Conducía desde Sarasota, Florida, a Washington,
D.C., el domingo por la mañana, cuando mi iPhone emitió una alerta de noticias.
Más de
50 personas murieron en un tiroteo en un club nocturno de Orlando. El tiroteo
masivo más mortífero en la historia de EE UU.
Más tarde, se reveló que, según informes,
el pistolero había llamado al 911 para declarar su lealtad al grupo militarista
del Estado Islámico (ISIS) antes de perpetrar el acto, de acuerdo con
investigadores.
El lunes anterior, menos de una semana
antes, yo había vuelto a Estados Unidos para mi segunda visita en cerca de dos
años. En ese tiempo, había estado en el frente de batalla en Ucrania e Irak y
había visitado París pocos días después de los mortíferos ataques de noviembre.
Como corresponsal de guerra, he visto el
dolor de la guerra y las pruebas de la maldad de manera cercana y personal.
Pero pensé que había dejado la guerra atrás y que había vuelto a casa hacia la
paz.
Sin saberlo, mientras conducía por Orlando
la noche del sábado, pasé a unos cuantos kilómetros del ataque. Para mí, este
es un hecho significativo.
Hace unas cuantas semanas, estaba en el
frente de batalla en las afueras de Mosul, Irak, junto con los peshmerga kurdos.
Vi a combatientes de ISIS a través de los binoculares a menos de 1 kilómetro y
medio en tierra de nadie. Por la noche, fui testigo de batallas armadas en
medio del interminable ruido de fondo de aviones de guerra y ataques aéreos de
Estados Unidos.
Días después, viajé a Sinjar, Irak, para
observar de primera mano los campos de la muerte de ISIS, en los que los
militantes islámicos habían asesinado a miles de civiles inocentes en un acto
que Estados Unidos ha calificado como genocidio.
Pero eso fue en Irak. El lunes pasado,
llegué a casa, a Sarasota, a dos horas de Orlando.
En Estados Unidos, los tiroteos masivos no
son algo desconocido. Sin embargo, este parece diferente. Quizás sea el número
de víctimas. Quizás sea el hecho de darnos cuenta de que estamos en guerra y de
que nuestro país es un campo de batalla.
Los soldados estadounidenses a los que
visité en Irak y Afganistán y otros lugares del extranjero viven en una
realidad cotidiana que aquellos de nosotros que sólo hemos conocido la paz en
nuestra vida nunca podríamos imaginar. Sin importar lo que puedas pensar, no
hay ninguna película, deporte o juego de video que pueda reproducir durante un
nanosegundo el espectro emocional de la guerra.
Quizás es una bendición que el resto de
nosotros no pueda comprender realmente lo que se requiere para ser un soldado o
un piloto de combate, o cómo se siente estar en guerra. Quizás el mayor regalo
que los hombres y mujeres uniformados nos han dado es el eterno misterio de lo
que es realmente el combate.
Pero ese misterio se convirtió en una
realidad conocida para muchas personas en Orlando durante las primeras horas
del domingo. Aquellos que sobrevivieron al ataque vivirán con esos recuerdos
marcados a fuego en sus mentes durante el resto de su vida. Y los familiares de
las víctimas nunca olvidarán el dolor.
Ernest Hemingway escribió una vez, “La
guerra siempre estuvo ahí, pero nosotros ya no íbamos a ella.”
Yo sabía que la guerra seguía ahí, pero
hasta la tarde del sábado, como escribió Hemingway, yo podía decidir no volver
a ella nunca más.
Pero estaba equivocado. Y Hemingway no
escribió acerca del tipo de guerra que enfrentamos ahora.
Tú no tienes que ir a la guerra. Esta
guerra viene hacia ti.
¿Por qué?
Esa es la pregunta más natural después de
cualquier tragedia o pérdida. Especialmente cuando nuestro dolor se debe al
acto deliberado de otra persona.
Tal salvajismo es aún más difícil de
comprender si te aferras a las pruebas de que las personas realmente tienen un
buen corazón.
Por cierto, las investigaciones sugieren
que los seres humanos estamos programados naturalmente en contra de matarnos
unos a otros. De acuerdo con nuestra propia filosofía de entrenamiento militar,
se requiere una enfermedad mental o un condicionamiento psicológico para
superar nuestra natural aversión a quitarle la vida a otra persona.
Para una persona bien ajustada,
racionalizar intelectualmente el propio motivo de guerra o considerarlo como
una tarea profesional no es suficiente para justificar el acto de matar. Debe
haber un componente emocional, una creencia que trasciende la lógica que merece
el asesinato.
“Es como si hubiera dos filtros que
debemos atravesar para poder matar,” señala el teniente coronel retirado del
ejército Dave Grossman en su libro On Killing(Sobre el asesinato):
El
primer filtro es el cerebro anterior. Cientos de cosas pueden convencer a tu
cerebro anterior de poner una pistola en tu mano y llegar a un lugar: la
pobreza, las drogas, las pandillas, los líderes, la política y el aprendizaje
social de la violencia en los medios de comunicación, todo lo cual es
magnificado si provienes de un hogar destrozado y buscas un modelo de rol.
Sin
embargo, tradicionalmente, todas estas cosas se han topado con la resistencia
que un ser humano asustado y furioso enfrenta en el mesencéfalo. Y con
excepción de los sociópatas (quienes, por definición, no tienen esta resistencia),
la gran, gran mayoría de circunstancias no son suficientes para superar esta
red de seguridad del mesencéfalo.
En un estudio realizado en 2009 en el
Reino Unido, se calcula que sólo alrededor del 1 por ciento de la población
humana es clínicamente psicótica. En su libro publicado en 2005, The Sociopath Next Door (Tu
vecino el sociópata), la psicóloga Martha
Stout calcula que los sociópatas constituyen cerca de 4 por ciento
de la población total de Estados Unidos.
Con base en estos datos, es poco probable
que las filas de grupos como el Talibán, Al-Qaeda e ISIS se compongan
principalmente de psicópatas o sociópatas. Esto significa que la mayoría de los
militantes de estos grupos, o aquellos que cometen actos de violencia en su
nombre, están mentalmente sanos y en algún momento, de alguna manera, han sido psicológicamente
condicionados para matar. Y en este grupo se incluyen los reclutas provenientes
de Europa y Estados Unidos.
Deshumanizar al enemigo es una parte
fundamental del proceso de condicionamiento requerido para persuadir a los
soldados de matar. En la propaganda nazi durante la Segunda Guerra Mundial, los
judíos solían aparecer como ratas y gusanos, y se etiquetaba a los eslavos como
“subhumanos.”
Mientras informaba sobre la guerra de
Ucrania, encontré informes de activistas prorrusos que pedían el asesinato de los
manifestantes proucranianos, llamándolos “fascistas subhumanos que merecen la
muerte.”
Pero hacen falta más que palabras para
motivar a una persona a matar. Incluso un soldado en combate con un arma en la
mano debe estar psicológicamente condicionado para matar.
En el libro On Killing, Grossman
informa que entre 80 y 85 por ciento de los soldados que participaron en la
Segunda Guerra Mundial nunca dispararon sus armas a un enemigo expuesto en
combate. Y el historiador militar S.L.A. Marshall
determinó, después de estudiar la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Corea,
que sólo 25 por ciento de los soldados estadounidenses dispararon sus armas en
combate.
En un esfuerzo para aumentar el porcentaje
de soldados capaces de disparar a matar, en los años entre la Segunda Guerra
Mundial, la guerra de Corea y la de Vietnam, el ejército estadounidense
modificó sus programas de entrenamiento de combate para condicionar
psicológicamente a los soldados para matar, incluido el hecho aparentemente
trivial de dejar de usar blancos circulares en los campos de tiro para utilizar
siluetas humanas.
Este esfuerzo funcionó: 95 por ciento de
los soldados que entraron en combate en Vietnam dispararon al enemigo con la
intención de matarlo, escribió Marshall.
Algunas personas afirman que los seres
humanos somos violentos por naturaleza, y que el asesinato está en nuestro ADN.
Sin embargo, a la mayoría de los veteranos de combate les preocupan las muertes
que han provocado, sin importar qué tan justificadas estuvieron en la batalla.
Matar, independientemente de si se hizo como un deber militar o para
sobrevivir, es una carga psicológica para las personas bien ajustadas y
mentalmente sanas, aun cuando esta carga no salga a la luz hasta mucho tiempo
después de cometer el acto.
Algunas personas atribuyen el crecimiento
de los grupos militantes radicales islámicos como ISIS a razones que van desde
la desigualdad económica, el Acuerdo Sykes-Picot, la disponibilidad de armas de
fuego y la mala interpretación religiosa. Pero estas teorías no toman en cuenta
la fuente de odio que se requiere para arrojar a un niño inocente frente a un
camión para colocar una emboscada, decapitar a un civil indefenso para obtener
reproducciones en YouTube o abrir fuego en un club nocturno gay de Florida.
Si al ejército estadounidense le tomó
décadas aprender cómo hacer que sus soldados tiraran a matar en el combate,
¿entonces cuál es la génesis de una campaña de condicionamiento psicológico
igualmente efectiva y constante que ha convencido a miles de musulmanes que
viven en Estados Unidos, Europa y en todo el mundo de unirse a ISIS o de realizar ataques en nombre de ese grupo?
¿De dónde viene todo ese odio?
Este artículo apareció por primera vez en The Daily Signal.
Nolan Peterson, antiguo piloto de
operaciones especiales y veterano de combate en Irán y Afganistán, es
corresponsal extranjero de The Daily Signal desde Ucrania.
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Publicado en colaboración con Newsweek / Published in colaboration with Newsweek