Donald Trump puede ganar. En serio

Es muy posible que hayas oído hablar de Nate Silver.

Tras obtener su licenciatura en economía por la Universidad de Chicago en 2000, Silver trabajó como consultor de economía en KPMG, la empresa de consultoría, pero renunció después de un par de años y ganó mucho dinero jugando al póquer en línea. También creó un método muy elogiado para pronosticar el desempeño de los jugadores de las Ligas Mayores de Béisbol. Su modelo matemático, llamado PECOTA (Player Empirical Comparison and Optimization Test Algorithm, algoritmo de prueba de comparación y optimización empírica de jugadores), lo convirtió en una leyenda al estilo de la película Moneyball (El juego de la fortuna).

Dado que el padre de Silver es un especialista en ciencias políticas, parecía completamente natural que el estadístico dirigiera esta sensibilidad, semejante a la del libro Freakonomics, a las elecciones, usando el mismo análisis de datos que le permitió lograr el éxito en el béisbol. En la elección presidencial de 2008, consiguió pronosticar al ganador en 49 estados, y logró 50 de 50 en 2012. Su trabajo le dio fama entre los nerds, le hizo aparecer en TED Talksy le dio su propio blog en The New York Times que, desde entonces, ha migrado a una página web bajo los auspicios de ESPN. Su nombre, FiveThirtyEight.com, proviene del número de votos del Colegio Electoral que se requieren para ganar la presidencia.

A principios de julio, Silver y sus socios de FiveThirtyEight llegaron a la conclusión de que la demócrata Hillary Clinton tenía una probabilidad de 80 por cierto de ser elegida como presidenta en 2016. El pronóstico se basa en una mezcla de encuestas actuales, ponderadas según su confiabilidad, y de condiciones económicas y otros pronósticos de conducta de votación que habrán de cambiar en los próximos cuatro meses.

Sin embargo, vale la pena señalar que Silver y su equipo erraron por mucho con respecto a las probabilidades de que Donald Trump obtuviera la nominación del Partido Republicano. En una publicación de diciembre titulada “Queridos medios de comunicación, dejen de preocuparse por las encuestas de Donald Trump”, evaluaron en menos de 20 por ciento las oportunidades de Trump de obtener la nominación. La subestimación frecuentemente repetida y basada en datos de Trump por parte de Silver, que fue reproducida por la mayoría de los miembros de la expertocracia con aversión a los datos, aunque no por todos ellos, no es más que un recordatorio de que las probabilidades del magnate bien podrían ser mejores de lo que se piensa comúnmente.

Para comprender por qué Trump tiene una oportunidad, es importante tener en cuenta los límites del levantamiento de encuestas, una profesión que ha atravesado un intenso autoexamen gracias al cambiante panorama. Actualmente, las personas ya no usan tanto las líneas telefónicas terrestres, no contestan las llamadas cuando no reconocen el número y son más reacias a charlar con un extraño acerca de sus opiniones políticas. Todo ello ha obligado a la industria de las encuestas a reevaluar continuamente la forma en que toma la temperatura del público.

En términos generales, las encuestas han sido bastante correctas este año; sin embargo, se han equivocado con frecuencia y, en ocasiones, lo han hecho en forma espectacular, por lo que debemos tener precaución al pronosticar la caída de Trump. En el reciente referendo en el Reino Unido, las encuestas pronosticaron una votación cerrada en la pregunta sobre salir o no de la Unión Europea, tema conocido como brexit. Sin embargo, en términos generales, concluyeron que ganarían aquellos a favor de permanecer en la Unión. Como todos sabemos, los partidarios de abandonarla lograron una apretada victoria.

De manera similar, las encuestas en Estados Unidos determinaron correctamente que Trump era el republicano más popular en el ámbito de las elecciones primarias y pronosticaron sus victorias en estados individuales con bastante precisión. Sin embargo, las encuestas individuales pueden ser extrañas y acertar por casualidad (por ejemplo, las encuestas en la contienda demócrata de Michigan subestimaron ampliamente la fortaleza de Bernie Sanders debido a que entrevistaron a una muestra demasiado amplia de votantes que apoyaban a Hillary Clinton).

Si eres un consumidor de encuestas, tiene sentido que mires algunas de ellas y descartes los valores discrepantes. En general, las encuestas realizadas en la víspera de la Convención Nacional Republicana muestran que Clinton supera a Trump por alrededor de cuatro por ciento en general. Sin embargo, aun si la ventaja de Clinton es de ocho por ciento o de diez por ciento, según algunas encuestas, se trata de una ventaja superable. Vale la pena señalar que en una encuesta realizada por Newsweek en 1988, Michael Dukakis superaba a George H. W. Bush por 17 por ciento, una encuesta que se volvió famosa (o infame) debido a que los resultados de la elección fueron muy diferentes. Otras encuestas más precisas arrojaban un resultado cercano a diez por ciento, pero Bush cerró la brecha a pesar de todo, y no tenía los amplios antecedentes de Trump. El repunte de Bush es un recordatorio de que las oleadas de otoño son posibles (Jimmy Carter tenía una ventaja de más de 33 por ciento tras su nominación demócrata en 1976, pero ganó apenas por un estrecho margen en noviembre).

Casi se da por hecho que Trump está condenado al fracaso debido a la cambiante población de Estados Unidos. Es famoso el hecho de que ese país se está volviendo más latino, un grupo demográfico que parece disfrutar al verlo enfurecido. El enfoque pugilista de Trump para abordar temas latinos es notable: ha llamado a construir una muralla en la frontera con México, exigiendo que este país pague por ella, a deportar a unos 11 millones de inmigrantes indocumentados y a dar fin a la garantía establecida en la 14º Enmienda que garantiza la ciudadanía a las personas nacidas en el territorio estadounidense. Su tuit del 5 de mayo, durante la celebración de esa fiesta cívica en México, en el que aparecía zampándose un Taco Bowl de Trump Grill, no ayudó en nada.

Mientras tanto, el conjunto de votantes de raza blanca, donde Trump debe buscar a la abrumadora mayoría de sus votantes, se está encogiendo. En 1980, Ronald Reagan obtuvo una victoria aplastante en la elección general con 56 por ciento de los votos de personas de raza blanca; para 2012, Mitt Romney perdería decisivamente con 59 por ciento de los votos de ese grupo demográfico. Lo que cambió en esos años fue el crecimiento de la población latina. Romney obtuvo 27 por ciento de los votos latinos y las encuestas muestran que Trump suele obtener 20 por ciento o menos.

Y, sin embargo, aunque ello podría parecer un camino hacia el cadalso, no se trata necesariamente de una sentencia de muerte para la campaña de Trump. La mayor parte del crecimiento latino se concentra en unos cuantos estados, entre ellos, California y Nueva York, donde Trump tiene prácticamente garantizada la derrota, independientemente del voto latino, así como en Texas, donde es casi seguro que gane. Los estados indecisos con un notable crecimiento de la población latina, como Nevada, Colorado y Florida, son más difíciles para él, pero siguen siendo una incógnita. En Florida, el mayor estado indeciso, los latinos constituyen 18.6 por ciento del electorado gracias al influjo de ciudadanos puertorriqueños con tendencia demócrata. Trump no la tendrá fácil.

Sin embargo, esta es su posible salvación: los estados del Cinturón Industrial tienen una escasa población latina y mayores porcentajes de votantes de raza blanca y de clase trabajadora, que son el núcleo de la base de Trump.

A escala nacional, se espera que los latinos constituyan 11.3 por ciento de los votantes elegibles en la contienda de 2016, en comparación con el diez por ciento de hace cuatro años. Esto es menos que su porcentaje general de 17 por ciento de la población estadounidense debido a que los latinos suelen ser más jóvenes y tienen menos probabilidades de ser ciudadanos. En Ohio, que es posiblemente el estado indeciso más disputado, los latinos constituyen únicamente 2.3 por ciento del electorado elegible, colocándose en el lugar 42 de toda la nación (Nuevo México, donde esta cifra es de 40 por ciento, encabeza la lista). En el muy disputado Wisconsin, la proporción latina del electorado es de apenas 3.6 por ciento y en Iowa es de 2.9 por ciento. Por ello, Trump puede tener un buen desempeño sin mucho apoyo latino en el Cinturón Industrial debido a que su núcleo electoral, constituido por los votantes de raza blanca con poca o ninguna educación universitaria, conforma amplios porcentajes del electorado en esa zona.

Romney perdió esos estados por márgenes muy modestos, pero Trump tiene algunas cosas a su favor de las que Romney carecía. El millonario del capital privado se opuso al rescate financiero de las empresas automotrices que benefició grandemente a esta área del país, e hizo su famoso comentario despectivo de que 47 por ciento de los estadounidenses eran unos aprovechados, algo con pocas probabilidades de atraer a los votantes de la clase trabajadora que ya estaban siendo bombardeados por anuncios que presentaban a Romney como un plutócrata. Al oponerse a los acuerdos comerciales internacionales y al jurar proteger la Seguridad Social contra cualquier recorte, es posible que Trump tenga un mayor atractivo entre la clase trabajadora del Cinturón Industrial del que tenía Romney, muy cercano a los directores ejecutivos de las grandes empresas (es verdad que Romney, al igual que Trump, se oponía a una reforma migratoria como camino a la ciudadanía, pero era menos franco al respecto).

Otro importante factor que podría ayudar a Trump es el número de votantes, es decir, cuáles grupos se presentarán realmente en las urnas. En 2012, las fuerzas de Romney no pensaron que el número de votantes pertenecientes a minorías igualara la oleada de “esperanza y cambio” de 2008 que ayudó a que Barack Obama se convirtiera en el primer presidente afroestadounidense de ese país. Se equivocaron, y Romney recibió una paliza. Sin embargo, ¿puede Clinton igualar el entusiasmo provocado por Obama entre los votantes pertenecientes a minorías? ¿Y puede tener el mismo éxito entre los votantes jóvenes? Los votantes de 18 a 29 años de edad votaron abrumadoramente por Sanders en las elecciones primarias demócratas, pero se opusieron a Trump. Algunos cambios modestos en este tipo de “modelamiento”, como lo llaman los encuestadores, puede hacer una gran diferencia. David Wasserman, analista político del medio no partidista Cook Political Report, desarrolló un índice “Swing-O-Matic” (“Indecisomático”) en el que se muestra cómo algunos cambios pequeños pueden generar una gran diferencia.

El otro gran factor desconocido que podría ayudar a Trump es el hecho de que él y Clinton sean tan ampliamente aborrecidos y que cuenten con un nivel récord de opiniones desfavorables en las encuestas. Con este tipo de opiniones negativas, no es posible estar seguros de la validez de alguno de los “modelamientos” tradicionales sobre quién acudirá a las urnas. Y todos esos esfuerzos de alta tecnología para delimitar los objetivos hasta el más mínimo detalle, como tratar de determinar si un votante puede ser persuadido de acuerdo con sus preferencias de consumo, los cuales han sido pasados por alto en gran medida por Trump (pero que fueron una parte importante en las victorias presidenciales de Obama), podrían ser más difíciles de utilizar cuando existe un factor de “cochambre” tan importante. En el universo de los votantes en las elecciones primarias, ni Trump ni Clinton tenían tantas opiniones negativas. Ahora que están nadando en aguas profundas, enfrentando la opinión generalizada de que son mentirosos o al menos deshonestos, es muy probable que la contienda se vuelva delirante. “Ambos partidos lograron escoger a las personas ante las cuales los votantes son menos receptivos”, señala David Winston, un veterano encuestador republicano. “Es probable que los votantes se muestran indecisos porque desconfían de ambos”.

Pobres de los estadísticos en este entorno. En 2012, Silver escribió un libro, The Signal and the Noise (La señal y el ruido), que es una historia aleccionadora sobre por qué algunos pronósticos suelen ser bastante precisos (dónde tocará tierra un huracán) o muy errados (dónde ocurrirá el próximo terremoto). También es un recordatorio de otro libro, The Black Swan (El cisne negro), de Nassim Nicholas Taleb, que toma su título del hecho de que los científicos creían que todos los cisnes eran blancos hasta que se toparon con uno negro. Las fallas de la ciencia y la imaginación nos ciegan ante aquello que es posible. Esto parece acertado en estos días. Trump tiene la oportunidad de convertirse en nuestro cisne naranja, una criatura política que nadie podía imaginar que podría aterrizar en la Casa Blanca.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek