Los
conservadores quienes planean votar por Donald Trump dicen que Hillary Clinton
es tan terrible que cualquiera, incluso Trump, es preferible.
Sin
entrar en una comparación de defectos entre Clinton y Trump (revelación: soy
#NuncaTrump), pienso que es útil recordarles a todos las maneras en que tener
un presidente republicano no ha marcado una gran diferencia en los últimos 50
años, con Ronald Reagan como la única excepción.
Primero,
he aquí la historia de la medición de crecimiento más comúnmente usada en el
estado regulador, la cantidad de páginas en el Código Federal de Regulaciones.
Podemos
culpar con justicia a la administración demócrata de Lyndon Johnson por el pico
inicial en las regulaciones, y los años de Jimmy Carter vieron otro aumento
marcado. Pero al usar el número de páginas como la medida le resta importancia
a lo que sucedió durante los años de Richard Nixon, cuando tuvimos la creación
de la Agencia de Protección Ambiental y la Administración de Seguridad y Salud
Laboral, además de gran parte de la legislación que dio a los reguladores la
libertad de definir términos como limpio
o seguro como les placiera.
Después
de los años de Carter, la pendiente en la línea de tendencia fue menor en las
administraciones de Reagan y Clinton (con el resultado de Clinton concentrado
en su segundo período, cuando una Cámara de Representantes republicana le
impuso una moratoria a algunas regulaciones nuevas).
El
aumento durante los años de Barack Obama se mantuvo con la misma pendiente que
durante los años de George W. Bush. Y si usted piensa en el más indignantes
exceso regulador de los demócratas, Dodd-Frank en 2011, recuerde que
Sarbanes-Oxley se aprobó en 2002, cuando los republicanos controlaban la Cámara
de Representantes y el Senado.
Debería
añadir que los presidentes no asumen mucha de la culpa por fracasar en reducir
la regulación —es limitado su poder para restringir las actividades de las agencias
reguladoras— pero tampoco ha hecho ningún bien elegir un presidente
republicano, con Reagan como una excepción parcial.
Al
mirar el gasto federal, tenemos que recordar que los presidentes no pueden
hacer nada unilateralmente para recortar los derechos a subsidios que ya están
en los libros, tampoco la mayoría de los republicanos quiere que sus
presidentes recorten el gasto en defensa. Ello deja el gasto discrecional interno.
Usando
la tabla histórica presupuestal 3.1 de la Oficina del Presupuesto, añadí las
partidas presupuestarias de Educación, Instrucción, Empleo y Servicios
Sociales; Salud (que no incluye Medicare); Seguridad al Ingreso; Energía;
Recursos Naturales y Medioambiente; Transporte; Desarrollo Comunitario y
Regional; Ciencia en General, Espacio y Tecnología, y Agricultura. Convertí los
totales de 1952 a 2016 en dólares constantes de 2015 de gasto per cápita. He
aquí el resultado:
Los
años de Kennedy y Johnson vieron muchos programas sociales nuevos, pero el
aumento en el gasto per cápita fue solo un poco más alto que durante la
administración de Eisenhower. El gran pico en el gasto discrecional interno
ocurrió bajo la mirada de Nixon.
El
gráfico le da a Carter demasiado crédito: la única razón por la cual sus años
muestran un gasto plano en dólares constantes es que los grandes aumentos
nominales fueron soportados por la alta inflación.
Luego
vienen los dos presidentes que nadaron contra la corriente y mantuvieron bajo
control el gasto interno: Reagan, por supuesto. El gasto discrecional interno
real per cápita disminuyó, incluso cuando la inflación después de los primeros
años de su administración fue baja.
¿Y
el segundo? Bill Clinton, durante sus ocho años. El gasto discrecional aumentó
con los dos Bush. Si se incluyera el costo del derecho al subsidio a
medicamentos controlados de Medicare de George W. Bush, el aumento durante su
administración sería aún peor.
En
cuanto a Obama, él sí desperdició una cantidad enorme de dinero en el Programa
de Alivio para Activos en Problemas (TARP) y otros fallidos programas de
estímulos durante lo más crudo de la Gran Recesión, pero 2012 su los
presupuestos de su administración para gasto discrecional interno estaban de
vuelta en la línea de tendencia establecida por sus predecesores de 1952 a 2008.
Nada
de esto pretende decir que los aumentos en la regulación y en el gasto durante
el último medio siglo hayan sido aceptables. Son los rastros de una metástasis
en el poder federal que a mi parecer ha destrozado al proyecto estadounidense.
Tampoco
pretende decir que las elecciones presidenciales no marcan diferencia alguna.
Pero en medio de los republicanos retorciéndose las manos por las cosas
terribles que sucederán si Clinton es elegida, un poco de perspectiva histórica
podría bajar un poquitín la presión arterial de los republicanos.
Y
los republicanos tal vez querrían reflexionar en lo que la retórica de Trump
presagia para ambas líneas de tendencia en una presidencia de Trump.