofensiva a gran escala contra la capital iraquí. A los británicos los sorprendió el alcance de los objetivos de bombardeo en Bagdad mencionados por los estadounidenses. “Debimos advertir encarecidamente a los estadounidenses en contra de su estrategia propuesta: es política y legalmente errónea”, escribió en un memorando Stephen Wright, subdirector del Ministerio de Relaciones Exteriores y de la Mancomunidad de Naciones, dependiente del secretario de Estado para la Defensa y la Información.

En los días previos al 11/9, los británicos descubrieron que los miembros del gobierno de Bush estaban divididos con respecto a una estrategia para Irak. Los funcionarios del Departamento de Defensa dijeron a sus homólogos británicos que deseaban que Saddam fuera derrocado para evitar que adquiriera más armas de destrucción masiva; funcionarios del Departamento de Estado dijeron a la embajada británica que considerara el objetivo del Pentágono como “mucho ruido y pocas nueces”. Los británicos pensaban que el Departamento de Estado reflejaba mejor la política del gobierno.

UNA CALUROSA BIENVENIDA: Iraquíes celebran el incendio de un vehículo armado británico en Basra, en el sur de Irak, en 2005. Foto: Nabil Al-Jurani/AP.

A principios de septiembre, sir Christopher Meyer, embajador británico en Estados Unidos, creía que el gobierno de Bush estaba a la deriva y que tenía pocos planes y muy poca idea de lo que deseaba lograr en distintos ámbitos, entre ellos, Irak. Pero todo esto cambió después del 11/9, cuando Bush decidió dedicar su periodo como presidente a combatir el terrorismo.

Tras el ataque, el Pentágono dijo, casi de inmediato, que Irak podía estar ligado a Al-Qaeda, una teoría que sería defendida en los años posteriores por miembros del gobierno, entre ellos, el vicepresidente Dick Cheney. Sin embargo, poco más de dos meses después del 11/9, el Comité Conjunto de Inteligencia de la Oficina del Gabinete británico, el grupo que dirige todas las organizaciones nacionales de inteligencia del Reino Unido, concluyó que la afirmación era exagerada. “Ideológicamente, [Saddam] está en el polo opuesto de la red extremista suní ligada a [Bin Laden]”, escribió el grupo de inteligencia en un informe publicado el 28 de noviembre de 2001.

En su informe presidencial del 29 de enero de 2002, Bush proclamó que Irán, Corea del Norte e Irak constituían un “eje del mal” que buscaba armas de destrucción masiva y que estaba involucrado en actos terroristas en todo el mundo. Aunque la frase tuvo una buena acogida en Estados Unidos, los aliados y los enemigos de Estados Unidos la percibieron como una proclamación de que la guerra era algo inevitable, y atemorizó a algunos de ellos, haciéndoles creer que Bush tenía una actitud demasiado irresponsable como para que se confiara en él con respecto a los planes de combate. Peor aún, esto eliminó una posible cooperación contra Irak, particularmente la ayuda secreta que pudieran prestar los iraníes. “En ocasiones ha sido muy difícil trabajar con los estadounidenses después del 11 de septiembre”, escribió el embajador Meyer en un memorando el 11 de febrero de 2002. “Será aún más difícil en 2002… El telón de fondo es un creciente desencanto mutuo entre Estados Unidos y Europa. Esto coloca al Reino Unido en una posición muy incómoda”.

Blair temía que Bush no estuviera pensando geopolíticamente, sino que estuviera centrándose en el único objetivo de derrocar a Saddam. Cualquier esfuerzo en ese frente, le dijo a Bush, debe ser parte de una estrategia más amplia. Era muy importante hacer frente al conflicto árabe-israelí; si se pasaba por alto, “podríamos encontrarnos bombardeando Irak y perdiendo el Golfo”, le escribió a Blair el asesor británico de política exterior, David Manning. Los registros de una reunión entre Blair y Bush, celebrada en abril de 2002, muestran que el primer ministro hizo énfasis una y otra vez en que perseguir agresivamente el proceso de paz en Oriente Medio era fundamental para hacer que cualquier acción contra Irak tuviera éxito. Sin embargo, Bush pasó por alto en gran medida las peticiones de Blair.

Con el paso de los meses, a los británicos les preocupaba cada vez más una transformación en Bush que parecía volverlo incapaz de reconocer sus dudas o errores. Bush estaba “en las nubes” tras declararse a sí mismo “comandante en jefe en la guerra contra el terrorismo”, escribió Meyer en un telegrama dirigido a Blair en abril de 2002, y los allegados a Bush le decían que una invasión era inevitable. En otro telegrama, Meyer escribió que Bush decía que, “en efecto, destruir a Saddam es una cruzada contra la maldad que debe ser ejecutada por la nación elegida por Dios… El blanco del atractivo mesiánico de Bush eran las personas nerviosas y poco convencidas de la nación en general”.

Mientras que el gobierno de Bush les insistió durante todo 2002 que se unieran a la campaña de Irak, los británicos pensaban que tenían una influencia mínima en un plan estadounidense que parecía ser “un plan descabellado”, como escribió un funcionario británico de alto rango. Solo el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, Cheney y unos cuantos más parecían saber lo que ocurría, y los funcionarios británicos ponían en tela de juicio, a puerta cerrada, su competencia. Consideraban que el plan de Bush para imponer un gobierno democrático en Irak era peligroso debido a que ese país no tenía ninguna experiencia con ese sistema político y se encontraba en una región donde ese concepto era casi una herejía.

MOTIVOS OCULTOS: Quienes se oponían a la invasión han acusado desde hace mucho tiempo a Blair (máscara de la izquierda) y a Bush de invadir Irak para proteger intereses económicos. Foto: REX/AP

Jack Straw, secretario de Estado para asuntos extranjeros, se expresó de manera particularmente brutal sobre los planes estadounidenses en una evaluación que envió a Blair en julio de 2002. El gobierno de Bush, escribió, no emprendía ninguna acción seria para abordar los problemas, y “no había ningún concepto estratégico para un plan militar”.

“Hasta ahora, la planificación militar estadounidense ha tenido lugar en el vacío”, escribió, con “un análisis de información débil y una suposición muy poco realista de que las armas de destrucción masiva iraquíes serán fáciles de identificar y de destruir”. También señaló que existía “la suposición de que Kuwait alojaría un esfuerzo a gran escala por parte de Estados Unidos durante el lapso de uno o dos años que probablemente se necesitarán, que otros estados del Golfo proveerían el apoyo necesario y que Siria e Irán se quedarían tranquilamente al margen”.

Peor aún, mientras que Blair y otros insistían en la necesidad de un plan amplio para abordar el problema de Irak después de la caída de Saddam, cuyo desarrollo tomaría varios meses, los estadounidenses prácticamente no tomaron en cuenta el asunto. A los funcionarios británicos les sorprendió que el Pentágono estuviera construyendo su estrategia para el futuro de Irak con base en suposiciones infundadas de que las fuerzas militares occidentales serían recibidas con los brazos abiertos como libertadoras. Esa creencia ingenua reflejaba una falta de comprensión fundamental acerca de Oriente Medio: los enemigos de Occidente y los partidarios suníes de Saddam no desaparecerían. Sin el rápido establecimiento de la seguridad y la reparación de la infraestructura, particularmente de la red eléctrica, el peligro de verse arrastrados a un cenagal o de desatar una guerra civil era enorme. Saddam sería reemplazado por una multitud de terroristas que considerarían la ocupación de Irak por parte de Occidente como una batalla contra el islam. Los organismos británicos de inteligencia lanzaron una seria advertencia: una invasión mal manejada, sin una preparación adecuada y realista para el periodo posterior, haría que muchos musulmanes se unieran a grupos extremistas, a lo cual le seguirían varios años de ataques.

Semanas antes de la invasión de 2003, varios funcionarios británicos asistieron a lo que se denominó como “ejercicios de red rock”, cuya intención era mostrar la manera en que Estados Unidos manejaría Irak después de la guerra. Fue un desastre “el ensayo entre agencias… expone la enorme escala de la tarea”, se informó en un memorando de la embajada británica en Washington en el que se incluyó un “reconocimiento de que esto está más allá de las capacidades de Estados Unidos”. “Algunas personas se dan cuenta de que esto requerirá el amparo de Naciones Unidas, pero la planificación no toma en cuenta esto… En términos generales, la planificación se encuentra en una etapa muy rudimentaria, en la que el sector humanitario presenta un mayor avance que la reconstrucción y la administración civil”. En un registro de la reunión de funcionarios británicos, realizada en febrero y en la que se analizaron los ejercicios, se menciona que estos “revelaban una gran diferencia entre los ambiciosos planes de Estados Unidos y su capacidad para cumplirlos. Nuestro mensaje, en el sentido de que necesitaban la Coalición y, por tanto, la autorización de Naciones Unidas, parecía tener mucho sentido”.

A pesar de la evidente necesidad de la participación de Naciones Unidas en la administración de un nuevo gobierno iraquí, los estadounidenses descartaron las sugerencias de los británicos. A pesar de su mala planificación, insistieron en que manejarían ellos mismos a Irak después de Saddam.

El caos de la planificación estadounidense dejó a Blair con dos opciones, las cuales detalló a sus asesores. Podía apostar al esfuerzo estadounidense o mantener el Reino Unido fuera del conflicto y dañar sus relaciones con Estados Unidos. Decidió asumir el riesgo y perdió. Su equipo de inteligencia tenía razón. La invasión a Irak dio pie a una nueva ola de terrorismo cuyo final no está a la vista. Y los estadounidenses, debido a su arrogancia, su mala planificación y su incompetencia, eran los culpables.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek